Dimensión social de la caridad

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“La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende «de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados». No obstante, tiene una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia en favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación”.  A partir de esta premisa se comprende y se delimita el papel que la doctrina social de la Iglesia pretende desarrollar en el seno de la sociedad. Respetar la autonomía del orden civil no significa callar, excluir la colaboración, o abstenerse de una práctica, que en el pensamiento de Benedicto XVI es incluso exigencia de la caridad.
En efecto, la caridad rompe los estrechos moldes del individualismo y de la filantropía, mostrando su vocación social. No se reduce a prácticas individuales de beneficencia, tampoco al benemérito papel que desarrollan tantas sociedades intermedias de corte humanista; la sociedad entera, si quiere ser una sociedad justa, una sociedad a la altura de la dignidad humana, debe estar informada por la caridad. Recordarlo es función de la doctrina social de la Iglesia y tarea de católicos y no católicos, comprometidos sinceramente con la causa del hombre.
Benedicto XVI disuelve la clásica antinomia entre justicia y caridad integrándolas: “La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde”. Prevalece sin embargo la lógica del “don” en una sociedad sana; de hecho no hay verdadera justicia sin caridad: “La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo”.
La caridad para el Papa es mucho más que un sentimiento dulzón o un elemento decorativo de ciertas personalidades; es el ingrediente fundamental de la vida del hombre en sociedad. Esta vocación cívica del amor tiene su raíz en la relación que mantiene con la verdad, sin la cual se desvirtúa. “Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos”. Sin verdad la caridad es ciega, o mejor dicho miope, no llega a sanar las estructuras sociales -como es su vocación- se queda en la superficie y es susceptible de manipulaciones: “Un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una
reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales… Sin la verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal”.
El problema es que si bien la caridad siempre ha sido un valor ascendente, la verdad no lo es tanto; en nuestra cultura postmoderna se sospecha de ella. El Papa busca reivindicarla de nuevo, como ingrediente esencial en la vida del hombre individual y socialmente considerado: “La verdad es luz que da sentido y valor a la caridad… La verdad preserva y expresa la fuerza liberadora de la caridad en los acontecimientos siempre nuevos de la historia. Es al mismo tiempo verdad de la fe y de la razón, en la distinción y la sinergia a la vez de los dos ámbitos cognitivos”.
La práctica de la fe no nos conduce a desentendernos de los avatares de la vida ordinaria, con la mirada puesta en la contemplación de las verdades eternas; no nos abstrae de los complejos problemas de la sociedad. Por el contrario “desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad”, es parte integrante de una fe vivida: No se puede ser un buen creyente y un mal ciudadano. El creyente, debe ser un ciudadano ejemplar, comprometido con los problemas sociales, sabiendo que de esa manera saca todas las virtualidades del mensaje liberador y renovador de Cristo: “El anuncio de Cristo es el primero y principal factor de desarrollo”.
“«Caridad en la verdad» es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral”. El cristiano no debe desentenderse de su responsabilidad de impregnar la vida social con una caridad orientada por la verdad: Esa es su vocación; no puede abdicar del deber de encarnar esos valores en su actuación pública, bajo pena de esterilizar una parte importante de su fe, en prejuicio de su comunidad.


P. Mario Arroyo
Doctor en Filosofía por la Università della Santa Croce