El experimento de vivir como si Dios no existiera

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

El hombre tiene la posibilidad y la capacidad de prescindir de Dios; de decirle “no te necesito”, “me sales sobrando”. El hombre siempre puede iniciar la aventura de vivir como si Dios no existiera, de irse a un “país lejano”. Y lo más impresionante es que Dios no lo deshereda; aunque no merezca nada, recibe la parte de la herencia que le corresponde.

 

Nuestro mundo, en este sentido, se podría decir que cada vez más, es un mundo pródigo, un mundo que quiere olvidarse de Dios, que está haciendo el experimento de vivir como si Dios no existiera, y, por lo mismo, el hombre de nuestro tiempo aspira a ser amo y señor de su vida; se auto - declara “dios” de sí mismo y quiere decidir sin contar para nada con Dios.

 

Es el hombre de la ciencia y del Internet, el hombre del sexo como pasatiempo y como juego, el hombre cuya gran seguridad aparente está en sus cuentas corrientes y en sus tarjetas de crédito. Es el hombre sin el “Padre nuestro que estás en el cielo”. Es un hombre que cada vez tiene más, sin darse cuenta de que cada vez es menos. 

 

El hijo de la parábola del “hijo pródigo”, siente en su cuerpo los vientos de la libertad, su horizonte es la diversión, una diversión a cualquier precio, el disfrute de la vida a fondo, el hacer lo que me apetece sin que nadie me ponga frenos o límites. En definitiva, ser feliz gastando el patrimonio.

 

El hijo menor está “feliz”, está “contento”, o por lo menos “entretenido”, mientras tenga dinero en la bolsa; porque en un “mundo pródigo” la economía es la que da o la que quita la felicidad. El dinero se convierte en el fin último, en el factor decisivo de seguridad o inseguridad. “Tener” es el programa, “tener” es el ideal. 

 

Para muchos, igual que para el hijo prodigo, mientras hay dinero, hay sueño. Mientras hay poder hay sueño, como hubo sueño marxista, sueño comunista, sueño nacional socialista, o también más recientemente ha habido el sueño de los paraísos financieros. La vida es sueño, decía Calderón de la Barca, pero en definitiva, los sueños, sueños son; y siempre uno acaba despertando a la realidad.

 

El hijo pródigo creyó en el sueño. Un sueño que él pensaba iba a durar mucho, iba a durar toda la vida; y, sin embargo, como todo sueño, tenía su punto y final; pero él eso ni se lo cuestionaba. ¿Cuánto tiempo le duró la ilusión? No lo sabemos. Pudieron ser meses o tal vez años. En ese tiempo, el criterio que se impuso en su vida era el “del propio yo y sus ganas”: vivir absolutamente volcado y centrado en sí mismo. Vivir ese estilo de vida individualista y ególatra que tanto denunció, en su tiempo, el Papa Juan Pablo II, y ahora también el Papa Benedicto XVI. Nadie queda inmune a su influjo, tenga la edad que tenga, y tenga las posibilidades que tenga; y menos en nuestros tiempos en los que se nos ofrece todo tipo de medios al alcance de la mano, se nos ofrece disfrutar de una vida sin límites, gozando al máximo y sufriendo el mínimo. 

 

Desde luego que a ese hijo “feliz”, ni se le ocurría, ni se le pasaba por la cabeza, el pensar en la casa paterna. La había olvidado por completo. Y mientras tanto, el Padre, ¿Qué hace? Mientras tanto, el Padre espera el retorno de su hijo perdido. No deja de amarlo, a pesar de que tenía motivos suficientes para repudiarlo. 

 

En el relato del hijo pródigo se muestra y se nos revela cómo Dios no es sólo un padre, sino que asume las cualidades de una buena madre. Una madre que no se cansa de esperar. Como tampoco nosotros debemos cansarnos de esperar el regreso de nuestros hijos pródigos. Esos hijos que se alejan de la fe, que se alejan de Dios, de la Iglesia, esos hijos que de repente comienzan a ir por malos pasos en la vida, esos hijos que nos hacen sufrir y que nos hacen llorar.

 

Y hemos de saber, también nosotros, esperar su retorno, que no sabemos si llegará o no, ni cuándo llegará. Pero debemos esperar con la ilusión con que Dios esperaba el retorno de su hijo pródigo.

 

Nunca demos por definitivamente perdida una causa, y menos si es alguien de nuestra familia. Nunca desesperar. La paciencia es una de las cualidades que más hemos de imitar de Dios. Lo demuestran los miles de años que lleva esperando que la humanidad retorne a Él. Dios no se cansa de esperar.