El Grito del Sufrimiento… La Respuesta de la Fe ¡CREO!

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Hay una excepcional belleza en el reconocimiento de Dios desde la plenitud de la vida, sin embargo, no debemos desoír el grito del sufrimiento, que también puede abrir a la relación con el Misterio. Una sociedad que censura el dolor de la existencia, y niega de antemano que pueda ser vía de acceso a la trascendencia, “narcotiza” a los hombres, y les priva de su dignidad, dejándolos a merced del poder de turno. El sufrimiento es parte de la existencia humana, se hace presente en cada momento de nuestra coexistencia. Podemos decir, que nos movemos en esta tensión entre lo finito e infinito, entre lo bueno y lo malo, entre el dolor y el sufrimiento, entre la vida y la muerte. Sufrir es la fuente y el origen de una nueva conciencia de sí para el sujeto, en donde el espíritu humano se manifiesta en medio de la inquietud, en el dolor concreto y real, venido de la experiencia del mal, no de una manera descarnada y poco concreta, sino en el hecho de nuestra existencia comprometida en la fatiga. Esta impotencia es total, en virtud de la integralidad de la persona, que se mantiene en sus permanentes procesos de construcción y auto deconstrucción.  El sufrimiento es el fruto del choque de las constataciones en la realidad, entre aquello que debería ser y lo que en realidad está siendo. La angustia, la incapacidad de satisfacer el anhelo de proyección y permanencia de estar bien, la molestia y la experiencia de la propia fragilidad no son sino indicios de situaciones límites. La tendencia humana frente al sufrimiento es tratar de evitarlo, de tal suerte que, algunos cristianos, consideran que los padecimientos de Jesús fueron el medio por el cual nosotros nos escapamos del sufrimiento. Se piensa que Él sufrió por nosotros para que no tengamos que sufrir. La enseñanza de la Primera carta de Pedro contradice tal concepto y se adhiere a la teoría de la existencia humana; Pedro presenta el sufrimiento como parte necesaria del plan divino, tanto para Cristo como para el creyente. El plan de Dios para Jesús incluía el sufrimiento, como lo atestiguaron los profetas; asimismo, el plan divino para el creyente también incluye el sufrimiento. Al hablar de la necesidad de soportar el padecimiento con paciencia (1 Pe 2, 19-20), Pedro afirma que “Pues para esto habéis sido llamados” (1 Pe, 2, 21), la idea parece ser que el sufrimiento es un aspecto ineludible de la experiencia cristiana. El sufrimiento, cuando viene, representa la voluntad de Dios (1 Pe 3,17).  El cristiano ha de experimentar el sufrimiento precisamente, porque está unido a Cristo, y plenamente identificado con él, hasta llegar a decirle a los creyentes: “alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo” (1 Pe 4,13). También Jesús había advertido a sus seguidores que “Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20).  Para el que se identifica con Cristo, el sufrimiento unido a Él será una existencia real, toda vez que la fe no es una actitud privada, meramente piadosa o sentimental, que se sobrepone de modo casi superfluo a un conocimiento racional autónomo de la realidad. La visión creyente sobre Dios, cuando se profesa la fe, es la mirada propia de la razón que conoce la realidad a la luz de la revelación divina, alcanzando así, toda su profundidad. Ese conocimiento del creyente se da en un acto elemental y único, dentro del cual caben las distinciones legítimas entre el aspecto natural y el sobrenatural. Confesar la fe, no consiste pues, en declarar cuál es la “ideología” del grupo al que se pertenece, sino propiamente en abrir la razón a toda la realidad y reconocerla como inteligible, buena, digna de confianza. En la confesión de fe, en ese ¡Creo!  que brota impetuoso y sólido, se da el conocimiento verdadero de Dios y con ello de la totalidad que la circunscribe; ese conocimiento será inaccesible para quien pretenda afrontarlo desde una posición neutral. Sólo quien logra abrirse a los datos de la vida misma se hace preguntas, y sólo quien pregunta puede encontrar respuestas. De tal manera que, la posición, pretendidamente neutral de quien diga profesarla, le hará totalmente incapaz e ineficaz de sentir curiosidad, desconociendo el fundamento mismo de lo real. Una implicación teológica de esta primera característica es la relación entre fe, Bautismo y conocimiento de Dios. La profesión de fe está vinculada esencialmente al Bautismo y nos enseña que el conocimiento pleno de Dios se da gracias a ese gesto soberano de Cristo en el sacramento, que sostiene al hombre para siempre convirtiéndole en criatura nueva, transformándole ontológicamente en su ser y en sus dinamismos espirituales de conocimiento y de amor. De ahí que el sujeto nuevo del conocimiento y, por tanto, de la cultura nueva, sea el bautizado.