¡Cuero!

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¡Cuero!

Para muchos el mejor elogio que se les puede hacer es que los llamen ¡cuero! (Nota: En México se utiliza esta expresión para designar a una persona que tiene un hermoso cuerpo y, en algunos casos, también una bonita cara; es decir paquete completo de hermosura). Exagerar en la preocupación por la belleza física puede llevarnos al olvido o depreciación del alma.

Ahora que comenzamos la Semana Santa es triste contemplar cómo la sociedad corre en estampida huyendo de Dios, de forma semejante a la piara que se despeñó en el Mar de Galilea cuando Jesús libró al endemoniado de Gerasa de la legión de demonios.

Es evidente la falta de formación doctrinal y la escasa vida interior en la mayoría de quienes se dicen creyentes. Muchos piensan que el Cristianismo es solamente un conjunto de normas morales que llegan a nosotros envueltas en el adorno de la liturgia, es decir, en aquellas ceremonias tradicionales y más frecuentes como son las bodas, los bautizos y las exequias de difuntos. Todo ello me hace pensar que no son pocos quienes tienen una fe pirata “made in Taiwán” cimentada en sentimientos.

Otro error es conformarse con vivir una moral de mínimos, perdiendo de vista que las exigencias que recogen los Evangelios nos presentan una moral de máximos, tanto así que Jesús nos invita a ser perfectos como Nuestro Padre Celestial es perfecto. A todos nos llama a la santidad, en cambio a los tibios Dios los vomitará de su boca.

Todos corremos el riesgo de ser como esos cantos rodados, esas piedras que están en los cauces de los ríos y que han adquirido sus formas redondeadas a base de rozarse unas con otras al ser arrastradas por la corriente, pero que a pesar de haber estado bajo el agua durante decenas, cientos, miles de años, por dentro pueden están secas. Cuánta gracia habrá derramado Dios en nosotros sin que ésta pueda producir sus efectos por nuestra falta de buenas disposiciones.

Normalmente sentimos miedo de acercarnos a Dios, pues tememos que nos pueda pedir demasiado, y de esta forma nos mantenemos a una “prudente distancia”. Hay un ejemplo que nos describe dos tipos de actitudes ante los compromisos. En la Iglesia somos como los huevos con tocino en los que la gallina colabora y el cerdo se involucra, y podemos estar seguros que Dios espera que todos nos involucremos.

Hoy en día, a Dios se le trata con prisa. Vivir con prisa nos lleva a no poder disfrutar las maravillas que tenemos al alcance de la mano; así las terrenas como las divinas. Sin fe en Dios, vivir se reduce a sobrevivir, y sólo volviendo a Dios podremos encontrarnos a nosotros mismos tanto como personas como sociedad. Ojalá hagamos que esta Semana Santa sea, para cada uno, verdaderamente eso.