El pastel asesino

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

 

Parecerá absurdo, pero en la vida hay cosas que se asemejan a esta ridícula escena: imaginemos un hombre hambriento, terriblemente hambriento. De un momento a otro se encuentra ante un delicioso, esponjoso, majestuoso pastel de tres leches. No sólo seduce su mirada. A su olfato lo encadena en un callejón sin salida: la fragancia hipnotizante del pan recién horneado, único y caliente. Inconfundible. Tradicional. En fin, una delicia. Y ahí están el hambre y el pastel: la víctima y el asesino…

Y aquel buen hombre, cuyas vísceras gimen por mitigar la inanición, comienza a ver el pastel. Lo contempla sin mover un dedo. Su boca empieza a hacerse agua. Traga saliva después de acariciarse los labios de un extremo a otro con la punta de la lengua. Lo saborea con los ojos, se imagina hartándose de ese delicioso pastel, peca de gula en su acalorada imaginación. Así por un minuto... inmóvil. Pasa otro, y otro… y el cadáver de cada minuto –a sazón de la canción de Arjona- pasa burlándose de aquella hambruna sin apaciguar. Y mayor es la chirigota ante aquel zoquete que, pudiendo matar su hambre, se queda viendo por horas la inmediata solución a su problema.

En la realidad esto no pasa. Si se tiene hambre, una de dos, nos abalanzamos a la despensa y arremetemos con lo que se nos ponga enfrente o, por desgracia para millones de personas, la actitud es la de espera a que alguien les regale un mendrugo de pan.

En fin, la cosa es que situaciones absurdas como la descrita más arriba no se dan. Sin embargo, situaciones análogas, increíblemente, las vivimos a diario.

La mediocridad… ¿no es, acaso, el mejor ejemplo? Observemos: la falta de superación de una persona sana, físicamente íntegra, sin patologías psíquicas ni físicas… ¿no es como estar muriéndose de hambre frente a un delicioso manjar sin hacer nada por comerlo…?

No tiene explicación científica. ¿Cómo es posible que personas “discapacitadas” hagan más por sí mismos y por la misma humanidad que los que nos llamamos “capacitados”? ¿No es acaso la mentalidad conformista, mediocre, la que hace la diferencia?

Si no, ¿cómo se explica, por ejemplo, que una madre de familia sin brazos lleve adelante con grandísimo éxito la vida familiar? Va al mercado a comprar la despensa, regresa a la casa, ¡cocina!, lava la ropa… y le da tiempo de ir al gimnasio a fortalecer las piernas con las que hace todo. Todo. Todo lo que a veces algunas personas con piernas y brazos no logran hacer en una casa llena de empleadas de servicio… Sencillamente es cuestión de querer.

Ya decía Sócrates que “los buenos y los malos son en realidad muy pocos…y muchísimos los de en medio” Así se explican tantas cosas...