Diálogo y posesión de la verdad

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Diálogo y posesión de la verdad


 

 

Hace falta aprender a dialogar. Porque el diálogo permite construir puentes desde los que dos o más personas pueden avanzar hacia el verdad.

Pero hay algunas condiciones sin las cuales no se da un verdadero diálogo, sino sucedáneos débiles y pobres del mismo. Ahora queremos fijarnos en una: la pretensión de poseer la verdad (o una parte de la misma).

Hay quienes dicen que no es posible el diálogo si uno piensa poseer la verdad. Nos repiten, una y otra vez, que la pretensión de poseer la verdad genera intolerancia e imposición, lo que sería, según ellos, algo totalmente opuesto al espíritu dialogante.

En realidad, para dialogar no hace falta renunciar al propio punto de vista para escuchar a quien nos habla desde otra perspectiva. Porque el verdadero diálogo no se construye sobre la idea de que nadie posee la verdad ni sobre el respeto a las ideas distintas, sino sobre el respeto a las personas.

Por ejemplo, uno está convencido de que existen graves injusticias en el capitalismo salvaje, tiene como verdadero su punto de vista. Pero no debe renunciar al mismo a la hora de dialogar con un decidido defensor del liberalismo absoluto. El primero pensará que el otro está equivocado, pero no por ello dejará de ofrecer la mano y el corazón para buscar, a través de la palabra, puntos de encuentro en el camino hacia la verdad.

Considerar, por lo tanto, que tengo un punto de vista válido (verdadero o más cercano a la verdad) no me impide ser un hombre de diálogo. Puedo decir que el otro está equivocado (el otro muchas veces dirá lo mismo respecto de mí). A pesar de ello, o precisamente por ello, somos capaces de dialogar, de escucharnos, de buscar comprender cómo llegar, juntos, a la verdad.

Lo que sí va realmente contra el diálogo, lo que engendra intolerancia, fanatismo, violencia, es despreciar al otro, no reconocer su dignidad, tratarlo como a ser humano de segunda clase, buscar imponer las propias ideas con violencia o amenazas.

Los católicos estamos llamados, por vocación, a dialogar con los hombres y mujeres de nuestro tiempo con un gran respeto y, lo que es más importante, con amor. Porque hemos recibido un mensaje que no podemos esconder bajo el celemín, ni en las sacristías, ni entre discusiones reservadas sólo a los expertos. Porque es Dios mismo el que nos pide salir a las calles y a las plazas para anunciar un tesoro, unas palabras de vida eterna que nos enseñan el camino hacia el amor y la justicia.

El mensaje cristiano, la verdad sobre la salvación que nos ofrece el Padre en Jesucristo, necesita ser transmitida desde un amor profundo. El amor crea, entonces, las condiciones más genuinas para que se dé el diálogo, sin tener que poner entre paréntesis nuestras certezas.

Es engaño, por lo tanto, acusar a la Iglesia como si fuese una institución enemiga del diálogo. Aceptamos los dogmas católicos, el mensaje contenido en la Biblia y la Tradición y explicado por los Papas y los obispos. Ofrecemos nuestras certezas seguro de que no dañan a nadie, pues lo que hacen es ofrecer caminos de vida nueva.

Aceptar estos dogmas, especialmente aceptar que Dios quiere que todos los hombres se salven (cf. 1Tim 2,4-6), nos permite a los católicos descubrir la dignidad de cada uno de los hombres y mujeres que viven en nuestro planeta, y nos compromete a trabajar para que otros muchos puedan alcanzar metas de esperanza que vienen del Amor que nos da la vida.

Lo recordaba la declaración “Dominus Iesus” en unas líneas densas, a través de las cuales descubrimos que el diálogo, especialmente el diálogo interreligioso, se construye sobre la paridad del respeto, que no coincide con una falsamente supuesta paridad respecto a los contenidos.

“La paridad, que es presupuesto del diálogo, se refiere a la igualdad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales, ni mucho menos a Jesucristo -que es el mismo Dios hecho hombre- comparado con los fundadores de las otras religiones. De hecho, la Iglesia, guiada por la caridad y el respeto de la libertad [véase “Dignitatis humanae” n. 1], debe empeñarse primariamente en anunciar a todos los hombres la verdad definitivamente revelada por el Señor, y a proclamar la necesidad de la conversión a Jesucristo y la adhesión a la Iglesia a través del bautismo y los otros sacramentos, para participar plenamente de la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por otra parte, la certeza de la voluntad salvífica universal de Dios no disminuye sino aumenta el deber y la urgencia del anuncio de la salvación y la conversión al Señor Jesucristo” (Congregación para la doctrina de la fe, Declaración “Dominus Iesus”, n. 22).

Los católicos estamos llamados a vivir a fondo este diálogo como una expresión profunda de nuestra caridad. Desde el amor que recibimos de Dios, desde el amor que estamos llamados a dar a nuestros hermanos, podremos dialogar de modo profundo y cordial con todos. Porque Dios ama a cada una de sus creaturas, porque Cristo mira los campos del mundo y desea que muchos hombres y mujeres descubran que tienen un Padre en los cielos que los ama con ternura.