El lado rebelde de S. Agustín

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1. San Agustín y yo: me llamo Llucià Pou Sabaté, soy sacerdote y vivo en Granada, la ciudad de la luz. Agustín de Hipona vivió hace 1600 años y buscó la luz, me gustaron mucho sus "Confesiones", que leí en mis años de estudiante, quitando tiempo al sueño por las noches. Sobre todo el viaje interior de conocerse a sí mismo a través de la memoria.

Me parece que su vida es muy actual, pues le pasa lo mismo a mucha gente de nuestro alrededor, a nosotros mismos... vamos a ver qué le ocurrió a este santo del que Pablo VI dijo: "Se puede decir que todo el pensamiento de la antigüedad confluye en su obra y de esa se derivan corrientes de pensamiento que penetran toda la tradición doctrinal de los siglos sucesivos".

Conozcamos a este hombre que es, quizá, el más grande hombre de la Iglesia después de los Apóstoles (Pío XII). Éste que es tan actual, y al que nos encomendamos a su devoción para que nos ilumine a nosotros y a nuestros pueblos, como patrón común de Europa.

Su historia

Comenzó en Tagaste (en la África romana) en el 354, hijo de Patricio, un pagano que llegó a ser catecúmeno, y de Mónica, santa. Recibió una buena educación, sobre todo por influencia de su madre, pero no siempre fue ejemplar ("engañaba con infinidad de mentiras a mis padres y profesores", recuerda).

No le gustaba que sus padres le obligaran a ciertas cosas, porque aunque te obliguen a portarte bien, a partir de cierta edad ya no está bien, mejor está la libertad, aunque lo hicieran por hacer el bien, pero ya no es bueno.

De hecho, él quería probar la libertad y el desenfreno: San Agustín probó los más bajos y turbios amores. Es la influencia de las amistades peligrosas, el afán de juergas… el placer de actuar al margen de lo establecido. Lo hacía precisamente porque estaba prohibido. Lo hacía con la pandilla de amigos; de ir solo, dice que no lo hubiera hecho.

Este es un problema también de hoy: muchos hacen las cosas porque necesitan sentirse en un grupo, y por eso dejan de hacer lo que harían, por hacer lo que quieren los demás que hagan. Y así no era feliz: "Sabía que Dios podía curar mi alma, lo sabía; pero ni quería, ni podía; tanto más cuanto que la idea que yo tenía de Dios no era algo real y firme, sino un fantasma, un error.

"Y si me esforzaba por rezar, inmediatamente resbalaba como quien pisa en falso, y caía de nuevo sobre mí. Yo era para mí mismo como una habitación inhabitable, en donde ni podía estar ni podía salir. ¿Dónde podría huir mi corazón que huyese de mi corazón? ¿Cómo huir de mí mismo?", se preguntaba.

Agustín leyó el "Hortensius", obra de Cicerón que después se perdería y que despertó en él el amor por la sabiduría, como escribirá: "Aquel libro cambió mis sentimientos" hasta el punto de que "de repente, todas mis vanas esperanzas se envilecieron ante mis ojos y empecé a encenderme en un increíble ardor del corazón por una sabiduría inmortal".

Se lanzó a buscar la verdad en Jesús y comenzó a leer la Escritura. Quedó decepcionado, porque la traducción al latín de entonces aún era deficiente, y también porque el mismo contenido no le pareció satisfactorio (por ejemplo, todo lo que relata sobre guerras no lo entendía).

Todo esto lo explica Benedicto XVI en sus cinco Audiencias dedicadas a este santo: "Cayó en la red de los maniqueos, que se presentaban como cristianos y prometían una religión totalmente racional. Afirmaban que el mundo está dividido en dos principios: el bien y el mal. Y así se explicaría toda la complejidad de la historia humana. La moral dualista también le atraía a San Agustín, pues comportaba una moral muy elevada para los elegidos: y para quien, como él, se adhería a la misma, era posible una vida mucho más adecuada a la situación de la época, especialmente si era joven".

Es también un peligro de hoy buscar seguridades en un grupo, dividir a la gente entre los buenos (los que piensan como yo y mi grupo) y los malos (los otros). También así se le abrían las puertas al éxito.

Agustín tuvo una pareja de hecho, y de esta mujer tuvo un hijo, Adeodato, al que quería mucho; era sumamente inteligente, después estaría presente en su preparación al bautismo en el lago de Como, participando en esos "Diálogos" que San Agustín nos ha dejado. Por desgracia, el muchacho falleció prematuramente.

