El difícil arte de la negociación con los hijos: 17 consejos que conviene tener presentes

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Negociar es el proceso de dialogar, comentar, discutir, polemizar, alegar o rebatir para llegar a un acuerdo y resolver un conflicto, que satisfaga a cada una de las partes. Tiene que ser un ejercicio de tolerancia y de convivencia y es la mejor forma de resolver los conflictos entre padres e hijos. A través de la negociación se acuerdan líneas de conducta y se buscan ventajas individuales o colectivas. En el éxito de la negociación influye mucho el convencimiento, la persuasión, la argumentación, etc. En las negociaciones ambas partes tienen que estar dispuestas a ceder. Negociar no es ganar, perder o ceder, tiene que haber voluntad de ceder, dejando algo de lana en la alambrada, como les ocurre a las ovejas que quieren pasarla. 

La negociación sobre la educación de los hijos, tiene que ser continua. Es como estirar ambos de dos puntas de un hilo de seda, suavemente pero con firmeza, intentado que no se rompa, o similar a mantener un pájaro en la mano. Si se aprieta mucho se ahoga el pájaro, si se afloja la mano, el pájaro se escapa. No se puede forzar tanto a los hijos que les induzca a interrumpir las negociaciones. Si se interrumpen, ambos han fracaso pues no han sabido estirar, sin romper. Pero hay muchas cosas en educación, formación y vivencias familiares de los hijos, que no son negociables, principalmente las verdades sobre la ley natural y cualquier cosa que vaya en contra de la responsabilidad y autoridad irrenunciable que tienen los padres, como ya hemos explicado en otros artículos.

La negociación requiere orden, paciencia y voluntad de llegar a acuerdos en el conflicto. Es muy difícil terminar una negociación con la sensación de que padres e hijos han ganado ambos. Nunca existe en las negociaciones el ganar, ganar, ni tampoco debe haber vencedores ni vencidos. Lo normal es que ambos tengan la sensación de que han perdido. Los hijos suelen creer que han perdido, porque han tenido que ceder en sus pretensiones. Es muy importante convencer a los hijos, que lo que se ha acordado tiene ventajas, cara a la educación y convivencia presente y futura, así se evitarán o disminuirán los conflictos posteriores. Los padres y los hijos tienen que tener bien claro, que nadie da nada a cambio de nada. La negociación tiene que soportarse en el principio de que ambas partes, quieren llegar a acuerdos y cumplirlos bajo las condiciones a los que han llegado.

Negociar con inteligencia y con firmeza. Nadie mejor que los padres saben los puntos fuertes y débiles de los hijos, para ponerlos en la mesa de la negociación y manejarlos bien, en beneficio de ambos. La experiencia demuestra que con los hijos bien educados, no suelen ser tan graves las diferencias que les separan de los padres, relacionadas con los comportamientos de los principales aspectos que puedan alterar el desarrollo de los hijos y la convivencia familiar, presente y futura. Aunque haya diferencias, siempre puede haber acercamientos de postura y cesiones por ambas partes, para obtener una agradable convivencia. Hablando se entiende la gente.

La negociación inteligente tiene que terminar en acuerdos, donde ambas partes pierdan o cedan algo. Los acuerdos donde ambos ganan son muy difíciles de obtener. Perder en un acuerdo no debe significar que los padres, últimos responsables de la educación de los hijos, hayan cedido en sus derechos y obligaciones irrenunciables. Todas las cosas tienen un precio que ofrecer y un precio que pagar, en comportamiento, actitud, resultados, etc. Es cuestión de analizar bien, qué se quiere, cuándo y cómo se quiere y ponerlo en la mesa de negociación.

Cuando no hay voluntad de negociar, pues creen que tienen derechos adquiridos, los padres tienen que ir poniendo incentivos y alicientes atractivos, similares a los anzuelos de los pescadores, para que los hijos en beneficio de ellos mismos, se interesen por esos señuelos o alicientes, que les animen a estar más dispuestos a entrar en negociaciones. Normalmente cuando los hijos tienen una posición beneficiosa en los puntos anteriores, no quieren ni oír hablar de negociar algo, porque a lo mejor pierden esa posición. Por eso es lo de ir poniendo los anzuelos que les atraigan. Una buena forma de llevar las negociaciones, es como se pescan las truchas, tirando y aflojando. Cuánto y cuándo es cuestión de inteligencia y práctica. Hay que hacerles ver que no tienen porque sorprenderse, cuando los padres les presenten algunas condiciones, si quieren conseguir prebendas. Las cosas hay que ganarlas, si se conceden sin ninguna prestación, al día siguiente querrán volver a pedir más de lo mismo.

