Es la hora de permanecer muy unidos en torno al Papa

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En estos últimos meses, observamos cómo se está atacando, de forma particular en algunos medios de comunicación y otros foros, a la figura del Papa Benedicto XVI, a los obispos, a los sacerdotes y a la Iglesia católica.

La causa aparente parece centrarse en los casos de pederastia dentro del seno de la Iglesia. A este respecto, indudablemente ha sido admirable la actitud del Romano Pontífice. Por ejemplo, en su Carta Pastoral a los Católicos de Irlanda me llamó la atención su tono enérgico, lleno de fortaleza y firme decisión de resolver de fondo esta cuestión.

De igual forma, ha pedido que se investiguen casos similares en otros países de Europa, Estados Unidos, México y Australia para llegar hasta sus últimas consecuencias. También ha pedido que se apliquen las sanciones establecidas en el Código de Derecho Canónico. En fecha reciente, el Vicario de Cristo ha dictaminado algunas directrices concretas para tratar y resolver con celeridad estos casos de abusos infantiles. A los clérigos que han cometido “esos actos pecaminosos y criminales”, les exhorta a  que se arrepientan y pidan perdón a Dios, admitan abiertamente su culpa y que se sometan a las exigencias de la  justicia y a los tribunales debidamente constituidos.

También, a los sacerdotes que han actuado mal, les anima a que reflexionen sobre el  daño que han hecho a la Iglesia y a la imagen pública de la vida sacerdotal y religiosa, y que no dejen de considerar  la grave traición a la confianza depositada en ellos por parte de jóvenes inocentes y por sus padres. A las víctimas les pide perdón, con unas conmovedoras y paternales palabras.

A los obispos les dice que reconozcan que cometieron graves errores de juicio y hubo fallos en la dirección y gobierno. Y les indica que se preocupen de modo más eficaz por la vida espiritual y moral de cada uno de sus sacerdotes.

No recuerdo un documento papal, sobre este tema en particular, escrito con tanto vigor y valentía para afrontar una realidad y buscar soluciones de raíz ante esta delicada problemática.

Sin embargo, es lamentable que en algunos foros públicos se haya organizado una verdadera campaña de “linchamiento” en contra del Papa, los sacerdotes y la Iglesia entera. Sabemos  que esos actos de pederastia lo han hecho unos pocos clérigos. Son casos aislados. Sin embargo, de forma gravemente injusta se pretende generalizar, manchando la dignidad del Orden Sacerdotal y la vocación religiosa, y en otros casos, acusando infundadamente que se solaparon esas aberraciones.

Pienso que todos recordamos con enorme agradecimiento a aquellos sacerdotes y religiosos que en nuestra niñez y juventud orientaron  nuestras vidas por el camino del bien. Y no sólo eso: cuando hizo falta nos corrigieron con firmeza, a la vez que nos animaron a tomarnos a Dios en serio, y todas las exigencias que ello implicaba, para imitar al Modelo que es Cristo.

También, a lo largo de estos XXI siglos de cristianismo son miles y miles de sacerdotes, religiosos, obispos, cardenales, misioneros que no sólo han sido personas buenas sino que han vivido admirablemente su  celibato apostólico, su especial llamado para no casarse y entregarse por completo a servir a las almas por amor a Dios. Han  sino una  multitud de mujeres y hombres  que han llevado una vida ejemplar y están en los altares. Muchos de ellos derramaron su sangre por defender la Fe cristiana y así preservar la doctrina sana y segura para sus fieles. Su testimonio constituye un invaluable tesoro para la cristiandad entera.

También, en forma particular, en los dos últimos siglos no puede pasar inadvertido el hecho de que la casi totalidad de los Papas, o ya son santos, o beatos, o se ha iniciado su proceso de canonización, o llevaron una conducta admirable, siempre fieles al Magisterio de la Iglesia.

En este mismo sentido, pienso que si el Cardenal Joseph Ratzinger no hubiese sido elegido Papa, de cualquier forma su nombre hubiera pasado a la historia del  pensamiento como uno de los grandes intelectuales y teólogos de nuestro tiempo. Su participación en el Concilio Vaticano II fue importantísima y no menos destacada su actividad como colaborador del Papa Juan Pablo II en los años en que fue Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe.

