El cuello de la víbora

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El cuello de la víbora

El que tiene más saliva traga más pinole, y en tierra de ciegos el tuerto es rey, por eso cuando la mayoría de la gente vive de slogans publicitarios -que son los modernos dogmas de fe- quienes tienen facilidad de palabra son valorados como filósofos, y sobre todo en los medios de comunicación masiva. En nuestra cultura mediática la sabiduría se identifica con la verborrea, con la palabrería, con el discurso, por eso con frecuencia a los locutores se les trata como semidioses.

Desde finales del siglo pasado el filósofo americano Sam Keenan, al estudiar el materialismo en el que solemos vivir como consecuencia de haber abandonado lo sagrado, propugnaba un cambio de modelos o valores básicos (paradigm shift). Para ello, lo primero que recomendaba, era reconocer que estamos perdidos en temas tan básicos como saber qué somos y para qué estamos en el mundo; y como no encontró un soporte suficientemente sólido, depositó su confianza en el respeto a la naturaleza promovido por algunos movimientos ecologistas, de los que pretendía obtener una nueva moralidad.

Pienso que el error de Keenan consiste en buscar el principio en el final, pues la moral clásica de la cultura occidental, y para ser más precisos, de la moral cristiana, estriba en su respeto a la ley natural. Pretender desechar esa moral es como tirar la comida para comernos el plato.

Cuando se gastan horas y horas de radio y televisión discutiendo sobre temas como: ¿hasta dónde cree usted que llega el cuello de las víboras? debemos cuestionarlos si no habremos llegado a lo que tanto temía José Ortega y Gasset cuando hablaba de la “mediocridad espiritual”. Lo peor de todo es que los síntomas de dicha deficiencia los encontramos en la gente sin formación y en muchos que han pasado años por las aulas universitarias.

Poco a poco hemos ido abandonado modelos clásicos de cultura simplemente por considerarlos viejos, cayendo en el grave error del reduccionismo, es decir, en una limitación del conocimiento que se fija en un aspecto de la realidad, desautorizando, por sistema, todo lo que no queda dentro de criterios caprichosamente preestablecidos. El reduccionismo temporal acepta lo nuevo como verdadero y bueno, y rechaza a lo viejo como mentiroso y malo. En definitiva a la verdad se le trata como a las verduras.

Como lo que está de moda es ser rebelde, en todas partes solemos encontrar a esas personas no saben decir: “sí”, sólo saben decir: “pero”. Son quienes nunca se sienten satisfechos al no encontrar nada perfecto. Por ello tenía razón el periodista Manuel García Galindo cuando afirmaba que el perfeccionismo esteriliza. La experiencia demuestra que tratar de convencer a quienes piensan de esta forma puede ser tan dramático como parir, de forma natural y sin anestesia, un puercoespín.

Otro de los dogmas modernos cosiste en considerar a los libros como dignos de toda veneración, así pues, la Biblia y los recetarios de perversiones sexuales son igualmente sagrados. No perdamos de vista que los libros son cajas de ideas, y en cuanto depósitos pueden contener basura.

La libertad, la democracia y culto al cuerpo suelen ser considerados como los valores máximos en la actualidad, es decir, solemos otorgarles categoría de fines últimos para el hombre. Sobre este tema pienso que nos vendría bien atender la propuesta de Alan Jones, quien fuera el dean de la Catedral Anglicana de san Francisco, cuando afirmaba que: La verdadera “prueba de calidad” de cada sociedad humana es la forma en la que trata a sus pobres y a sus débiles, porque su cuidado siempre significa sacrificio, lo cual de ninguna manera es contrario a la libertad.

Los problemas del mundo no serán menores cuando disminuyamos la tasa de natalidad en todos los países, sino cuando mejoremos la calidad moral de las personas. Ojalá quienes trabajan en los medios se den cuenta de ello, y por lo mismo, de su grave responsabilidad. Pero ésta es, principalmente, labor de los educadores, sobre todo, de los padres de familia.