DIÁLOGO EN LA FE: VER A CRISTO

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DIÁLOGO EN LA FE: VER A CRISTO

 Una visión opacada.

La psicología, al igual que otras ciencias humanas puede ayudar a mejorar la calidad de la vida fraterna en comunidad. El desarrollo teológico, canónico, comunitario y los mismos cambios que se han venido dando en la vida religiosa1, han requerido últimamente de ciertas ayudas para mejorar la vida en comunidad. Sin embargo, no podemos dejar de percibir una cierta visión horizontalista del fenómeno. Se organizan cursos, seminarios, se escriben libros, se dictan conferencias en donde el problema central de la vida fraterna en comunidad viene focalizado en las relaciones humanas. Se olvida muchas veces un hecho que se da por sobrentendido: la vida fraterna como don. “Antes que ser un proyecto humano, la vida fraterna en común forma parte del proyecto de Dios, que quiere comunicar su vida en comunión.”2 Al olvidar este aspecto fundamental de la vida en común, se reduce a ver la comunidad como un fenómeno humano, sin trascendencia espiritual. A quien quiera vivir en comunidad se le pide ser más un experto en dinámicas de grupo, eneagrama, programación neurolingüística, o técnicas de meditación trascendental, que una mujer de fe que sabe ver en sus hermanas de comunidad, a otro Cristo. Quien no posee esta visión de fe reduce su vida comunitaria a un compartir lugares y tiempos comunes, ideales semejantes. Muchos son los escritos que tratan de infundir vida a las comunidades, fundamentándose en las potencialidades de la persona, pero siempre desde un punto de vista meramente humano. La visión de fe de la vida comunitaria, sin olvidar el aspecto humano, hace que la hermana vea en la hermana no sólo a un ser humano sino a otro Cristo. Esta visión de fe no espiritualiza un fenómeno humano, sino que funda y da sentido al fenómeno humano de la convivencia fraterna. Esta visión no es invento o añadidura piadosa, sino producto de una sana antropología filosófica. El hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, es una criatura caída a consecuencia del pecado original, pero redimida por Cristo, a causa de su pasión, muerte y resurrección. Cada hermana en la comunidad es una criatura creada a imagen de Dios, caída y redimida por Cristo. Esta visión no se inventa, pero a veces se oscurece o se olvida por el trajín de la vida diaria o el individualismo exacerbado de nuestra sociedad, que lleva al centrarse total y exclusivamente en uno mismo. Se piensa tanto en la santidad personal, que se llegan a olvidar a los demás, especialmente a los de casa. Como visión de fe, necesita alimentarse, cultivarse diariamente. Puede creerse que se vive, simplemente porque se la acepta, como un dogma de fe, pero si no se está en revisión continua, sino se la alimenta diariamente, corre el peligro de permanecer sólo como eso, como un dato de nuestra fe que no incide en la vida personal ni en la vida fraterna en comunidad.

Ver a Cristo en nuestra hermana de comunidad no es algo fácil. Las limitaciones personales hacen que podamos distorsionar su perfil. Y sin estar ciegos o poner una venda en los ojos para no ver, los defectos de las hermanas saltan a la vista, especialmente para quienes han convivido juntas durante

1 La introducción del documento Vida fraterna en comunidad es un recuento de los principales cambios que en estos ámbitos ha tenido la vida fraterna en las comunidades. Recomendamos su lectura para entender cuál ha sido el desarrollo de este elemento de la vida religiosa, en el período de la renovación y su necesidad de apoyarse en algunas ciencias humanas: Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, La vida fraterna en comunidad, 2.2.1994 2 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, La vida fraterna en comunidad, 2.2.1994, n.7