Negociar es ley de vida. Desde que nacen los hijos y máxime desde que empiezan a tener la edad del discernimiento, incluso inconscientemente, empiezan a tirar de la cuerda contra los padres. Siempre hay que tener mucho cuidado en no estirarla demasiado, para que no se rompa. Si se rompe suele haber consecuencias irreversibles para ambos, sobre todo cuando los hijos son adolescentes. En un extremo de la cuerda está lo que los hijos quieren hacer y en el otro extremo está, lo que los padres creen que los hijos tienen que hacer. Convivir sin estirar demasiado la cuerda de seda, es una tarea difícil, pero no imposible.

El buen ejemplo de los padres en la vida cotidiana es fundamental, para que los hijos tengan credibilidad para empezar la negociación. No se puede sugerir nada en la negociación que los hijos tengan que hacer, si eso va en contra de las actitudes que están viendo en sus padres. Máxime si es algo que los padres no hacen o no están dispuestos a hacer con el ejemplo, ni mucho menos a cumplir las propuestas acordadas. Es muy difícil negociar con los hijos, cuando hay una mutua pérdida de confianza entre padres e hijos. Si se llega a esa situación, normalmente suele ser porque no ha habido una buena educación de los padres y de los hijos, en la práctica de las virtudes y valores humanos. Todos negociamos mal, pero unos peor que otros. Sobre todo los que no se han preparado para la negociación y se dejan llevar por arrebatos, prejuicios, violencias y autoridad mal entendida.

Los padres tienen que ir por delante en la educación de los hijos, previendo lo que los hijos les van a pedir, o qué es lo que los hijos van a querer hacer o van a necesitar. Los comportamientos, buenos o malos, no llegan de repente. Se van gestando a lo largo de la niñez, juventud y adolescencia. Es obligación irrenunciable de los padres, el estar al tanto de todas las actitudes de los hijos, para en su caso poder negociar a tiempo, las modificaciones de conducta que empiezan a salirse de lo permitido. Es muy difícil para los padres proponer una negociación partiendo de cero, si no ha habido educación y advertencia previa de los temas. Es un choque mental para los hijos, que los padres pretendan que dejen de hacer algo, si siempre les habrían consentido hacerlo, nunca les habían pedido que no lo hicieran, o no les habían enseñado a no hacerlo.

Negociar el futuro de los hijos con mucho adelanto, para intentar conseguir marcar objetivos realistas de cosas previsibles, incluso proponiendo alicientes para realizar los objetivos y que no haya desviaciones que los anulen. Si los padres tienen visión del futuro, preverán las situaciones más probables y se podrán adelantar a los acontecimientos, con una buena negociación, aunque algunas veces tendrán que negociar conductas pasadas.

Dar opciones a los hijos es contraproducente en la mayoría de los casos, a no ser que todavía sean muy pequeños y no tengan definido el discernimiento en su capacidad de elegir, fuera de sus impulsos. Pues casi siempre es la alternativa que dan los padres a sus hijos, cuyo fin les supone a los hijos ganar, ganar y siempre ganar. Algunos padres prefieren darles opciones, a tenerles que imponer una buena educación, ya que educar y negociar conlleva un esfuerzo, que algunos no están dispuestos a realizar.

La moda hoy en determinadas culturas, es tender a educar a los hijos con las técnicas de darles opciones. Eso suele tener el problema de que esas opciones son tan similares, que los hijos no tienen que hacer esfuerzos ni sacrificios, para hacer su propia voluntad. Pero esas culturas entienden, que si no se da todo lo que quieren los hijos y en el momento que lo quieren, sufrirán en su autoestima y de mayores, tendrán traumas mentales o frustraciones, por no haber conseguido todo lo que querían. Así les va a algunas sociedades, que están llenas de niños y jóvenes consentidos desde la cuna y no educados en las virtudes y valores humanos. Puede ser una buena actitud, dar opciones a los hijos pequeños, para que aprendan a diferenciar lo que les ofrecen los padres, pero siempre que no sea, para que el hijo se salga con la suya y les dejen tranquilos.

