Detrás de un atentado

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Detrás de un atentado


 

 

¿Qué hay en el corazón de un hombre que explota un camión cargado de dinamita en un mercado lleno de personas sencillas? ¿Cuál ha sido la causa para que un grupo terrorista secuestre y asesine a cientos de niños inocentes o a los enfermos de un hospital? ¿Por qué ese deseo de sangre y de muertes en trenes llenos de pasajeros que no son culpables de las enormes injusticias de nuestro mundo?

No es fácil explicar por qué existe el deseo de matar por matar, de buscar números grandes de muertos entre hombres, mujeres y niños tratados como carne de cañón, como material para llegar a ser noticia y defender así ideas o proyectos que no tienen nada que ver con las víctimas.

Algunos todavía repiten que nacen terroristas por culpa de ideas religiosas. Pero, ¿puede ser verdadera idea religiosa la que permite asesinar a ancianos y jóvenes, hombres y mujeres que van de compras a un mercado? ¿Es que ha comprendido lo que es Dios quien decide que hoy morirán niños en un parvulario? ¿Es que sabe algo de lo que significa piedad y respeto religioso quien luego asesina a sangre fría a un rehén sólo porque pertenece a la raza o a la religión “de los enemigos”?

Otros afirman que el terrorismo nace desde ideas patrióticas. Pero el amor a la patria no es auténtico, no es bueno, cuando olvida que por encima de los pasaportes, los idiomas y las razas existe la dignidad de la persona.

Tienen la misma dignidad la vida de un palestino que la de un hebreo, la de un ruso que la de un checheno, la de un hutu que la de un tutsi, la de un vasco que la de un castellano. No hay patriotismo, sino fanatismo absurdo vestido de banderas nacionalistas, allí donde se mata a alguien porque es “de los otros”. Tal caricatura es lo más opuesto al verdadero patriotismo. Pues un patriota auténtico sabe respetar a cualquier ser humano, por encima de sus huellas digitales, de su idioma, de su pertenencia étnica o de su pasaporte.

Otros atribuyen el origen del terrorismo a las enormes injusticias en las que viven millones de seres humanos. ¿Pero es posible que la injusticia sufrida por una familia o una raza sea motivo para asesinar a otra familia dentro de su hogar? ¿Es pensable que la injusticia pueda otorgar permiso para secuestrar un avión del cual ni se conoce la lista de pasajeros? No lucha verdaderamente contra la injusticia quien mata por matar, quien dice defender una causa a través de crímenes sin nombre, quien comete actos injustos con la excusa falsa de que lucha por hacer triunfar la justicia en el mundo... Lo único que logra es aumentar la dosis de lágrimas con su injusticia asesina e hipócrita, vestida con reivindicaciones adulteradas.

Hay que individuar, por lo tanto, las raíces verdaderas de la mentalidad terrorista. Detrás de un atentado cobarde y salvaje, detrás de la matanza despiadada de personas de la calle o de un individuo famoso e indefenso, sólo puede haber una idea: considerar que existen algunos seres humanos que no merecen respeto. O, lo que es lo mismo, arrogarse injustificadamente un poder superior para decidir sobre la vida y la muerte de otros calificados, de modo completamente absurdo, como “culpables” de delitos que nunca cometieron.

Esta mentalidad prepotente y discriminatoria es la que origina guerras de agresión, genocidios, violaciones, robos, crímenes. Esta mentalidad es la que mueve a terroristas que se dicen defensores de ideales justos cuando lo único que hacen es mostrar un corazón sumamente despiadado, incapaz de reconocer la dignidad que posee cualquier ser humano inocente.

Esta mentalidad, tengamos el valor para decirlo, es la misma que enarbolan los defensores del aborto o del infanticidio, porque consideran que unos (los adultos, los fuertes) pueden decidir sobre la vida de otros (los hijos no nacidos o los que han nacido con defectos).

Venceremos la mentalidad terrorista cuando sepamos promover una cultura en la que cualquier ser humano, hombre o mujer, rico o pobre, blanco o amarillo, sano o enfermo, nacido o por nacer, sea tratado según su dignidad y según sus obras, no según mentalidades en las que unos pretendan autoponerse por encima de otros.

Habrá, ciertamente, injusticias que exijan intervenciones urgentes. Habrá derechos legítimos pisoteados. Habrá invasiones y sistemas opresivos. Pero los errores y delitos del pasado o del presente nunca llevarán a ningún corazón honesto a cometer el asesinato de inocentes.

La verdadera justicia empieza cuando reconocemos al otro en su dignidad humana. Sin discriminaciones según la edad, el pasaporte, la raza, la clase social, la religión. Porque todo ser humano vale, siempre, simplemente, en cuanto hombre.