Denles ustedes de comer

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“Denles ustedes de comer” (Mc. 6, 37)

Estas palabras salidas de la boca de Jesús aparecen en el evangelio en el preciso momento en que la gente que ha seguido a Jesús y ha escuchado su enseñanza a lo largo de todo el día, le sobreviene el hambre y los apóstoles expresan su preocupación al Maestro porque entre los presentes no había quien pudiera dar de comer a tantos hombres y mujeres; para cubrir esta necesidad era necesario mandarlos a los poblados cercanos. Es en estas circunstancias en las que el Señor pide a sus discípulos que sean ellos quienes den de comer al pueblo a sabiendas que era imposible responder a una solicitud de esta índole.

El problema del hambre siempre ha existido y se ha manifestado como el flagelo que ha amenazado a pueblos enteros de la tierra a lo largo de su historia. Lo que causa más dolor y escándalo es saber que el problema radica no en que la tierra sea incapaz de producir los alimentos suficientes, sino en la falta de equidad en su distribución y la voraz actitud de quienes aprovechan las circunstancias para acaparar y encarecer el alimento que es esencial para que la persona pueda vivir. Se medra con la pobreza de los más pobres y resulta claro que a la falta de alimentos corresponde mayor marginación social.

Lo que comenzó como una simple información se ha transformado en una enorme preocupación dado que está fuera de duda que el costo de los alimentos básicos como, por ejemplo, el arroz, el frijol y el maíz ha llegado a niveles prácticamente inalcanzables a las clases económicamente más vulnerables a causa de su raquítico poder adquisitivo. Cierto que en nuestro país el Gobierno ha lanzado propuestas e iniciativas encaminadas a enfrentar la actual crisis alimentaria y reducir el problema que está a la vista de todos; me parece que en este momento, todo lo que venga en ayuda de los más pobres debe ser acogido y apoyado.

No obstante, debe tomarse en cuenta el fenómeno de la globalización que impide que algún país pudiera permanecer al margen de lo que acontece a su alrededor y vivir encerrado en su castillo de cristal fuera de todo contacto con el exterior; estos tiempos han sido superados y la interdependencia de las naciones provoca que lo que sucede en un punto determinado del planeta tenga incidencias en los demás. No es mi intención debatir sobre lo positivo o negativo de la globalización; el documento de Aparecida se ha ocupado ampliamente de ella y vale la pena conocer cuál ha sido la posición de los obispos en torno a dicho fenómeno. Me parece que se trata de un excelente análisis objetivo, profundo y que permite conocer la realidad del mundo de hoy. Baste decir que nadie ha pedido entrar a la globalización, ésta nos ha atropellado y nos corresponde vivir con ella y hacer un esfuerzo por aprovechar lo bueno que conlleva y buscar por diferentes caminos el modo de humanizar lo que representa injusticia y desigualdad.

Sobre la actual crisis de alimentos, lo que causa temor es saber que los especialistas expertos en la materia hablan de que, lo que se está viviendo ahora, es apenas el comienzo de un largo proceso y que, de acuerdo a sus cálculos, el problema podría durar hasta diez años y golpear a los países que ya de por sí conocen en carne propia la marginación social.

Un creyente tendría que preguntarse si a Dios le interesa que sus hijos pasen hambre y, peor aún, que mueran por falta de comida. Los datos de la Organización de las Naciones Unidas acerca de los que mueren de hambre todos los días, especialmente niños, nos dejan fríos. Es un escándalo que clama al cielo y todos esperamos que un día podamos contemplar un nuevo amanecer. ¡Cómo es posible que se sigan invirtiendo millones de dólares en la producción de armas que sirven para matar mientras una tercera parte del planeta carezca de lo más indispensable para llevar una vida digna y una alimentación adecuada! Esto es contrario a lo que Dios ha planeado para sus hijos.

En la Biblia podemos observar cómo Dios se ha ocupado de los suyos cuando el hambre los ha golpeado en momentos críticos. En el desierto les envió el misterioso maná y los israelitas se vieron fortalecidos para seguir hacia delante en la marcha hacia la tierra prometida. La Iglesia ha interpretado la acción de Dios como un signo que prefigura el verdadero alimento del Padre que es el Cuerpo y Sangre de su Hijo que se nos da en la Eucaristía. Pero no se olvida que el pueblo pasaba hambre y Dios dio de comer. Algo parecido encontramos en el evangelio que nos narra la multiplicación de los panes por parte de Jesús para dar de comer a una muchedumbre que podía desfallecer. Jesús, al igual que su Padre, no es indiferente ante la falta de comida.

¿Y cómo debemos actuar nosotros los católicos que nos decimos cristianos al mirar un problema que impacta a nuestros hermanos pobres que cada día encuentran más dificultades para llevar a sus casas un poco de alimento? Estoy convencido de la bondad de los así llamados Bancos de alimentos que han tenido el genio de aprovechar al máximo la comida en buen estado que ha corrido el riesgo de terminar en el basurero. Es impresionante el dato que los responsables de los Bancos de alimentos dan a conocer sobre el número de pobres que se ven beneficiados cada día. Con su acción, la comida termina en el estómago de quien, por su situación de pobre, podría estar excluido del derecho a la sana alimentación. Dios quiera que cada día aumente el número de hombres y mujeres que quieran integrarse en la noble labor de procurar comida para quien no tienen.

Estoy seguro que si pudiéramos estar cerca de Jesús como en aquel día en que sintió compasión por la gente que padecía hambre, nos diría lo mismo que a sus apóstoles: “Denle ustedes de comer”.

 

+ Lázaro Pérez Jiménez

Obispo de Celaya