17 Conceptos a tener en cuenta en las negociaciones 

1. Antes de la negociación, es muy importante tener una buena información, de lo que los hijos quieren y lo que están dispuestos a ceder para conseguirlo. También los padres tienen que definir previamente, que es lo que quieren obtener y a cambio de qué. Esto deben reflejarlo por escrito, para que ningún punto se olvide en la negociación a lo que están dispuestos a llegar, del guión de temas que pongan sobre la mesa. Las negociaciones importantes requieren imprescindiblemente una buena preparación. 

2. Objetivos, plazos y prioridades. Es imprescindible prepararse bien y ordenadamente antes de las negociaciones, para tener certeza de los objetivos, prioridades, plazos y condiciones máximas y mínimas a los que se quiere llegar, sin perder el enfoque principal. Los padres tienen que encontrar un punto medio, al saber distinguir entre lo importante, lo esencial, lo negociable y lo no negociable. No se puede educar de acuerdo con la ley del péndulo, que va desde el autoritarismo, a la flexibilidad total. Se debe empezar por los asuntos más fáciles de conseguir, los menos complicados y los más frecuentes. Los resultados, a medida que se van obteniendo, aunque sean  en fase parcial, motivarán a los padres y a los hijos a seguir intentando llegar a acuerdos. 

3. Cuando los hijos son pequeños, en vez de negociar, emplee principalmente la persuasión y el convencimiento, para conseguir que hagan lo que tienen que hacer. Mientras no tengan bien definida la edad del discernimiento, para conocer la equivalencia de las cosas, no se debe empezar a negociar, pues sería obrar con ventaja de adultos. 

4. Se puede empezar a negociar con los hijos cuando ya tienen la edad del discernimiento, para que puedan valorar y elegir entre qué quieren, cuánto y cuándo lo  quieren y lo qué no quieren. Muchas de los temas se pueden y deben negociar en el contesto de la formación de los hijos, y dentro de los límites, plazos, formas de cumplimiento, sistemas de control de los objetivos propuestos, premios, castigos, etc. 

5. Importancia de los temas a negociar. No es lo mismo convenir con un hijo, el poner la mesa todos los días u otra labor familiar, que negociar el horario de llegada a casa de un adolescente, la forma de vestirse y actuar, los amigos que frecuenta, la dedicación y resultados de los estudios, el consumo de drogas, el manejo del dinero, dedicarse a estudiar o a trabajar, los noviazgos, el respeto hacia los padres, hermanos, familiares, etc. 

6. Negociar sin presión para originar el cambio en los hijos. Puede que sea una negociación parcial, sobre un punto crítico de la conducta, pero la negociación tiene que ir destinada también, a motivar el cambio de actitud presente y a poder ser definitiva. Más se consigue con miel que con hiel. 

7. No debe utilizarse la posesión de fuerza de los padres en la negociación. Solamente pudiera hacerse como último y definitivo extremo, en situaciones donde los hijos corren graves e irreversibles peligros de fatales consecuencias. Aunque en algunos casos es muy conveniente hacer ver con firmeza a los hijos, los peligros y consecuencias a los que se verían sometidos, dentro y fuera de la familia, caso de que no quiera llegar a los acuerdos razonables que se propongan en la negociación. Usar la fuerza en la negociación es imponer, chantajear, coaccionar, intimidar, etc. y eso entre padres e hijos no debe hacerse. Tiene que saberse aplicar las habilidades de los buenos negociadores, que siempre tienen una buena dosis de persuasión, convencimiento y atracción hacia los objetivos propuestos. Negociar no es vencer, negociar es convencer. 

8. Negociador externo. Si el tema de la negociación es difícil, grave o escabroso por las circunstancias que lo rodean, o los padres no pueden con la labia, soberbia o postura inamovible de los hijos, deben procurarse la mediación de un experto en negociaciones. Los mejores suelen ser los sacerdotes, pastores, rabinos o imanes. También pueden utilizar los buenos oficios de los abuelos, tutores o familiares que tengan ascendencia sobre los hijos. 

