El cura de Ars: sus diálogos con Dios y con el diablo

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  A media noche, desde el fondo del patio de la casa de San Juan María Vianney, el famoso cura de Ars, en las vísperas de las grandes peregrinaciones, cuando miles de fieles se ponían en camino y preparaban para ir a esa parroquia a confesarse y ver al santo, con frecuencia, a lo largo de muchas horas, e incluso hasta la madrugada, se escuchaban estruendosos ruidos como de objetos de hojalata.

Luego, una voz grave y garrasposa, le gritaba a través de su ventana:

– ¡Vianney, Vianney, despierta, dormilón!
 
Y continuaba:

– ¡No eres más que un pobre cura comedor de papas! –refiriéndose a la frugal cena que solía comer el presbítero–.

Acto seguido, una sombra negra y maloliente se metía en su cuarto, lo zarandeaba en su cama o, había ocasiones en que –tomándolo de los pies¬– lo arrastraba por el piso varios metros, dándole vueltas.

El Cura de Ars permanecía imperturbable y le respondía al demonio:

– Ya sé que no quieres que duerma porque mañana me espera una larga jornada de confesiones, pero quiero decirte que me das verdadera lástima: la gran mayoría de los que asistan a la Santa Misa de mañana se arrepentirán de sus pecados mediante el Sacramento de la Reconciliación y, si continúan con su vida de buenos cristianos, se irán al Cielo. En cambio, tú, me das una gran pena, porque ya estás condenado y no tienes remedio. ¡Pobrecillo de ti!
El demonio se enrabietaba y salía dando un sonoro portazo.

Mientras tanto, San Juan recogía sus mantas, se volvía a meter en su lecho y tranquilamente rezaba hasta volver a conciliar el sueño.

En efecto, al día siguiente, desde las primeras horas de la mañana, llegaban desde los más alejados poblados de Francia e incluso de otras naciones, infinidad de feligreses que hacían largas colas para confesarse con este célebre santo.

Cuentan sus biógrafos, que entre otros muchos dones sobrenaturales, tenía el don de conocer el interior de las conciencias y, no era raro que, al enfilarse a su confesionario, de pronto entre la multitud se fijara en la cara de una persona mayor que no conocía. Lo mandaba llamar y le preguntaba en privado:

– Usted viene de París, ¿verdad?

– Así es, Padre, ¿cómo lo sabe?

No le respondía, sino que le hacía una segunda pregunta:

– ¿No es verdad que usted tiene más de 40 años sin acudir a la confesión?

– ¡Es verdad! –respondía el señor asombrado–.

Y este santo presbítero concluía con una amable petición al interesado:

– ¿Desearía ser el primero en confesarse?

– ¡Por supuesto, muchas gracias!

El pueblito de Ars está ubicado al sur del país galo. Había recibido la funesta influencia del odio anticlerical de la Revolución Francesa y la violenta persecución contra el catolicismo. Cuando a este sacerdote le asignaron esta parroquia, solían asistir unas cuantas viejitas, pero nadie más.

Así que San Juan, en vez de desanimarse, inició unas largas jornadas de intensa oración y penitencia, pidiendo que el Señor convirtiera el corazón de sus feligreses. Y le pedía, con lágrimas e insistentes súplicas:

– Dios mío, te ofrezco mi vida por la conversión de mi parroquia. Están muy alejados de ti, pero tengo la firme esperanza de que –con tu gracia– todos ellos volverán a tu Grey.

Así que este sacerdote acudía de casa en casa haciendo labor de Evangelización; invitaba a los niños a la catequesis, les animaba a que fueran a Misa los domingos, atendía a los enfermos y agonizantes, bautizaba a los recién nacidos y, sobre todo, le dedicaba al Sacramento de la Confesión ¡alrededor de 16 horas diarias!

Al principio, no hubo la respuesta deseada. No le faltaron ni los portazos, ni los insultos, ni las malas caras. Pero, poco a poco, a cuenta gotas y gracias a su tenacidad y constancia, comenzó a incrementarse el número de fieles que asistían a la iglesia y se confesaban.

Cuando requerían de sus servicios pastorales, no le importaba si era de día o de noche; si estaba nevando o lloviendo; si hacía un intenso frío o un agobiante calor; si el lugar estaba cerca o muy distante. El Santo Cura de Ars iba a pie o en un borriquillo hasta donde lo necesitaban.

Le tenía una particular devoción a Jesús Sacramentado. Y les decía a sus fieles, con emoción:

– Hijos míos, Jesús está realmente allí en el Sagrario, mirándonos con amor e infinita ternura. ¡Tenemos que saber corresponder a tanta generosidad del Señor!

Y pronto organizó las Velas Nocturnas de Adoración al Santísimo Sacramento, entre los fieles de toda la comarca.

Lo increíble es que en el seminario tuvo grandes dificultades para estudiar y pasar sus materias. De modo particular, le costó el dominio del Latín. Aún más, algún monseñor llegó a dudar de su idoneidad para ser presbítero. Pero insistiendo –una y otra vez– en el estudio y la memorización de esa lengua, logró terminar sus estudios y ordenarse sacerdote.

El hecho de haberle nombrado párroco de Ars, en ese tiempo de incredulidad, como decimos coloquialmente, "era como haberse sacado la rifa del tigre". Pero por su cabeza no pasó ningún pensamiento de desaliento, porque estaba persuadido que la labor de siembra y de cosecha espiritual la realiza el mismo Jesucristo.

Al final de sus días, en la segunda mitad del siglo XIX, verdaderamente realizó una transformación, no sólo en su parroquia y en muchas otras de alrededor, sino que había muchísimas personas que viajaban miles de kilómetros para confesarse y recibir la Sagrada Comunión en manos de este santo.

Esto viene a colación, porque el Papa Benedicto XVI ha designado este año como el "Año del Sacerdote", y ha puesto como modelo al humilde Cura de Ars, para todos los sacerdotes del mundo, cuya fiesta la celebramos en este mes de agosto.

Su celo pastoral, su ardiente celo por las almas, su infatigable labor de confesor y de guía espiritual, lo colocan como uno de esos santos presbíteros que se han identificado plenamente con Jesucristo, el Modelo por excelencia, hasta el punto que al final de sus días pudo exclamar, junto con el Apóstol San Pablo: "Ya no soy yo el que vivo, sino que es Cristo quien vive en mí".