Uno de los mejores amigos del santo enfermó, y, después de acercarse a la fe, murió. Aquella muerte imprevista le impactó muchísimo: "Todo me entristecía. La ciudad me parecía inaguantable. No podía parar en casa: todo me resultaba insufrible. Todo me recordaba a él. Era un continuo tormento. Le buscaba por todas partes y no estaba. Llegué a odiarlo todo...". Las palabras de Agustín dedicadas a la amistad nos recuerdan las del rey David, son preciosas: valoraba mucho a los amigos…

Se planteó el sentido de su vida. No lograba quitarse de la cabeza la imagen de su amigo muerto en plena juventud. Le asombraba "que la gente siguiera viviendo, como si nunca tuviera que morir, y que yo mismo siguiera viviendo... Sabía que Dios podía curar la herida de mi alma; lo sabía; pero no quería acercarme a Dios...".

"Poco a poco fui descendiendo hasta la oscuridad más completa, lleno de fatiga y devorado por el ansia de verdad. Y todo por buscarla, no con la inteligencia, que es lo que nos distingue de los animales, sino con los sentidos de la carne. Y la verdad estaba en mí, más íntima a mí que lo más interior de mí mismo, más elevada que lo más elevado de mí".

Se comparó con un mendigo: él se ha conseguido el vino honradamente pidiendo limosna, y yo... he alcanzado mi estatus a partir de traicionarme a mí mismo. Si el mendigo estaba bebido, "su borrachera se le pasaría aquella misma noche, pero yo dormiría con la mía, y me despertaría con ella, y me volvería a acostar y a levantar con ella día tras día".

Conoció en Milán al obispo Ambrosio. Poco a poco fue entendiendo el contenido de las Escrituras, lo que antes le bloqueaba… Por ello comenzó el asombro, aunque en perpetua duda: "Caminaba a oscuras, me caía buscando la verdad fuera de mí, como por un acantilado al fondo del mar. Desconfiaba de encontrar la verdad, estaba desesperado".

"Me iba volviendo cada vez más miserable, pero a pesar de eso, Dios se acercaba más y más a mí, y quería sacarme de todo el cieno en el que yo me había metido, y lavarme... pero yo no lo sabía".

En su vida moral siguió haciendo lo que le daba la gana. Deseaba salir de aquella situación, pero, a la vez, se sentía incapaz. "Si uno se deja llevar por esas pasiones, al principio se convierten en una costumbre, y luego en una esclavitud...". No se sentía capaz de cortar con determinadas costumbres, con aquella pasión, que parecía decirle: "Ahora voy... Enseguida... Espera un poco más...". Ese "ahora" nunca acababa de llegar. Y el "un poco" más se iba alargando y alargando...

—"¿Cuándo acabaré de decidirme? No te acuerdes, Señor de mis maldades. ¿Dime, Señor, hasta cuándo voy a seguir así? ¡Hasta cuándo! ¿Hasta cuándo: ¡mañana, mañana!? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas mis miserias?".

Mientras decía esto, estando en el jardín, oyó que un niño gritaba desde una casa vecina: —"¡Toma y lee! ¡Toma y lee!". Dios se servía de ese chico para decirle algo. Corrió hacia el libro, y lo abrió al azar por la primera página que encontró: —"No andéis más en comilonas y borracheras; ni haciendo cosas impúdicas; dejad ya las contiendas y peleas, y revestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no os ocupéis de la carne y de sus deseos".

Cerró el libro. Era la respuesta: "como si me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la oscuridad de mis dudas".

"Después entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se llenó de alegría. Le contamos cómo había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba y bendecía a Dios, que le había concedido, en lo que se refiere a mí, lo que constantemente le pedía desde hacía tantos años, en sus oraciones y con sus lágrimas".

A los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibió el bautismo con su hijo y su amigo. Lo explica Javier Cremades en un folleto ("Corazón inquieto").

Una vez convertido y bautizado en el día de Pascua, y vuelto a África (su madre murió antes de embarcar, en Ostia, con gran pena para él) quería estar sólo al servicio de la verdad, pero comprendió que la llamada de Dios significaba ser pastor entre los demás y así ofrecer el don de la verdad a los otros. En Hipona (hoy Anaba, en la costa de Argelia) cuatro años después, en el año 395, fue consagrado obispo. Y allí estuvo hasta el 430, cuando murió.