El robo de la Navidad

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La Navidad es para quienes creemos en la Encarnación del Verbo de Dios, que vino a nosotros en Belén de Judá la noche de Navidad, de la misma manera como nacemos los hombres, tal como lo había profetizado Isaías: “El Mesías vendrá como hijo de hombre”. Navidad es la fiesta de quienes creemos que la profecía de Isaías ya se cumplió hace más de dos milenios, para quienes confiamos en que el Cristo es Jesús, el hijo de María, la esposa de José el carpintero.

La Navidad es la fiesta de los que creemos en Cristo, de los cristianos, de quienes nos mantenemos en comunión con su Vicario en la Tierra, el Papa. Navidad es alegría y fiesta para los creyentes, es oportunidad de contemplar, anunciar, compartir y celebrar el nacimiento de Dios hecho hombre entre nosotros; pero esta Navidad, nuestra Navidad, ha sido desfigurada por quienes en nada de todo esto, que es verdad histórica y de Fe, creen.

Este año ha resultado más evidente que otros la des-sacralización que se ha venido gestando hacia esta fiesta sagrada de los creyentes. Ahora saltan más claramente los letreros que con falsedad proclaman “Felices Fiestas”, las figuras del Santa Claus que ha invadido el pesebre, de sus renos y enanos que suplantan a los pastores, de los muñecos de nieve que remedan a los ángeles y de las ventas nocturnas en los grandes almacenes que pretenden sustituir los dones que los Santos Reyes presentaron al Niño hijo de la Virgen María, el Niño Hijo de Dios.

La Navidad, que anuncia el desarme de toda pretensión de violencia con la expresión de esperanza: “Paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad, a los hombres que ama el Señor”, ha sido invadida por falsas promesas que pregonan: “Compre ahora y comience a pagar hasta marzo a 12 y 18 meses sin intereses”.

Entristece este robo de la Navidad que han hecho los impíos, pero mucha culpa tenemos nosotros, los creyentes, al haberles permitido concretarlo, por haber dejado que Santa Claus se recostara en el pesebre y se quedara allí instalado desde hace tiempo. Santa Claus es agradable, amistoso y regalador, pero no debemos permitir que su figura sustituya a nuestro Señor, ni en la Navidad ni en ningún otro momento del año, ni Santa Claus, ni cualquier otra falsedad que pretenda suplir al Salvador, porque el Salvador es quien salva, Santa Claus no sabe ni puede hacerlo, porque Salvador sólo hay uno, que es Cristo-Jesús.

Para creer en la auténtica Navidad es menester dirigir nuestra atención a Jesús Niño y a las celebraciones que le son propias, como la Misa de medianoche que reza: “Alegrémonos todos en el Señor, porque nuestro salvador ha nacido en el mundo. Del cielo ha descendido hoy para nosotros la paz verdadera. Tú, Señor, que nos has concedido el gozo de celebrar esta noche el nacimiento de tu Hijo, ayúdanos a vivir según su ejemplo para llegar a compartir algún día con él la gloria de su Reino” o como la Misa de Navidad que proclama: “Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. La insignia del poder está sobre sus hombros y se le llamará Ángel del Gran Consejo. Concédenos, Dios misericordioso, que el salvador del mundo, que hoy nos ha nacido para comunicarnos su vida divina, nos dé también el don de su inmortalidad. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos”.

La fiesta de la Navidad va más allá de la celebración del cumpleaños de Jesús, es un memorial que hace presente el acontecimiento de su Natividad en el mundo creado, en nuestro mundo, entre nosotros. Jesús no nació entre los magnates ni en medio de un centro comercial, Jesús nació, como explica el Catecismo de la Iglesia católica, “en la humildad de un establo, de una familia pobre; unos sencillos pastores son los primeros testigos del acontecimiento. En esta pobreza se manifiesta la gloria del cielo. La Iglesia no se cansa de cantar la gloria de esta noche: -Hoy la Virgen da a luz al trascendente, y la tierra ofrece una cueva al Inaccesible. Los ángeles y los pastores le alaban, los magos caminan con la estrella, porque ha nacido por nosotros, Niño pequeñito el Dios de antes de los siglos-”.

La Navidad de los creyentes es para que los creyentes crean, para que creamos en este dichoso misterio que nos trae la paz. Creamos en la auténtica Navidad, no en el resultado del robo que la des-sacraliza, y abramos nuestros corazones al hijo de María, que arropa San José. ¡Feliz Navidad!