Dos perspectivas, una vida

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Dos perspectivas, una vida

 

¿Hay dos perspectivas muy diferentes a la hora de ver a los seres humanos.

En la primera, las personas quedan etiquetas por lo que han hecho en algún momento del pasado. Este señor es visto sólo como un adúltero, porque hace años fue infiel a su esposa. Aquel político no puede quitarse la etiqueta de mentiroso, porque descubrieron en la campaña electoral sus grandes embustes. El vecino de arriba no encuentra ni encontrará nunca trabajo porque las cámaras de seguridad lo filmaron mientras robaba en su puesto de trabajo.

Según esta perspectiva, parecería que quedamos encadenados, inmóviles, atados por el pasado. Como si no fuera posible un cambio profundo, una conversión sincera. Como si el pasado fuese una pesada cadena, de la que nadie podría liberarse.

Existe, sin embargo, otra perspectiva para ver la historia de los seres humanos. Según ella, cada uno puede cambiar la trayectoria de su vida. Porque hay ladrones que un día supieron optar por vivir de modo honesto. Porque hay esposos que, tras la traición, pidieron humildemente perdón y empezaron a vivir en serio la fidelidad matrimonial. Porque hay políticos que, tras volver la espalda a las chapuzas del pasado, fueron capaces de reemprender una vida auténtica, orientada a la justicia y al bienestar de la gente. Porque hay trabajadores que lloraron un día las trampas del pasado e iniciaron así una nueva vida de limpieza profesional y de seriedad en sus compromisos laborales.

Ninguna vida humana queda enjaulada por lo que haya sido su pasado. Para bien o para mal: una persona honesta y respetable puede, en cualquier momento, dar un mal paso y sorprendernos con una bajeza inimaginable. Y un criminal de guerra puede llegar a ser, entre los compañeros de sus años de cárcel, una persona sencilla, colaboradora, centrada más en el bien ajeno que en los propios intereses egoístas.

Las sorpresas, en la vida humana, son casi infinitas. El pasado, es verdad, hace de lastre, tiene un influjo enorme. Hasta el punto que muchos vicios esclavizan años y años sin permitirnos ver horizontes de esperanza. Pero mientras haya una brizna de libertad será posible dar un primer paso para una vida distinta, nueva, sana. Aunque los demás mantengan su mirada de desconfianza y de sospecha, aunque la prensa y la opinión pública recuerden una y otra vez las sombras del pasado.

Nadie, ni los jueces, ni la prensa, ni la voz corrediza de chismes eternos, serán capaces de quitarnos el gran don de la libertad enamorada. Desde la misma hoy podemos romper amarras y navegar hacia nuevos mares, mientras desde el cielo Dios espera nuestro cambio, nuestra conversión profunda: que dejemos el mundo del pecado y empecemos a vivir según el Reino del amor sincero.