Disciplina ¿hasta dónde?

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La
buena disciplina es la que establece límites claros para ayudar a que
los niños desarrollen su confianza y autocontrol. Se basa en algunos
principios fundamentales. Debe ser:

* Inmediata, si no es así, la amenaza sólo causa ansiedad.

* Consecuente, se debe aplicar siempre cuando se rompa la
regla, pues si a veces se deja pasar y otras se descarga toda la furia,
ésto sólo creará inseguridad en el niño.

* Segura, no debe ser severa ni maltratar física o psicológicamente al niño.

* De fácil aplicación, para que siempre se cumpla.

* Justa, el niño debe entender que ha cometido un error y que la reprimenda es la consecuencia lógica de su elección errónea.

* Positiva, debe ofrecer apoyo y una solución, dar alternativas, no humillar.

* De intensidad apropiada con relación a la falta que cometió el niño y no al enojo que despierta en los padres.

Al aplicar la disciplina se debe tener en cuenta dos de sus fines
principales: la seguridad y la creación de una estructura en la vida
del niño. En una situación de disciplina, la salud y la seguridad del
niño son prioritarias.

Por otra parte, se debe evitar:

- Dejar la reprensión sin acabar.

- Cambiar las reglas a mitad del juego.

- Permitir amenazas huecas y advertencias vanas.

- Perder el control y lastimar; como sabemos, el niño imita lo que ve y puede aprender que la violencia es correcta.

- Requerir esfuerzos heroicos para ser eficaz.

- Humillar.

- Herir la relación con los hijos.

- Hacer que el padre y/o el niño se sientan mal con respecto a si mismos.

También debemos considerar que existen ciertos factores que influyen y que se tendrá muy presentes:

- La personalidad de cada uno de los padres.

- La personalidad del niño (con sus conflictos propios de cada
etapa). A los padres les preocupa la aparición de las rabietas (surgen
ante la propia capacidad de decisión del niño). Es un síntoma de
independencia creciente. Con él llega también el deseo de tomar sus
propias decisiones y no conformarse más a la de los padres.

La mejor opción es no intervenir en las rabietas. Si intenta
resolverlas o pararlas, lo más probable es que las prolongue aun más.
Recuerde que su hijo está luchando por su propia independencia. Una
alternativa es salir de la habitación y volver cuando haya acabado,
luego cogerlo en brazos y consolarlo, diciendo: Ya se que te sientes muy mal, pero pronto sabrás qué es lo que quieres hacer.

- Los factores del medio ambiente (crisis, cambios de casa, de escuela, etc.), que irán moldeando día a día la vida familiar.

El niño aprende que hay cosas posibles y cosas que no lo son, de
las que debe privarse; no se le puede pedir aquello que no puede
comprender, por no haber alcanzado la edad adecuada. Hay que recordar
que ante menor edad tenga el niño, menor comprensión y control de los
impulsos, mayor ansiedad y menor tolerancia a la frustración.

Al poner límites, debemos tener siempre presente la meta de la
disciplina, que es ayudar al niño a que logre el autocontrol. El
autocontrol se aprende. Cuando le decimos a un niño: No hagas eso, no le estamos ayudando a comprender o aprender lo que puede hacer. Si en lugar de eso, se le dice: Juan, pasa por un lado del edificio de Sofía,
lo estamos orientando, lo que le permite manejar su persona; estamos
estableciendo límites razonables y aceptables y le estamos dando al
niño un sentido de independencia y de dignidad. Los sentimientos de
autovaloración y capacidad de los niños para tomar sus propias
decisiones se desarrollan gradualmente. Los padres deben hacer todo
para ayudar y no para obstaculizar este proceso.

Para lograr el éxito deben recordar cuatro grandes tareas:
instruir, estimular, corregir y amar a sus hijos. Así se verán
recompensados en términos de la calidad humana que adquiera el niño y
de la clase de relación que él o ella sea capaz de gozar.

El niño tratado con una actitud demasiado severa, que es castigado
con frecuencia o golpeado por cualquier falta, se desarrollará inseguro
de sí mismo y percibirá toda iniciativa suya como una conducta
problemática que le traerá castigo o rechazo por parte de los demás.
Debido a esto, bien puede decirse que la sobreprotección conduce a la
incompetencia y a la inseguridad; y el castigo excesivo, al temor, a la
inseguridad y a la falta de iniciativa.

Es importante diferenciar dos momentos en el aprendizaje de la disciplina:

1. Cuando el niño está aprendiendo una nueva regla

2. Cuando el niño no respeta una regla ya aprendida.

Lo más importante es que los padres se ubiquen en su lugar de guías
facilitadores del aprendizaje positivo. No se les debe abandonar a su
suerte, hay que acompañarlos ofreciéndoles la estructura suficiente
para que ninguno se sienta perdido, esto es, siendo firmes y constantes
en cuanto a la forma y la frecuencia del diálogo, aprovechando toda
oportunidad para ahondar en las situaciones de manera reflexiva, y
sobre todo de manifestar un afecto auténtico, transmitiéndole al hijo
que está siendo aceptado tal como es, pero que puede y debe esforzarse
en ser mejor para sí y para los demás.