Junto a su importante trabajo como investigador y escritor, se encuentra su actividad magisterial, como catedrático en varias universidades alemanas. Sorprende, incluso a los no creyentes, su capacidad de síntesis, sus dotes intelectuales para saber explicar complicadas cuestiones teológicas con un lenguaje accesible y didáctico,  su capacidad de diálogo y su apertura de mente para comprender los grandes retos de nuestra sociedad contemporánea. El mismo Cardenal Ratzinger comenta que su libro Introducción al cristianismo, lo escribió con el  deseo de crear un puente de comunicación e intercambio de ideas  entre sus alumnos y él, cuando en Alemania y muchos países del orbe estaba en plena efervescencia el movimiento estudiantil del ’68.

El periodista Peter Seewald, en  sus  dos obras: Dios y Mundo y La Sal de la Tierra, que en realidad no son sino una serie de largas entrevistas con el Cardenal Ratzinger, comenta que le admiró su honradez intelectual, su impresionante orden mental y su capacidad de raciocinio, de manera que, al final de estos encuentros, el comunicador llegó a la conclusión que estaba  no sólo frente a un hombre sabio, erudito, sino también ante un Cardenal humilde y santo, que se esforzaba por vivir el Evangelio en plenitud. Para este periodista, aquellos encuentros le removieron hondamente, significaron su retorno a la fe cristiana y así lo narró en su libro autobiográfico Mi Vuelta a Dios.

Pero los católicos, ¿qué podemos hacer ante toda esta ola sensacionalista y gravemente injusta de ataques contra el Romano Pontífice, los obispos, los sacerdotes y la Iglesia?

En primer lugar, rezar y mucho. No cabe duda que debemos de confiar en el poder de la oración y de la penitencia para que Dios sepa sacar de estos males, grandes bienes.

En segundo lugar, pedir también por estas personas que odian a la Iglesia y a su Jerarquía. Pienso que un Papa, como Benedicto XVI, y unos obispos que defienden la vida humana, el matrimonio, los valores, la dignidad de la persona humana,  y se oponen con determinación al aborto, a la experimentación con embriones humanos, a la clonación, a las píldoras abortivas, a la eutanasia, al divorcio, a la drogadicción, a las uniones homosexuales, etc., necesariamente habrá quienes los miren con antipatía.

En tercer lugar, aclarar y brindar palabras de seguridad a los que están desconcertados en nuestro entorno laboral, familiar y de amistad, sobre esas manipulaciones informativas y difamaciones que siembran irresponsablemente ciertos medios de comunicación. No podemos permanecer callados. Hay que hablar, escribir y dar nuestro testimonio de vida cristiana, como quien tiene la certeza de vivir en la Verdad.

En cuarto lugar, no perder de vista que -a lo largo de su historia- la Iglesia siempre ha sufrido una persecución continua, constante. Unas veces de manera abierta; otras, en forma solapada. El mismo Jesucristo nos lo dijo de modo muy claro: “Si el mundo los odia, sepan que antes que a ustedes me ha odiado a Mí. (…) Si me han perseguido a Mí, también a ustedes los perseguirán” (Juan 15, 18-20).

¿Cómo no recordar las persecuciones contra el catolicismo, durante el siglo pasado, del nacionalsocialismo alemán, del comunismo en Rusia, Indochina, Europa del Este y China; del anticlericalismo beligerante en Portugal,  Guatemala y Francia; de la Guerra Civil Española, de la Guerra Cristera en México? Pero no traemos esos hechos a la memoria para guardar rencores ni resentimientos ni mucho menos para buscar la venganza porque sería actuar contra el mensaje evangélico del mismo  Jesucristo. Todo esto nos debe llevar a persuadirnos de que el Señor -con su amor y su Omnipotencia Infinitas- hace que la Iglesia, en medio de sus más duras pruebas, salga siempre renovada, vigorizada. No dudo de que después de esta “tolvanera mediática”, vendrá una nueva primavera de frutos de santidad y apostolado dentro de la Iglesia.

Por lo tanto, una consecuencia lógica y sobrenatural es no perder nunca el ánimo ni desalentarnos. Es justo la hora de renovar nuestra fe y la esperanza en Dios; es el momento de incrementar nuestro optimismo, sabiendo que Dios no pierde batallas. Ahora es cuando más debemos acercar a los que nos rodean al Señor y brindar ese testimonio de vida cristiana con alegría y con paz. En definitiva, es la hora de estar muy unidos en torno al Papa Benedicto XVI y a la Jerarquía eclesiástica con nuestra oración continua y actividad apostólica permanentes, como cristianos en medio del mundo, para impregnar la sociedad con el espíritu cristiano. Como decía sabiamente San Agustín: “Nadie lo hará por ti, tan bien como tú, si tú no lo haces”.