Dos historias

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Esta es la historia de dos hombres que se encontraron sin haberlo planeado. Uno acabó sus estudios, buscó trabajo, consiguió un poco de ahorros. Se casó, alquiló un apartamento. Logró un nuevo empleo, pero, después de ser despedido, con los ahorros pensó en abrir una pequeña tienda. Al final le dieron la posibilidad de gestionar un MacDonalds. En su pequeño negocio de “fast-food” trabajaban unas 15 personas, para algunos era su primer empleo. Las cosas iban sobre ruedas, hasta que...

El otro hombre también acabó sus estudios. Trabajó un poco de tiempo, pero fue despedido. Uno y otro mes, uno y otro año, sufría con angustia su situación de desempleado. Lo mantenían sus padres. Empezó a comprender que era verdad lo que le había dicho algún profesor: el mundo va mal, los ricos son siempre más ricos, las multinacionales nos están destruyendo. Leía los periódicos y se angustiaba ante la “globalización”. Comenzó a frecuentar grupos de amigos que estaban descontentos con todo.

En la ciudad donde ambos hombres vivían se produjeron manifestaciones. Algunos empezaron a tirar piedras contra varios negocios. El segundo hombre, en un arrebato de ira, siguió su ejemplo. Se puso frente a la tienda del MacDonalds del primer hombre de esta historia, rompió los escaparates, tiró un pedazo de madera ardiendo y comenzó el incendio. En pocos minutos todo el edificio era una hoguera, hasta que llegaron los bomberos y apagaron las llamas entre los insultos y el desprecio de los manifestantes antiglobalización.

Estos dos hombres no se conocían. Se encontraron así, un día, en dos lados distintos de la historia, “por casualidad”. Los históricos presentarán sus vidas de modos diferentes. Imaginemos dos narraciones distintas sobre lo que ha ocurrido.

En la primera, ese hombre que gana poco a poco su dinero, que llega a ser un “pequeño empresario” no es sino un engranaje de un sistema corrupto, un burgués acomodado que vive de los demás, que roba a sus empleados para poder vivir mejor, que colabora con las grandes multinacionales para que sigan sometiendo a los países subdesarrollados y a los pobres de los países ricos. El manifestante atrevido, revolucionario, en cambio, será presentado como un promotor de historia, un innovador capaz de romper con las injusticias y construir un mundo mejor. Sólo con gente como el segundo se abolió un día (o a lo largo de muchos años) la esclavitud, se terminó con la opresión del sistema medieval, se conquistó la democracia, como en la Revolución Francesa, se consiguió la independencia de los países oprimidos, y se liberó a muchas mujeres de sus injustas y seculares discriminaciones.

En la segunda historia, en cambio, el pequeño empresario es visto como la mayoría de los hombres del planeta: constructor de bienestar, de progreso, de trabajo. Con hombres como él la sociedad ha podido seguir adelante, a pesar de las revueltas, de las guerras. Sin él Lenin no habría podido superar el hambre en Rusia el año 1922. Sin él Alemania no podría haberse levantado de sus ruinas después de la Segunda guerra mundial. Sin él muchos países no tendrían hoy ni coches, ni electricidad, ni pan o arroz al alcance de muchos. Sin él ni tú ni yo podríamos haber soñado un futuro de estudios, construir una familia, empezar un trabajo productivo. El segundo hombre, en cambio, es un ser que, frustrado quizá por un fracaso injusto, no llega a castigar a los verdaderos culpables de su situación, sino que, perdido en la masa de los rebeldes, se lanza a destruir bienes que sirven para otros. Para esta historia los revolucionarios son los hombres que han desmontado más economías, han provocado más viudas, han dañado más el desarrollo social. Son los revolucionarios (y los dictadores que entre ellos han nacido: Mao y Hitler también eran revolucionarios...) los que han retrasado la historia, llevándola a situaciones de primitivismo que han causado más daño que bienestar, más lágrimas que justicia, más esclavitud que igualdad.

Quizá no existan dos “historias” tan claramente definidas, porque los históricos a veces disimulan un poco (o mucho) a la hora de decir a cuál de los dos personajes consideran “el bueno de la película”. Lo cierto es que mientras haya injusticia existirá la tentación de tirar piedras contra negociantes que tal vez ni siquiera conocemos. Lo cierto es que algunos que ayer corrieron por las calles para quemar tambos de basura y para romper coches y cristales, hoy son hombres que han aprendido lo importante que es la paz y la armonía, que trabajan en una fábrica o un pequeño negocio, y que pueden mantener así a sus familias.

No podemos vivir tranquilos cuando a nuestro lado hay niños prostituidos, pobres desesperados, ricos egoístas que no ven más allá de sus negocios. Pero tampoco podemos coger una piedra y destrozar el trabajo de quien quiere, como nosotros, un poco más de justicia y de paz en la tierra, y tal vez puede producir algo de bienestar para otras personas, sus trabajadores.

Los crímenes cometidos por muchos revolucionarios (llámense nazis o comunistas) no son sino una injusticia más en el mundo de la explotación. Pero siempre ha existido y existirá ese mundo silencioso, discreto, constante, de millones de seres humanos que sólo buscan un poco de respeto y de trabajo para alimentar a los suyos. Ellos han logrado lo que muchas bombas juntas no lograrán jamás. Ellos merecen nuestra gratitud más sincera, aunque no aparezcan nunca en ningún libro de historia en nuestras escuelas y universidades...