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años. Resulta difícil creer que Cristo pueda estar en la cocinera, la lavandera, la portera cuando le conocemos toda su vida, defectos y virtudes incluidas. Otra limitación a esta visión de fe son las heridas que las mismas relaciones humanas van causando en las personas. La convivencia fraterna, por el hecho que son personas y no ángeles las que participan en ella, no deja de estar exenta de desavenencias voluntarias e involuntarias. Somos humanos y llevamos en la naturaleza las limitaciones de nuestras facultades. Muchas de estas desavenencias o roces, por más que hayan sido olvidados, quedan siempre en el recuerdo y son muchas veces, generadores de incomprensiones y desacuerdos. Quien se deja llevar por las circunstancias de la vida diaria, o da por supuesto que la vida común se construye simplemente por la agregación de las personas, quien no trabaja por ver a Cristo en las hermanas de la comunidad y de toda la Congregación, se irá alejando del ideal de la vida consagrada vivida en común. Bastan tan sólo unos cuantos principios, pero aplicados con fe, con amor y constancia para hacer que florezcan comunidades donde se vea a Cristo en la otra, de forma que pueda decirse “cómo es bello habitar juntos” Los principios que proponemos son los siguientes: vivencia del carisma de la Congregación, las compañeras de viaje, cumplir juntas la voluntad del Padre y la experiencia de vida espiritual. Definición de mujer consagrada en comunidad.

Definir a las personas que viven la vida fraterna en comunidad nos ayudará a aplicar mejor los principios que hemos mencionado. No podemos aplicar estos principios como si fuesen instrucciones de un manual. Es necesario primero conocer quién es la consagrada, para saber cómo aplicar mejor los principios que le permitirán desarrollar una visión sobrenatural de su hermana en religión. “A imagen de Jesús, el Hijo predilecto <<a quien el Padre ha santificado y enviado>> al mundo, también aquellos a quienes Dios llama para que le sigan son consagrados y enviados al mundo para imitar su ejemplo y continuar su misión (...) En efecto, antes que en las obras exteriores, la misión se lleva a cabo en el hacer presente a Cristo en el mundo mediante el testimonio personal. ¡Este es el reto, éste es el quehacer principal de la vida consagrada! Cuanto más se deja conformar a Cristo, más lo hace presente y operante en el mundo para la salvación de los hombres.”3 La consagrada es por tanto aquella que siguiendo más de cerca a Cristo, tiene como misión transformarse en Él, conformarse con Él. Su trabajo consistirá principalmente en dejar traslucir a Cristo en su persona, a semejanza de Juan el Bautista: “es necesario que Él crezca y yo disminuya”. Esta definición se aplica por extensión a todas las mujeres de una comunidad religiosa. Por tanto, la hermana en religión deja de ser una extraña, una persona unida a otra por lazos de amistad o de ideal común, para ser aquella que vive y lucha por transformarse en Cristo. De esta forma se fundamenta la visión de que es “otro Cristo”. No porque ya lo haya alcanzado, sino porque lucha por alcanzar este ideal, a semejanza mía. No es posible dejar de ver los errores y las limitaciones que como ser humano tiene. Pero es necesario ver también el esfuerzo que hace por dejar a un lado esos errores y limitaciones y fijar la vista en los destellos de vida nueva que engendra en Cristo. ¿No puede ser mi hermana una santa a pesar de tal o cuál defecto? Esta es la visión de fe que debemos cultivar, fundamentada en la equilibrada antropología que ve a la mujer consagrada como un ser humano que tiende a un ideal: la transformación en Cristo.

Por tanto, la vida fraterna en comunidad se construye sólidamente cuando todas sus componentes son conscientes de esta realidad, la tratan de encarnar en sí misma y respetan, admiran, favorecen y

