Discutamos legalizar las drogas ¿por dónde empezar?

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

La discusión sobre una eventual legalización de la producción y tráfico de drogas enervantes, es originada por la gran preocupación de la violencia y muerte que trae este “negocio” recientemente en México. La posición de quienes solicitan que se legalice dicho negocio, es que con ello se acabaría la violencia, pero ¿es eso la esencia de la discusión? Veamos.

Hay que empezar por las razones que convirtieron a la producción, tráfico y comercialización de marihuana, cocaína, heroína entre otras y las drogas enervantes sintéticas en graves delitos. Es muy simple: la evidencia científica, médica, del daño que su consumo causa es abrumadora. El uso médico de productos como la morfina es otra cosa y por ello se regula.

Cualquier discusión sobre producción, comercio y consumo vicioso de estos productos tiene que iniciar con los mismos razonamientos. Desde el primer consumo, todas, todas ellas, siempre, hacen daño a quienes las consumen y de paso a quienes tienen relación con ellos.

Esta es una grandísima diferencia con las bebidas alcohólicas, cuyo consumo es alimento hasta que se abusa de ellas. Las comparaciones sobre la prohibición del comercio de alcohol y de drogas enervantes es inválido, no sirve (forget Chicago and the Italian mafias!).

¿Y el tabaco? Este también hace siempre daño, desde la primera bocanada de humo (o aspiración por “fumadores pasivos”). Muchas muertes había causado el tabaquismo hasta que la sociedad decidió tomar medidas para inducir su abandono por los fumadores. El caso de las drogas es diferente, ya que sus daños son mayores y más rápidos.

La sociedad y el Estado no pueden, responsablemente, discutir la propuesta de legalizar la drogadicción sin comenzar por lo ya conocido: la drogadicción daña y mata al consumidor y afecta a toda la sociedad. No pueden permitir un gran daño social para intentar (es sólo intentar…)  remediar otro, sería muy irresponsable.

 

Por lo demás, dada la diversificación delictiva de las mafias de la droga, y sus peleas por el control de los mercados de las mismas, la legalización del narcotráfico no terminaría con su preocupante violencia y sus miles de muertos. La lucha de los criminales por el control de los mercados legales seguiría igual que en la actual ilegalidad: sumamente violenta. Pensar diferente es no haber ni oteado la estructura y operación del narcotráfico, ahora tan involucrado en otros delitos; creer que legalizándolo se acabaría la violencia es demasiado ingenuo.

 

Ingenuamente se alega también que a la gente le emociona “lo prohibido”, en este caso las drogas, y que si desaparece la prohibición, bajaría el consumo. No, quienes consumen drogas cotidianamente ya lo hace porque les gusta, por enviciados, no por la emoción de lo prohibido. Curiosamente la Ley no castiga su consumo, solamente su producción y comercio. Este argumento del gusto por violar la ley no tiene valor alguno.

 

Hay quienes dicen que el Estado no debe hacerla de pilmama, cuidando a sus habitantes para que no se dañen consumiendo drogas. Pero olvidan algo: suponiendo sin conceder que eso fuera aceptable, el costo social y fiscal de la atención oficial y privada a la salud de los enfermos drogadictos es altísimo. El enjuiciamiento y encarcelación de drogadictos vueltos delincuentes (para conseguir droga) también lo son. La legalización sólo los aumentaría.

 

Además, el costo a la economía por los problemas de enfermedad, ausentismo, robos y daños de muchos tipos causados por los drogadictos es también altísimo. Ninguno de estos costos: sociales, fiscales y económicos es aceptable, y la sociedad no tiene por qué asumirlos dando libertad para que la provisión del vicio sea legalizada.

 

El principio de la discusión, insisto, debe el mismo de la prohibición: la drogadicción daña, gravemente, siempre, desde el primer consumo (aún las llamadas drogas “blandas”). Cerrarse a esta realidad médica incontrovertible sería muy, muy irresponsable. Ello nos lleva a una conclusión lógica: por razones de salud pública la penalización del narcotráfico debe conservarse.