¿Cumplí o no cumplí?

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¿Cumplí o no cumplí?

Fray Tobías va a su cuarto para descansar, como cada noche. Y como cada noche, empieza a realizar el recuento de sus obligaciones diarias: “La misa, el rosario, las oraciones del santo fundador, el vía crucis...”

Pero fray Tobías está inquieto. Ha notado últimamente, mientras se quita las sandalias, que le faltaba rezar las letanías del Sagrado Corazón o una Salve especial por los difuntos. En esos casos se reviste y, de rodillas, “cumple” con lo que había quedado pendiente, pues tiene por principio no dormir sin haber rezado todo lo que le pide su Regla.

Para superar este problema, un día se propuso apuntar en una ficha todos los rezos obligatorios, y marcar con una “x” cada vez que había terminado uno de esos rezos. Así, durante el día y al llegar la noche, era más fácil controlar si “había cumplido” con todo.

Sin embargo, la inquietud seguía allí. ¿Estaría contento Dios con su fidelidad, con sus esfuerzos por “cumplir”? La pregunta se convirtió en otra: ¿para qué son estos rezos? ¿Qué dejan en mi corazón?

Un día, Dios le permitió reconocer que de nada sirven muchos rezos y oraciones si uno falla en lo más importante: el amor.

Fray Tobías puso ante sí su corazón: llevaba varias semanas sin hablar con el Padre guardián; se irritaba muchísimo ante la aguda tos de fray Bernardo; no era capaz de ofrecerse como voluntario para limpiar la habitación de fray Silvestre, que por su vejez estaba cada día más incapacitado; ni siquiera había ayudado una sola vez a fray Tomás cuando llegaba al convento con dos pesados sacos de fruta.

Esa noche, fray Tobías añadió un recuadro en su ficha, arriba del todo. Puso tres palabras: “amor y caridad”. Sí, son lo mismo, pero él quiso distinguir entre el amor, que toca en lo más profundo del corazón, y la caridad, que incluye obras de servicio y de paciencia.

Desde entonces, su primera pregunta fue siempre la misma: “Hoy, ¿he amado?” Porque todos los rezos (y hay que orar siempre, como nos pide Jesús) están mal hechos si no nos llevan a amar. O, en positivo, el que reza de verdad, el que se acerca a Dios, no puede no quedar “tocado” y transformado por quien es Amor, y entonces empieza a amar.

Fray Tobías, desde entonces, rezó más y rezó mejor, porque en cada oración supo pedir la gracia de amar y servir a cada uno de sus hermanos. Y porque su corazón buscaba siempre nuevas maneras, muy concretas, de servir con cariño verdadero, con caridad cristiana; a quienes vivían a su lado y a los extraños que iba encontrando en el camino de la vida.