3 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita Consecrata, n.72

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con conscientes del esfuerzo que las demás hacen por vivir este mismo ideal de transformarse en Cristo. Veremos a continuación los principios para alimentar esta visión de fe en las hermanas en religión. Y sin pretender ser exhaustivos, señalaremos tan sólo unos principios de forma que las mismas hermanas en la comunidad puedan aplicarlos, haciendo uso de la fantasía de la caridad preconizada y recomendada por Juan Pablo II en la Novo millennio ineunte. Vivencia del carisma de la congregación. Partamos de un hecho incuestionable, pero muchas veces olvidado o no practicado con todas sus consecuencias. La vida fraterna en comunidad es consecuencia de la vivencia común de un mismo ideal de vida. Las personas que hacen vida fraterna en comunidad lo hacen no en razón de la misión o apostolado. Esto sería mera funcionalidad organizativa. Lo hacen porque quieren vivir la principal misión de la vida consagrada, que es la transformación en Cristo. Esta transformación se lleva a cabo de acuerdo no a un plan personal sino a un carisma, bendecido y aprobado por la Iglesia. Bien sabemos que el carisma es la vivencia de un estilo de vida vivido por el Fundador y compartido por otras hermanas que junto con el Fundador se han dado a la tarea de hacer vida una forma muy peculiar de vivir el evangelio. El carisma por lo tanto es la masa que aglutina los diversos elementos que componen la Congregación. Y a veces nos olvidamos de este aspecto comunitario del carisma. Se utiliza el carisma para la santidad personal, para expresar el amor a Cristo en modo personal y en modo comunitario, pero se pierde de vista el carácter comunitario del carisma cuando no se lo toma en cuenta como agente aglutinador de los corazones. No se ve el carisma más que para efectos personales o apostólicos. Se vive una vida personal espiritual basada en el carisma al aprovechar los medios consignados por el Fundador/a en las Constituciones, en el directorio, en las tradiciones aprobadas por los Capítulos. Se vive el carisma en su vertiente apostólico al aplicarlo para afrontar los retos de la sociedad, siempre con la mentalidad del Fundador/a, buscando la fidelidad creativa. Pero queda olvidada la dimensión comunitaria del carisma, debido precisamente a la mentalidad individualista de nuestro nuevo milenio. “Soy yo la que me debo santificar, soy yo la que pongo en práctica el carisma en el apostolado”. Se diluye la dimensión comunitaria del carisma, dejándola a un lado o no dándole la debida importancia.

Por dimensión comunitaria del carisma entendemos “un modo cualificado de santificarse en forma conjunta”4. No existen los procesos de canonización comunitarios, sino individuales. No pretendemos introducir nuevas formas de canonización. Tan sólo queremos hacer resaltar que cuando dos o más personas comparten los mismos medios para lograr su santificación personal, se establece entre ellas un vínculo espiritual que las hace identificarse más como personas y reforzar los lazos que las unen. No es por tanto una identificación de dos personas que trabajan juntas en una misma oficina por lograr unas metas comunes. Esto sería aplicar los conceptos de ingeniería industrial a la vida consagrada. Se trata más bien de tomar conciencia del hecho real que quien convive con una religiosa, participa del mismo códice genético de la santidad, esto es, del mismo carisma. Esta visión de fe debe llevar a contemplar en la otra hermana no sólo un individuo más sino una persona que trata de reflejar lo mismo que yo trato de reflejar, que trata de vivir lo mismo que yo trato de vivir, que trata de experimentar lo mismo que yo trato de experimentar. El carisma se convierte así en un factor de aglutinamiento comunitario de todas las hermanas, y no sólo de aquellas que viven bajo un mismo techo, sino de todas las hermanas en la Congregación.

4 Amedeo Cencini, ... come rugiada dell’Ermon... La vita fraterna comunione di santi e peccatori, Ed. Paoline, Milano, 1998, p. 42

