Encontrar, conocer y seguir a Cristo

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Recordará el lector que el genio del científico Blas Pascal (1623-1662, el pensador del corazón), lo llevó a afirmar que sólo hay dos clases de hombres, los que buscan a Dios y los que lo han encontrado. Eco de San Agustín, “nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti”.  ¿No es cierto? Qué  razonable y qué oportuna la propuesta de Benedicto XVI cuando iniciamos la Cuaresma del 2011: “La Cuaresma es un camino, es acompañar a Jesús que sube a Jerusalén, lugar de la realización del misterio de su pasión, muerte y resurrección; nos recuerda que la vida cristiana es un ‘camino’ por recorrer que consiste no tanto en una ley que cumplir sino en la persona de Cristo, a quien hay que encontrar, conocer y seguir”.  Ocurrió el pasado miércoles de Ceniza en el Aula Paulo VI del Vaticano, ante siete mil afortunados peregrinos, a quienes como siempre los acompañamos desde todo el mundo.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              
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En línea con su Mensaje para la Cuaresma de este año, el Romano Pontífice nos invita a “reavivar” el propio bautismo, ya que la Cuaresma ha sido en la tradición de los siglos el itinerario que los catecúmenos [conversos a la fe] debían recorrer antes de recibir el  Bautismo la noche de Pascua.
“La participación en los sagrados misterios, nos lleva a emprender este camino con el Señor, (...) reviviendo los acontecimientos que nos trajeron la salvación,  no como una simple conmemoración -como un recuerdo de cosas pasadas-, subrayó el Santo Padre, recordando que “hay una palabra clave que se repite con frecuencia en la liturgia para indicar esto: la palabra ‘hoy’, que debe entenderse en el sentido original y concreto, no metafórico. Hoy Dios nos revela su ley y nos da a elegir entre el  bien y el mal, entre la vida y la muerte”.
En los domingos de Cuaresma vivimos un “itinerario bautismal para hacer que  nuestras vidas recuperen las exigencias y los compromisos adquiridos con este sacramento, base de nuestra vida cristiana”.
El primer domingo, “llamado Domingo de la tentación porque  presenta las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a renovar nuestra decisión definitiva de optar Dios y afrontar con valentía la lucha que nos espera para permanecerle fieles”.
El segundo domingo es el de Abraham y la Transfiguración; “como Abraham, padre de los creyentes, nosotros también estamos invitados a salir de ‘nuestra tierra’; es decir, a dejar la seguridad que hemos construido, para poner nuestra confianza en Dios. La meta se entrevé en la Transfiguración de Cristo, el Hijo amado, en quien nosotros  nos convertimos en hijos de Dios”.
En el tercer domingo encontramos a la Samaritana. “Como Israel en el Éxodo -dijo Benedicto XVI- también nosotros recibimos en el bautismo el agua que salva. Jesús  dice a la mujer Samaritana que él tiene un agua de vida, que apaga cualquier sed: un agua que es su mismo Espíritu. (...) El cuarto domingo nos hace reflexionar sobre la experiencia del ciego de nacimiento. En el Bautismo somos liberados de las tinieblas del mal y recibimos la luz de Cristo para vivir como hijos de la luz. (...) Por último, el quinto domingo presenta la resurrección de Lázaro. En el Bautismo hemos pasado de la muerte a la vida y nos volvemos capaces de agradar a Dios, de hacer que muera el ‘hombre viejo’ para vivir del Espíritu del Resucitado”.
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El itinerario de la Cuaresma, recuerda Benedicto XVI, se caracteriza en la tradición cristiana por algunas prácticas: el ayuno, la limosna y la oración. El ayuno significa la abstinencia de alimentos, pero incluye otras formas de privación para llevar una vida más sobria. Y está también estrechamente vinculado a la limosna, que “bajo el nombre único de ‘misericordia’ abarca muchas buenas obras”. Asimismo en este tiempo de Cuaresma nuestra fe “nos invita a una oración más fiel e intensa y a una meditación prolongada de la Palabra de Dios”. Se trata de “acoger la invitación de Cristo a seguirlo de un modo más decidido y coherente renovando la Gracia [es decir, su ayuda] y los compromisos bautismales, para que revistiéndonos de Cristo podamos llegar renovados a la Pascua”: encontrarlo, conocerlo y seguirlo.
La limosna es, por cierto, tarea de todos, ricos, de recursos medios y aun los pobres, según enseña el gran Papa del siglo V San Gregorio Magno; concluye así, “quienes son desiguales por su capacidad de hacer limosna son semejantes en el amor y afecto con que la hacen”.