En Nosotros se Realiza la Redención

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En Nosotros se Realiza la Redención

Faltando tan pocos días para la Navidad, tenemos que revisar con qué actitud nos estamos acercamos al momento del encuentro con Jesús recién nacido, quien a su vez viene a nuestro encuentro. Podríamos tener varias actitudes ante este Cristo que se acerca a nuestras vidas. Podríamos ser un poco incrédulos y decir que para qué ponerle ganas a la vivencia de la memoria del Nacimiento de Jesús, que qué sentido puede tener para mí algo que pasó hace 2000 años. Y podríamos olvidarnos de que precisamente porque los hechos de Dios son eternos, también llegan a nuestra vida; y podríamos dejar de lado esa gran realidad de que Dios sigue actuando en nuestro tiempo, sigue caminando entre nosotros, sigue vivo en la historia particular de cada uno de los seres humanos.

¡Qué pena da cuando encontramos un corazón cerrado al misterio de la venida de Dios! ¡Qué triste es cuando nuestro corazón de apóstoles, nuestro corazón conyugal, nuestro corazón familiar, se cierra a la venida del Señor! Porque cuando uno cierra su corazón a la venida de Dios, se vuelve incapaz de percibir los milagros que Dios realiza en su vida, y también de beneficiarse de los dones que el Señor viene a traernos.

A Jesús se le llama “el Deseado de las Naciones”. Es decir, Jesús es Aquel en quien ponemos nuestra auténtica esperanza. En nuestra vida, tan necesitada de una presencia que nos llene el corazón, tan urgida de alguien que nos diga: “sigue creyendo, sigue adelante; la entrega merece la pena, vale la pena lo que haces por los demás”, ¡qué triste sería que dejásemos pasar la oportunidad de encontrar la esperanza! ¡Qué triste sería que dejásemos pasar de largo al que es el Deseado de las Naciones, a Aquel que viene a cumplir la esperanza de nuestros corazones! Obviamente que, a veces, el desánimo puede aparecer en nuestra vida. Pero si nosotros nos presentamos ante Jesús que viene a nuestro encuentro, podremos tener en el corazón la esperanza, que en todo momento nos ayuda a salir adelante.

Hay una segunda actitud que también podemos tener ante el misterio de Cristo: la actitud de Zacarías. Este hombre se nos presenta en el Evangelio como una persona buena, piadosa, cumplidora de la Ley de Dios; sin embargo, incapaz de ver las maravillas que Dios puede hacer en su vida. Cuántas veces podemos tener el corazón de Zacarías: ser personas que siguen a Dios, que cumplen sus preceptos, pero incapaces de creer que en nosotros pueda realizarse de modo auténtico, práctico y concreto la redención que Cristo nos trae.

Sabemos por el Evangelio que cuando en el templo el ángel anuncia a Zacarías que va a ser el padre de Juan Bautista, el precursor del Mesías, Zacarías duda: ¿Cómo en mí se va a realizar una obra tan grande? Y Dios le deja mudo, como un signo, como una señal de que Juan va a ser el que grita en el desierto, quien hable delante del Mesías. Zacarías, en el fondo, no es capaz de aceptar el poder tener en su vida la Palabra que lo santifica: la Palabra de Dios.

Yo me hago la pregunta de si esta historia de Zacarías que queda mudo ante el mensaje del ángel no se repite con frecuencia en nosotros. ¿Cuántas veces el maravilloso plan de Dios sobre ti, por el cual tú puedes ser una persona capaz de anunciar a Jesús y de transformar los corazones de los demás en corazones que reciben a Jesús, no lo crees?

Muchas veces perdemos de vista que la redención, la esperanza y el amor, que Cristo viene a traernos, es para cada uno de nosotros en particular, no es para la humanidad. Qué diferentes serían las cosas si nos diésemos cuenta de que la venida de Cristo habría tenido sentido sólo para mí. Que si yo hubiera sido la única persona de la humanidad, por mí habría nacido Cristo, por mí habría muerto Cristo.

Ciertamente que nuestro corazón puede caerse ante esta maravilla tan impresionante. Muchas veces nos da miedo la grandeza del amor de Dios, porque nos da miedo lo que el amor de Dios puede hacer en nosotros. ¿No nos pasa muchas veces en lo cotidiano, que también nos da miedo el amor? Y nos la pasamos manejando amores chiquitos, amores que no hagan mucho ruido ni nos causen dificultades.

Tenemos que darnos cuenta de que de la misma manera que Dios toma posesión de la voz de Zacarías y de la vida de su hijo, Juan Bautista, Él puede, con nuestra libertad, con nuestra cooperación y con nuestro corazón abierto, hacer maravillas. Démonos cuenta de que Dios puede venir a ese templo, que somos cada uno de nosotros, que Jesucristo puede venir a esa vida estéril, que puede ser nuestra vida, que el Señor puede llegar a ese corazón, a veces cerrado a la vida de Dios, que puede ser el nuestro, si se lo permitimos.

En este camino de preparación al encuentro con Jesucristo en Belén, pidámosle la gracia de no dudar de su esperanza para mí; de no dudar de su Redención para mí; de no dudar de la obra maravillosa que, con mi libertad, Él puede realizar en mi vida. Roguémosle que nos dé un corazón abierto de par en par a la venida de Cristo en esta Navidad