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Este que debería ser un principio noble para ser vivido, viene muchas veces olvidado o no se le da suma importancia. Las mujeres, por su psicología, ven más el detalle que el todo, y a veces se pierden en las minuciosas que forman parte de la vida cotidiana. Estas minuciosas hacen que se pierda de vista que quien convive al lado de una hermana es otro ser querido y amado por Dios que busca vivir lo mismo que yo estoy viviendo, a pesar de sus imperfecciones y sus caídas. Es necesario un salto de calidad, para pasar de la visión individualista del carisma, a la visión comunitaria del carisma. Este cambio llevará a cada miembro de la comunidad a tener una visión nueva de la hermana con la que convivo. No será más la otra, sino la parte que me corresponde a mí ayudar para que juntas hagamos realidad el ideal propuesto por nuestro Fundador. No será ya la que entorpece el apostolado, sino la que debe ayudarme a aplicar el ideal del apostolado que nuestro Fundador pensó y que juntas debemos actualizarlo en estos tiempos que nos ha tocado vivir. No será ya la que me pone la zancadilla para vivir la caridad, sino la hermana que con sus dificultades, faltas y deficiencias yo debo ayudar con mi ejemplo, mi oración y mi palabra para que brille en ella el carisma que juntas hemos elegido vivir. No se puede vivir una vida fraterna en comunidad de calidad si no existe esta visión comunitaria del carisma. Cada hermana debe acrecentar esta visión todos los días a través de la oración y la práctica. De la contemplación se debe bajar a la acción. El carisma ayuda a la vida fraterna en comunidad tanto en cuanto se comparta en la práctica y se vea a la otra como parte del carisma. Para poner en práctica la dimensión comunitaria del carisma es necesario que cada religiosa esté verdaderamente convencida de que la hermana con la que convive forma parte de su vida, que no es ajena a la vida que ella ha elegido como respuesta a la elección hecha de Dios. La vocación de eremitas es otra, no es la de quienes viven en comunidad. Por ello debe acrecentarse esta visión, buscando ver en la otra un reflejo del carisma, bien sea en su vertiente espiritual, humano, apostólico. Son muchas las vertientes que tiene el carisma y si se aprendiera a valorar las personas en comunidad de acuerdo a la ayuda que me brindan para vivir el carisma, a pesar de sus defectos, podríamos movernos más fácilmente hacia una vida fraterna en comunidad de gran calidad. Las compañeras de viaje. La dimensión comunitaria del carisma nos introduce a este segundo aspecto. Todas y cada una de las religiosas que participan de un carisma están siempre en marcha hacia la transformación en Jesucristo y eligen el carisma, o más bien, Dios elige para ellas el carisma mediante el cual se ayudan para lograr esta transformación, es decir, la santidad. Por lo tanto cuando se habla de religiosas que viven en comunidad debería siempre tomarse en cuenta que se habla a personas que no han arribado a la meta, sino que están en vías de alcanzarlo, como decía san Bernardo: “Nuestro progreso no consiste en haber llegado sino en tender siempre hacia la meta”. Es un constante esfuerzo que impele a dar lo mejor de sí mismo, ayudadas siempre del carisma.

Con esta visión, la vida fraterna en comunidad debería verse como un escenario en donde todas las religiosas tratan de dar lo mejor de sí mismas para el Señor y no pueden hacer por tanto, caso omiso de las personas que el mismo Señor ha puesto a su lado para alcanzar esta santidad. “La vida fraterna, entendida como vida compartida en el amor, es un signo elocuente de la comunión eclesial (...) Todas estas personas, queriendo poner en práctica la condición evangélica de discípulos, se comprometen a vivir el <<mandamiento nuevo>> del Señor, amándose unos a otros como Él nos ha amado.”5

5 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita Consecrata, n.42

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En su esfuerzo por alcanzar la santidad no verán como un obstáculo a la religiosa con la cual deben compartir un carisma, sino la verán como una compañera de viaje, pues juntas están buscando la perfección a las que las ha llamado Cristo. Debemos por tanto en nuestras comunidades reforzar esta visión de ver en la otra una compañera de viaje, en el que necesitaremos de su ejemplo, de su ayuda, de su consejo, de su oración, de su palabra, de su silencio. Intentemos a imaginar una comunidad en donde todas las hermanas fueran conscientes de esta realidad y pusieran su mayor empeño por ponerlo en práctica. ¡Cuántas cosas serían muy diversas! Desaparecerían las malquerencias, pues nadie que viaje con otra puede hacerle la vida imposible a quien debe luchar por llegar al mismo punto al que yo debo llegar. Cuántos malos entendidos, frutos del individualismo, desaparecerían, pues en la vida religiosa no se trata de una vida vivida en soledad, sino en compañía para ayudarse a caminar mejor. Cuántos egoísmos, incomprensiones, silencios y olvidos pasarían a un segundo puesto, para que naciera la donación, la comprensión mutua, la palabra que da aliciente el recuerdo siempre grato y amable de quien convive a mi lado. ¿Acaso Juan Pablo II no ha invitado a todos los cristianos a iniciar este Tercer milenio, “remando mar adentro?” Nos invitaba a iniciar un viaje, el viaje de la santidad y quién mejor preparada para iniciar este viaje que la religiosa, poseedora del carisma y de hermanas que le puedan ayudar en este viaje. Un punto más en el que se debe trabajar, primero desde la oración y después en la práctica.

Cumplir juntas la voluntad del Padre.

