Entre el diálogo y la blasfemia

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Hoy comentamos dos noticias contrastantes. Por una parte, un logro: la comisión vaticana para el diálogo con los no cristianos consiguió un acercamiento con las autoridades islámicas; pero por otra, recientemente en Irak un grupo radical secuestró y asesinó a más de 50 cristianos reunidos en una iglesia (31.X.2010), y en Paquistán, una cristiana fue condenada a la horca, por haber supuestamente blasfemado contra Mahoma (11.XI.2010).

Estos atentados parecerían confirmar la tesis de que las religiones, lejos de traer armonía, dividen a la gente; además, estos hechos opacan los esfuerzos de diálogo. Por eso, para muchos, a nombre de la tolerancia, lo mejor sería que las religiones no tuvieran un rol importante en la vida social o política. ¿Qué se puede responder?

La respuesta es firme, aunque su aplicación sea lenta. Con firmeza debemos decir que la religiosidad es parte integrante de cada ser humano, y que es importante para su realización y para su motivación. Las enseñanzas de las grandes religiones llevan a la comprensión y al diálogo, y son un poderoso incentivo para afirmar la dignidad humana.

Precisamente, en esta línea se llevó a cabo el séptimo coloquio entre el Centro para el Diálogo Interreligioso de la Organización para la Cultura y las Relaciones Islámicas de Teherán (Irán) y el Pontificio Consejo para el Diálogo (Vaticano).

Al final del encuentro, los participantes firmaron un lista de acuerdos. Ambas partes sostuvieron que “los creyentes y comunidades religiosas, sobre la base de su fe en Dios, tienen un papel específico que desempeñar en la sociedad, en un plano de igualdad con los otros ciudadanos”. ¿No es estupendo que católicos y musulmanes afirmen esta igualdad?

Además, pusieron sobre la mesa los puntos comunes a las dos religiones, como “los valores morales, la justicia y la paz y proteger la familia, el medio ambiente y los recursos naturales”. Y ambas partes, afirmaron que “la libertad religiosa, como derecho inherente a la dignidad humana, debe ser siempre respetada por los individuos, los agentes sociales y el Estado”.

Sin embargo, también hoy día las religiones necesitan una purificación, que les permita garantizar la sana convivencia entre quienes confiesan diferentes creencias. El elemento que hace posible la interacción entre las diversas creencias es la libertad religiosa.

Nada debe obstaculizar esta libertad de las conciencias para seguir sus propias convicciones religiosas, puesto que “la verdad no se impone de otra manera que por la fuerza de la misma verdad” (Conc. Vat. II, “Dignitatis Humanae”, n. 1). Además, la dignidad de la persona exige para ningún hombre no sea coaccionado en el campo religioso, y que ni la sociedad ni el Estado obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni impedirle actuar conforme a ella.

No nos sorprenda que estos deseos de diálogo y de libertad religiosa se vean empañados, los próximos años, por atropellos a la conciencia de particulares, “a nombre de Dios”. Es necesario que pase tiempo para que llegue a los practicantes de las diversas confesiones una cultura del respeto, y así sea posible una convivencia sin fanatismos, pero lo lograremos.

Aunque es doloroso que las comunidades cristianas en Irak sea agredidas por extremistas armados, y es muy penoso que la cristiana paquistaní Asia Bibi sea condenada a muerte por un chisme, eso no impide reconocer que las religiones bien llevadas comparten el deseo de paz y de amor al prójimo, y esto será siempre un factor de progreso social.