9. Quién, cuándo y dónde negociar. Para no dar sensación de encerrona, es conveniente que los primeros intentos de negociación, se realicen entre el padre o la madre con el hijo o la hija. El que mejor se sepa explicar y el hijo o la hija que tenga más empatía, y los que mejor disposición tengan para escucharse. Hablando siempre el padre o la madre, uno en representación del otro, cuando no esté presente,  sin llevarse la contraria y respetando ambos los objetivos acordados. Negociar en un ambiente relajado sin presiones, distracciones o interrupciones externas. 

10. Estudiar detalladamente cómo dar el primer paso, sobre todo cuando los hijos no quieren darlo. No dar ese paso hasta no tener la certeza de que las circunstancias para hacerlo, son las mejores o las únicas disponibles. Intentar que la negociación se desarrolle cuando ambas partes tengan el ánimo relajado, sin nervios ni tensiones. Buscar una situación o lugar tranquilo y sin distracciones. 

11. Motivación de recompensas. La negociación puede ir acompañada de la motivación de unas recompensas por los esfuerzos realizados, en caso de que se llegue al cumplimiento de los objetivos propuestos en los plazos, calidades y cantidades negociadas. 

12. Escribir los compromisos acordados. En las negociaciones sobre temas importantes, es muy conveniente dejar constancia por escrito de los términos de los compromisos, para que cuando vaya pasando el tiempo y puedan examinarse los resultados, no haya dudas sobre los acuerdos y su cumplimiento. 

13. No imponer las negociaciones y los objetivos. Las negociaciones no pueden ser impuestas a los hijos, lo que haya que negociar tiene que ser algo real, algo que cumplirlo esté al alcance de la mano de los que negocian. Que no sean cosas imposibles de cumplir para las partes implicadas. No se deben olvidar mientras se negocia, aunque parezcan no aplicables a las negociaciones con los hijos, los armisticios, treguas, compromisos adquiridos, etc. Es muy importante saber aceptar el mejor acuerdo posible y valorarlo positivamente. Es mejor un mal acuerdo que nada. 

14. Conjunto de cosas a negociar. Las negociaciones suelen ser por un conjunto de cosas, no solamente de una sola. Por ello es muy conveniente hacer previamente un listado escrito, de los comportamientos problemáticos que se quieren negociar, los objetivos que se quieren cumplir y la conducta esperada, durante las negociaciones. 

15. Escuchar con mucha atención todo lo que dicen o quieren decir los hijos en las negociaciones, incluso su lenguaje corporal. También los padres deben controlar sus emociones, vocabulario, tono de voz, gestos, sermones y lenguaje dogmático, así como la forma de dirigirse a los hijos para no perder los nervios. Ayudarles a expresarse, sobre todo en temas difíciles para ellos o para ambos. Hay que llenar de confianza y sinceridad las negociaciones, para que haya una total apertura de los sentimientos y así evitar la posible violencia. Si el cuerpo o la mente están tensas, es muy difícil que se diga todo lo que se deba decir y en la forma que se deba decir, además que los acuerdos llegados, pudieran no ser sinceros y escasear la voluntad de cumplirlos. 

16. Valorar las contraofertas a las propuestas, evitando la soberbia del rechazo inmediato, soportado en la autoridad familiar, aunque sin olvidarse de los objetivos de la negociación y de que algunas de las cosas que los hijos tienen que hacer o no hacer, relacionadas con su educación y formación, son cosas no negociables. 

17. Leer libros y artículos sobre el difícil arte o la ciencia de negociar con los hijos, pues hay muchos y muy buenos, especializados en las negociaciones de los padres de familia. Les recomiendo que vayan a su biblioteca pública y lean los que tengan sobre ese tema, para que cada uno aplique lo leído a su situación particular, en función de la gravedad del problema, las edades de los hijos y la situación familiar en conjunto. También los encontrará dirigidos a los negocios o a los políticos, que le pueden servir para aumentar sus conocimientos en esta materia.