“La vida fraterna es el lugar privilegiado para discernir y acoger la voluntad de Dios y caminar juntos en unión de espíritu y corazón. La obediencia, vivificada por la caridad, une a los miembros de un Instituto en un mismo testimonio y en una misma misión, aun respetando la propia individualidad y la diversidad de dones. En la fraternidad animada por el Espíritu, cada uno entabla con el otro un diálogo precioso para descubrir la voluntad del Padre, y todos reconocen en quien preside la expresión de la paternidad de Dios y el ejercicio de la autoridad recibida de Él, al servicio del discernimiento y de la comunión.”6 Si las religiosas en una comunidad son compañeras de viaje porque luchan por la santidad bajo un mismo carisma, es lógico que la voluntad del Padre será común para todas ellas. Común porque viene arropada bajo un mismo carisma, pero no uniforme, porque Dios sabe respetar a cada uno de los individuos que componen la comunidad. Pero aquí notamos otro factor que puede ayudar a las comunidades a entablar entre sus miembros un diálogo en la fe. La voluntad del Padre las une. Esta voluntad del Padre se caracteriza sobretodo en la vida diaria a través de actividades espirituales, pastorales, el testimonio de vida y las obras de apostolado o de promoción humana. Se cumplen y se llevan a cabo dichas acciones no porque cada una quiera realizarlas, sino porque son la manifestación amorosa de cada una de las religiosas de la comunidad, que se esfuerzan por cumplir la Voluntad del Padre. Están unidas no tanto por un ideal humano, sino por un ideal sobrenatural, que las sobrepasa y las reúne a todas.

Esta voluntad del Padre que es vínculo de unión espiritual entre todas las religiosas, debe representar un factor para entablar con cada miembro de la comunidad un diálogo en la fe. La religiosa en comunidad se relaciona no con seres que pretenden alcanzar una misma meta, sino con mujeres consagradas que buscan juntas cumplir la voluntad del Padre, no buscando los propios deseos y expectativas, sino los deseos y las expectativas marcadas por el carisma de la Congregación. La relación humana no se puede parangonar a una oficina burocrática o a una

6 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita Consecrata, n. 92

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moderna industria en busca de una ganancia económica. Son almas consagradas en misión sobrenatural de transformarse en Cristo y transformar el mundo para Cristo. De aquí que el factor aglutinante, la voluntad de Dios, se convierta en instrumento para unir todas estas almas en un solo corazón. No son la diversidad de apostolados, no son las divergencias en gustos o edades, no son las diferentes culturas que puedan convivir en una misma comunidad las que hacen que exista división en una comunidad. Son más bien el fijarse demasiado en esos detalles particulares y olvidar la argamasa el factor de unión: la voluntad del Padre. Es recomendable una mayor conciencia de esta realidad de la voluntad del Padre como factor de cohesión. Se habla mucho en nuestros días de inculturación, de envejecimiento de las congregaciones, de la diversidad de edades que deben convivir juntas en una misma comunidad, del respeto a la identidad propia. Se habla mucho y se pone más énfasis en explicar aquello que desune que en promover aquello que une. Sin estar ciegos a lo que son en verdad diferencias, las comunidades deberían ahondar más en su meditación por discernir los factores que las unen y potenciarlos. Uno de estos factores es la voluntad del Padre. Meditando en esta realidad pueden obtenerse excelentes recursos para vivir una vida fraterna en donde la otra sea quien me ayuda a cumplir la voluntad del Padre, porque todas, por virtud del carisma, participamos de una común voluntad. La otra se convierte no en un elemento inerme, alguien a quien se debe rehuir, o esconder, sino alguien a quien se debe acoger para cumplir juntas la voluntad de Dios. Se verá entonces a la hermana anciana no como quien es de peso a la congregación, sino quien cumple más de cerca con la vertiente contemplativa del carisma. La hermana enferma es la que gana gracias de Dios para la congregación a través de su sufrimiento y sus deficiencias. La hermana juniora son sus iniciativas y su energía representa el futuro del Instituto. Y así cada una irá representando algo muy especial para cumplir con la voluntad del Padre. Y esta contemplación tiene que hacerse vida todos los días de la comunidad, de forma que de la visión se pase a la realización: ver y actuar en la otra la Voluntad de Dios, querida por mí a través del carisma. La experiencia de vida espiritual. Vivir la dimensión comunitaria del carisma, saberse compañeras de viaje y cumplir juntas la voluntad de Dios son tres expresiones de una misma experiencia de vida espiritual. La experiencia de quien quiere ir en pos de Cristo, a la manera de los apóstoles, es decir en comunidad. Conviene por tanto refrescar de vez en cuando este ideal, que ha podido quedar opacado con el transcurso de los años, las preocupaciones, los afanes de apostolado, los problemas personales. No es la mujer consagrada la que sigue a Jesús sin importarle lo que las otras religiosas en su comunidad hagan o dejen de hacer. No se ha consagrado para seguir un camino personal de santidad, pues sería una visión impregnada del individualismo de nuestros tiempos. Se ha consagrado para seguir a Cristo en una comunidad, a la manera de los apóstoles.

