El cristianismo y sus paradojas

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Después de casi 2000 años, el cristianismo no deja de sorprender. Porque se mantiene vivo. Porque alimenta los corazones de millones de personas. Porque une a los creyentes en su solo rebaño, bajo un solo pastor, como miembros de la Iglesia católica. Porque irradia su mensaje (que viene de Dios) hacia los demás hombres y mujeres que todavía no creen.

Entre las paradojas del cristianismo hay tres que se refieren precisamente a las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad.

Gilbert Chesterton (1874-1936), un escritor inglés que con el pasar de los años se convirtió al catolicismo, explicaba así las paradojas en las virtudes teologales: “la caridad significa perdonar lo imperdonable, pues si no, no es virtud ni es nada. La esperanza significa esperar cuando la situación resulta desesperada, pues si no, no es virtud ni es nada. Y la fe significa creer en lo increíble, pues si no, no es virtud ni es nada” (Chesterton, “Herejes”, capítulo XII).

En otra obra, titulada “Ortodoxia” (1908), Chesterton quiso ir más a fondo en esta dimensión paradójica del cristianismo. En la que estamos citando, “Herejes” (publicada en 1905), lo hizo de modo más breve, pero no menos incisivo. Así se muestra en las líneas que siguen al texto que acabamos de copiar:

“La fe no resulta nada moderna, y suele criticarse desde todas las bandas por el hecho de constituir, precisamente, una paradoja. Todo el mundo repite, burlón, la definición infantil según la cual la fe es «el poder de creer en lo que sabemos que es falso».

Y sin embargo no hay nada que resulte más paradójico que la esperanza y la caridad. La caridad es el poder de defender lo que sabemos que es indefendible. La esperanza es el poder de permanecer alegres en circunstancias que sabemos desesperadas.

Es cierto que existe un estado de esperanza que pertenece a las brillantes perspectivas del mañana, pero esa no es la virtud de la esperanza. La virtud de la esperanza existe sólo tras un terremoto, durante un eclipse.

Es cierto que existe algo que suele llamarse caridad, y que equivale a la caridad que se ejerce con los pobres, que se lo merecen. Pero la caridad ejercida con quienes la merecen no es en absoluto caridad, sino justicia. Son quienes no la merecen los que la necesitan, y el ideal, o bien no existe en absoluto, o bien existe del todo para ellos. Por razones prácticas, es en el momento desesperado cuando nos hace falta el hombre esperanzado, y esa virtud, o bien no existe en absoluto, o bien empieza a existir en ese momento”.

Desde un punto de vista teológico, se pueden criticar estas descripciones porque no son perfectas, o porque no dejan de lado aspectos importantes de cada una de esas virtudes, especialmente el hecho de que vienen de Dios como un don que se ofrece al hombre y que llevan a una mayor unión con Dios y con los hermanos.

Pero desde el punto de vista vivencial, Chesterton supo ilustrar con esas líneas lo que quizá podemos haber olvidado: ser cristianos implica ir contra corriente, oponerse al mundo, aceptar un modo de pensar y de vivir que para muchos parece una auténtica necedad, una absurda paradoja, un escándalo sin sentido (cf. 1Cor 1,23-25).

Mientras, muchos buscan seguridades en donde no la hay. La bolsa engaña a la avaricia y hunde en la desesperación. El banco muestra números y al final desilusiona al no ser capaz de devolver la salud o al empezar a cobrar intereses desorbitados. El trabajo absorbe e ilusiona hasta que nos lleva al tedio o nos despiden. Incluso los amigos, esos con quienes pasábamos tan buenos ratos, un día nos desprecian porque alguien lanzó al ruedo calumnias que destruyeron nuestro buen nombre. El deporte satisface hasta que una enfermedad o la edad nos incapacita.

Así es la vida. Basta un terremoto (como los que ocurren, dramáticamente, cada año) para que todo se venga abajo. Precisamente entonces, como decía Chesterton, empieza la esperanza. Como también la caridad inicia cuando hemos sufrido una injusticia “imperdonable” y empezamos a recorrer el largo camino del perdón: “la misericordia se siente superior al juicio” (St 2,13).

Sólo si llegamos a descubrir que Dios nos ama precisamente cuando hemos caído en el peor de los males, el pecado, entenderemos la belleza paradójica de la fe cristiana: “mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,8).