Economía y moral o MORAL Y economía

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Moral y Economía: Entre ambos términos existe o debe existir una interrelación armoniosa, de tal manera que pueda determinar el “comportamiento” del ente al que se dirige: La Persona humana. Desde inicios del siglo XX pareciera que hubo un distanciamiento entre la llamada Economía Política y la Moral, de allí, el poema de Edmund Clerihew Bentley, sobre Stuart Hill y como colofón la frase de Dante “¡El que entre, que abandone toda bondad!”  Surge entonces la pregunta obligada: ¿Debemos prescindir de la moral en el desarrollo de la economía?  La moral y la economía se implican mutuamente, pero no en el sentido marxista, donde “la ideología dominante es la de la clase dominante”. En la misma manera en que se producen los medios de subsistencia es necesario crear o producir las formas de relacionarse socialmente. En este mismo sentido, la manera en que  producimos nuestra vida material determinará el modo de comportarnos dentro de la sociedad, como la interpretación que tengamos de ella. Por ello, a un determinado modo de producción social (economía) le corresponderá una moral específica que trata de regular los comportamientos sociales de los individuos de acuerdo con una estructura económica particular; de tal manera, podemos decir que la economía impone los límites de nuestra actividad y condiciona en gran medida nuestra conducta. La forma en que producimos nuestra vida determina el modo de comportarnos dentro de la sociedad, por ello es necesario explicar la relación existente entre economía y moral, sin caer en determinismos economicistas, porque de una y otra se implican mutuamente, pero no de manera arbitraria o mecánica. Todos podemos constatar la manera cómo el progreso técnico ha transformado la vida de los humanos, pero este mismo progreso tiene sus limitaciones y nos presenta, incluso, peligros si no está controlado por una visión superior de las cosas. Todo aquel que reflexione sobre este tema se dará cuenta que el progreso científico, tecnológico, etc., no sólo no conduce al progreso moral, sino que, además, de cierta manera hace retroceder al individuo. Justamente la ciencia iniciática nos da esta visión superior de las cosas: ¿Qué nos enseña?  Que cada proceso en la naturaleza posee tres aspectos: físico, psíquico y espiritual y, por lo tanto, es posible encontrar en nuestra vida interior las mismas manifestaciones y correspondencias que existen en el plano físico. Si los científicos aceptaran detenerse un poco para profundizar las leyes que rigen el universo, comprenderían que en realidad todos los elementos, todos los objetos, todos los fenómenos físicos que estudian les hablan de un mundo más vasto, más rico. Y, es, precisamente porque no han comprendido cómo actúan estas leyes, que el progreso científico no ha aportado progresos morales. Cada persona tiene que optar entre diversas posibilidades y, al ir tomando acto tras acto esas decisiones, irá configurando su vida como un proyecto más o menos coherente o incoherente, del cual será responsable y, puede que este sea bueno o malo. Cada individuo humano se va haciendo a sí mismo a lo largo de su vida y, hasta la humanidad, entendida como un conjunto social de seres humanos, puede hacerse a sí misma como proyecto a lo largo de la historia, de tal manera que podemos decir que tenemos una realidad que consiste en el “comportarse”  en el “quehacer de la vida” entendiendo que el fin debe ser lo bueno para el hombre. La moral resulta entonces, del montar nuestros proyectos de vida sobre “mores” o costumbres sociales absolutamente obligatorias en una sociedad. Por ello, debemos aceptar que la moral social y que las “mores” de cada sociedad contienen numerosas perspectivas de mejor comportamiento moral de lo que le solemos atribuir. El comportamiento del ser humano es distinto del propio de los animales y, en buena medida el comportamiento animal es comparable, en el lenguaje de la psicológica conductista, con una respuesta espontánea de su estructura biológica y “psicológica” a la acción de un estímulo. Existe en el animal una conexión directa-continua en el lenguaje conductista, bastante unívoca entre estímulo y respuesta. La acción del ser humano, que también tiene un constitutivo fundamental de naturaleza biológica animal, no ésta, ni de lejos, tan condicionada por el estímulo, ya que, entre la persona y el estímulo  medía  un filtro que llamamos inteligencia, conciencia o razón, de tal manera que existe para el hombre la libertad de responder de manera distinta, lo que requerirá una elección entre ellos. Aranguren se expresa así ante este comportamiento de carácter moral autónomo, no ligado a ninguna orientación extraña: “este sentimiento individual y social, histórico siempre, es el primario de la palabra moral: moral vivida que no consiste aún en la teoría sino en la práctica de hacerse a sí mismo a través del hacer las cosas”.  La moral y  la economía se complementan; al crecimiento ilimitado de mercancías y a la ganancia económica se suman el hedonismo consumista, que refleja la moral planetaria de final del siglo XX. La deliberación sistemática y razonada sobre la naturaleza del comportamiento económico y la moral de los hombres envuelve una reflexión racional y teológica,  busca las razones del por qué es obligatorio comportarse de una manera determinada para llevar a cabo un proyecto digno de vida que permita espacios de “deber” de “responsabilidad” y de “culpa”.  Los hechos hablan mejor que las palabras…