De este principio, fundamental para la teología de la vida consagrada y apuntado por Juan Pablo II en la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, nace la certeza de que “vivir en comunidad, consagrada al mismo Dios y Padre, quiere decir decidirse a recorrer el mismo camino de santidad, y por lo tanto unir a la propia suerte aquella de la otra; es más, descubrir que ya es así, que es un legamen que no viene de la carne ni de la sangre, pero es más fuerte que esos vínculos, nos une entre nosotras, en el bien y en el mal, incluso sin que nos demos cuenta (culpablemente) y pretendamos de llevar a cabo la propia santidad en forma privada, tan privada como improbable.”7

7 Amedeo Cencini, <<... come olio profumato...>> Strumenti di integrazione comunitaria del bene e del male. Ed. Paoline, 2ª. Ed. 2000, Milano, p.277

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Quien comienza la maravillosa aventura de seguir a Cristo en la vida consagrada, se dará cuenta que la vida comunitaria es parte integrante de la misma, no es accesoria. Así como Cristo es el centro de la consagración y por Él se está dispuesto a seguirlo con radicalidad, así la vida comunitaria se presenta como parte integrante de la vida consagrada, por el hecho de que se comparte el mismo Cristo, los mismos ideales, el mismo carisma. Es una realidad a la que se debe enfrentar la mujer consagrada si quiere ser coherente con su vocación. Podemos decir que es un hecho. Y debe servirse de este hecho para vivir mejor el diálogo con sus hermanas. Todas juntas en la comunidad deben recorrer las mismas experiencias espirituales, porque todas buscan vivir la espiritualidad del Fundador/a. Y por experiencias espirituales no entendemos arrobos místicos o éxtasis. No. Se trata de la transformación que cada alma sufre si quiere modelarse de acuerdo a lo que está escrito en las Constituciones, en la Regla, en los Capítulos Generales. Todas participan de esta espiritualidad y si bien Dios respeta, como hemos dicho, las individualidades, es lógico que el carisma “obliga” a vivir las mismas experiencias espirituales. Quien frente a un moribundo debe reaccionar de tal o cual forma porque as{i lo pide la regla, o porque así lo vivió el Fundador/a, quien frente a un pobre debe actuar de una o de otra forma, porque así lo pide el carisma, quien debe rezar de una o de otra manera (no me refiero a posturas externas), es lógico que se vaya creando un cierto aire de familia, pues es la misma espiritualidad la que hace de legamen entre todas las religiosas de la comunidad. Convendrá recordar todos los días este aspecto de la vida fraterna en comunidad: saber que se está unida por la misma espiritualidad y que la misma espiritualidad de aluna manera nos hace semejantes al Fundador/a en el carisma. Como consecuencia lógica observamos que cada religiosa puede aprender espiritualmente de otras, puede ser ejemplo o escándalo para la comunidad. Su santidad no es indiferente para el resto de la comunidad. De esta observación podría hacerse todo un programa de trabajo para dialogar en la comunidad, sabiéndose que la otra comparte y vive lo mismo que yo. Con cuánto respeto, con cuánta dignidad llena de amor y de deferencia sería el trato que una religiosa dispensara a otra, si tuviera bien actuado este principio. Las comunidades serían radicalmente diversas, porque todas lucharían juntas porque todas lucharían juntas por alcanzar la santidad común a la que están llamadas, y el diálogo sería más un diálogo en la fe, que un diálogo en las palabras.