El verdadero humanismo es cristiano

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¿Es posible un humanismo sin Cristo? ¿Podemos defender la dignidad humana, los derechos fundamentales, las libertades genuinas, las virtudes que ennoblecen la cultura y los estados, dejando de lado el Evangelio que nos viene de un sencillo y misterioso Nazareno?

Son preguntas a las que ofreció una respuesta atrevida, profética, el Papa Pablo VI. Frente a quienes promovían un humanismo moderno que propugnaba que el hombre sería capaz de salvarse por sí mismo, el Papa gritaba: “Un humanismo verdadero, sin Cristo, no existe” (Pablo VI, mensaje de Navidad, 25 de diciembre de 1969).

Luego justificaba tal respuesta con una mirada a la historia: “Bastaría una fácil reflexión sobre la experiencia histórica de ayer y de hoy para convencernos de que las virtudes humanas, desarrolladas sin el carisma cristiano, pueden degenerar en los vicios que las contradicen. El hombre, que se hace gigante sin una animación espiritual cristiana, cae sobre sí mismo por su propio peso. Le falta la fuerza moral que le convierte en hombre verdadero; le falta la capacidad para juzgar la jerarquía de valores; le faltan las razones transcendentes que dan, de modo estable, motivo y sostén a sus virtudes; le falta, en resumen, la conciencia de sí, de la vida, de sus porqués, de su destino: el hombre, por sí mismo, no sabe quién es él”.

Todo ello tiene un motivo radical: el humanismo sin Cristo carece, seguimos con las palabras de Pablo VI, “del prototipo auténtico de la humanidad; se crea ídolos, que son frágiles y a veces indignos. Le falta el verdadero Hijo del hombre - Hijo de Dios: modelo operante para el hombre verdadero”.

La conclusión, entonces, es clara: “el verdadero humanismo debe ser cristiano”.

¿Podemos repetir estas palabras en el siglo XXI? ¿Sentimos, al mirar el pasado y el presente, los fracasos de modelos culturales, filosóficos, económicos, que provocan enormes penas en los individuos y en los pueblos? ¿Percibimos que en el mundo moderno hay un exceso de ídolos parciales y contingentes, que brillan y que desilusionan, mientras las exigencias más profundas quedan relegadas a un plano secundario? ¿Tenemos valor para desenmascarar “divinidades” falsas que sólo llevan a destruir y a provocar daño e injusticias entre los hombres? (cf. Benedicto XVI, 11 de octubre de 2010, intervención ante un Sínodo especial de los obispos).

El corazón de cada hombre necesita ser arrastrado por principios verdaderos, sanos, buenos, desde la ayuda de modelos que los encarnen. Cristo sigue vivo para cada generación humana, y nos pregunta, como lo hiciera a Pedro y a los primeros discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Lc 9,20).

Sólo si sabemos dar la respuesta justa, seremos capaces de reconocer que el mundo ya tiene el Modelo, el Salvador, el Maestro, el Guía esperado por los siglos. No hay otro nombre, otro ideal, otra filosofía, otro humanismo, que nos pueda salvar (cf. Hch 4,12), en el tiempo presente, y en la marcha continua hacia la destinación eterna que da su sentido pleno a toda la existencia humana.