El desarrollo humano en nuestro tiempo II

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Eclecticismo y relativismo frente a un saber humano interdisciplinar e interactivo: he ahí la disyuntiva a la que nos enfrenta el segundo capítulo de la reciente encíclica “Caritas in veritate” de Su Santidad Benedicto XVI. Los variopintos temas que aborda en este capítulo pueden estructurarse de acuerdo a estas dos posibilidades. Huelga decir que la realidad es tantas veces ecléctica y relativa, de forma que la propuesta papal constituye un auténtico reto, una invitación a que el hombre sea capaz de establecer un pensamiento sapiencial e integrador de los diversos ámbitos del conocimiento humano.  En caso contrario no podrá hacerse freno al progresivo movimiento de fragmentación que experimenta la sociedad contemporánea, que a pasar de vivir en una “aldea global”, no alcanza a dar un sentido a la vida de las personas, ni posibilita un auténtico diálogo enriquecedor.

Efectivamente, el diálogo no se reduce a una cuestión técnica, como erróneamente puede pensarse. El diálogo profundo, la comunicación enriquecedora no se agotan en la capacidad de transmitir mayor cantidad de información en menos tiempo. Requiere una inteligencia capaz de integrar el conocimiento, de ordenarlo, es decir, supone cultura y educación. A su vez, esa cultura para transmitirse, crecer y desarrollarse requiere de la búsqueda de la verdad. Sin verdad el horizonte del diálogo está cerrado, todo queda en vana palabrería donde cada quien expresa su propia vivencia sin que pueda ser realmente compartida, ni haya un objetivo o norte común, es decir, un sentido de la comunicación: el lenguaje se reduce a la expresión de simples estados subjetivos incomunicables e irrelevantes. “El relativismo cultural provoca que los grupos culturales estén juntos o convivan, pero separados, sin diálogo auténtico y, por lo tanto, sin verdadera integración”. La búsqueda común de la verdad posibilita el auténtico diálogo intercultural fructuoso, por brindarle sentido y orientación. El “eclecticismo cultural asumido con frecuencia de manera acrítica” se muestra en cambio estéril.

La búsqueda sincera de la verdad y la verdadera riqueza de las culturas nos lleva a replantearnos el valor que damos a la vida humana. Si la consideramos como algo disponible o negociable, el diálogo y el consenso que peligrosamente puedan alcanzarse no pueden constituir un auténtico desarrollo. La razón es obvia: La acogida de la vida proporciona las energías morales necesarias para promover el auténtico desarrollo, por eso afirma el Papa: “La apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo. Cuando una sociedad se encamina hacia la negación y la supresión de la vida, acaba por no encontrar la motivación y la energía necesaria para esforzarse en el servicio del verdadero bien del hombre”. Frente a los que consideran la reducción del índice de natalidad o la promoción de la contracepción y el aborto como señales de progreso cultural, el Papa propone ampliar la noción de subdesarrollo y de pobreza a las sociedades que han perdido la capacidad de acoger la vida humana como un don.

La sociedad, al perder el sentido de buscar la verdad y a partir de ahí plantear un diálogo constructivo ha llegado a dos extremos nocivos, que como suele suceder, se tocan: el fundamentalismo religioso y promoción programada de la indiferencia religiosa y del ateísmo. Entre ellos no puede mediar el diálogo, de ello tenemos ejemplos elocuentes y constantes por desgracia en nuestra sociedad. No es sino el resultado de olvidar que “Dios es el garante del verdadero desarrollo del hombre en cuanto, habiéndolo creado a su imagen, funda también su dignidad trascendente y alimenta su anhelo constitutivo de «ser más»”.  Pero un Dios que no está peleado con la razón humana, sino todo lo contrario, que la creó capacitándola para el diálogo y para la búsqueda sincera de la verdad. 

El verdadero desarrollo exige un saber humano interactivo e interdisciplinar. La excesiva sectorización del saber se muestra nociva y ambivalente. No podemos reducir la capacidad del conocimiento humano a lo “que se puede”; es necesario integrar el “poder” con el “deber” y sobre todo, con el “a donde queremos llegar”, que sin la verdad como tarea cultural de la humanidad es inasequible. Economía, ciencia, técnica, ética, filosofía y teología deben darse la mano. En este contexto la Iglesia ofrece -no impone- una serie de principios en su doctrina social que pueden servir  como orquestadores del saber. Lo que es insoslayable es la necesidad de un pensamiento capaz de realizar una síntesis orientadora y el Papa ofrece en este sentido una valiosa contribución.