¿Es lícito asistir a las Misas de los Lefebvristas? ¿Cuál es su situación actual?

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Respuesta:

En varias oportunidades nos han llegado consultas sobre la situación actual del movimiento lefebvrista, sobre la validez de sus actos sacramentales y sobre la licitud o no de asistir a las Misas celebradas por los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X. Los mismos interrogantes se hacen fieles de distintas partes del mundo. A raíz de esto, Mons. Norbert Brunner, obispo de Sion (Suiza), diócesis donde se encuentra el Seminario de Econe, de la Iglesia cismática lefebvrista, consultó el pasado año de 1996 a la Sagrada Congregación para los Obispos sobre el actual estado canónico del movimiento. Aprovechando la respuesta de este dicasterio y otros documentos del Magisterio quisiera presentar un panorama de la situación.

1. Un poco de historia

Los problemas entre la Fraternidad San Pío X, fundada por Mons. Lefebvre y la Santa Sede datan de muchos años atrás. A raíz de estos problemas, la Santa Sede trató en varias oportunidades y por varios medios de encauzarlos y solucionarlos o, al menos de aclararlos. Los principales documentos sobre el tema son:

            -6 de mayo de 1975: Carta de la Comisión Cardenalicia a Mons. M. Lefebvre[1].

            -27 de octubre de 1975: Carta del Cardenal Jean Villot sobre la 'Supresión canónica de la 'Fraternidad San Pío X''[2].

            -8 de abril de 1988: Carta de Juan Pablo II al Card. Ratzinger ('Tradición: no progresismo ni conservadorismo')[3].

            -9 de junio de 1988: Carta de Juan Pablo II a Mons. Marcel Lefebvre[4].

            -16 de junio de 1988: Nota informativa sobre el caso Lefebvre[5].

            -1 de julio de 1988: Cardenal B. Gantin, Declaración de la excomunión de Mons. Lefebvre[6].

            -2 de julio de 1988: Juan Pablo II, Carta Apostólica 'Ecclesia Dei'[7].

            -31 de octubre de 1996: Respuesta de la Sagrada Congregación para los Obispos a Mons. Norbert Brunner (con una carta adjunta del Consejo Pontificio para la interpretación de los textos legislativos)[8].

Los problemas con la Fraternidad San Pío X, erigida en 1970, giraron siempre en torno a su posición respecto del Concilio Vaticano II y de algunos actos específicos de gobierno del Santo Padre, primero de Pablo VI y luego de Juan Pablo II. Después de muchos avatares e intentos de acercamiento y en vistas a evitar un cisma, a fines de 1987, después de una visita canónica efectuada por el Cardenal Gagnon, el Papa expresó al Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (en carta del 8 de abril de 1988) que se hiciera todo lo posible para llegar a una solución, teniendo en cuenta las manifestaciones de disponibilidad que Mons. Lefebvre parecía demostrar en ese momento. Con este objeto tuvo lugar una serie de encuentros, entre el 12 y el 15 de abril de 1988, entre expertos teólogos y canonistas de la Sagrada Congregación para la Fe y de la referida Fraternidad. Se llegó a un acuerdo y el 5 de mayo fue firmado, por las dos partes, un protocolo. Este protocolo comprendía una declaración de orden doctrinal, el proyecto de un dispositivo jurídico y medidas destinadas a regular la situación canónica de la Fraternidad y de las personas relacionadas con ella.

En la primera parte del protocolo, Mons. Lefebvre declaraba en su nombre y en el de la Fraternidad San Pío X:

1) Prometer fidelidad a la Iglesia Católica y al Pontífice Romano, cabeza del cuerpo de los obispos;

2) aceptar la doctrina contenida en el nº 25 de la constitución dogmática 'Lumen gentium' del Concilio Vaticano II sobre el magisterio eclesiástico y la adhesión que le es debida;

3) empeñarse a una actitud de estudio y de comunicación con la sede apostólica, evitando toda polémica, a propósito de los puntos enseñados por el Vaticano II o de las reformas posteriores que les parecían difícilmente conciliables con la tradición;

4) reconocer la validez de la Misa y de los Sacramentos celebrados con la intención requerida y según los ritos de las ediciones típicas, promulgadas por Pablo VI y Juan Pablo II;

5) prometer respetar la disciplina común de la Iglesia y las leyes eclesiásticas, especialmente aquellas contenidas en el Código de Derecho Canónico de 1983, restando salva la disciplina especial concedida a la Fraternidad por ley particular.

En la segunda parte del texto, además de la reconciliación canónica de las personas, se preveía esencialmente:

1) La Fraternidad sacerdotal San Pío X sería erigida como sociedad de vida apostólica de derecho pontificio con estatutos apropiados según las normas de los cánones 731-746, y además dotada de una cierta exención en cuanto al culto público, la cura de almas y las actividades apostólicas, según los cánones 679-683;

2) le sería concedida la facultad de utilizar los libros litúrgicos en uso hasta la reforma post-conciliar;

3) para coordinar las relaciones con los varios dicasterios de la curia romana y los obispos diocesanos, como también para resolver eventuales problemas y contenciosos, sería constituida por el Santo Padre una comisión romana que comprendería dos miembros de la fraternidad y provista de las facultades necesarias;

4) en fin, tenida cuenta de la situación peculiar de la Fraternidad, se sugería al Santo Padre nombrar un obispo elegido entre sus miembros, el cual, normalmente, no debería ser el superior general.

A pesar de este protocolo, el 6 de mayo de 1988, Mons. Lefebvre escribió al Cardenal Ratzinger, exigiendo que la ordenación episcopal de un miembro de la Fraternidad tuviese lugar el 30 de junio, añadiendo que, si la respuesta fuese negativa, él se vería en conciencia obligado a proceder igualmente a la consagración. El Cardenal Ratzinger le contestó invitándolo a reconsiderar esta decisión.

El 24 de mayo Mons. Lefebvre y el Cardenal Ratzinger se encontraron en Roma, y éste último comunicó a Mons. Lefebvre que el Papa estaba dispuesto a nombrar un obispo de la Fraternidad de modo tal que su ordenación tuviese lugar el 15 de agosto de 1988, como clausura del año mariano. En carta ulterior, Mons. Lefebvre volvió a insistir en la fecha del 30 de junio, amenazando con ordenar él mismo por su cuenta.

El Papa envió personalmente, el 9 de junio, una carta angustiosa a Mons. Lefebvre buscando impedir el acto cismático. En ella le decía: 'no solamente lo invito a esto [a renunciar al proyecto de ordenar obispos sin mandato de la Sede Apostólica], más aún, se lo pido, por las  llagas de Cristo Nuestro Redentor, en el nombre de Cristo quien, la vigilia de su Pasión, oró por sus discípulos 'para que todos sean una sola cosa' (Jn 17,20)'.

Sin hacer caso de este pedido, Mons. Lefebvre (asistiendo como obispo co-consagrante Mons. Antonio de Castro Mayer) ordenó cuatro obispos el 30 de junio de 1988, cumpliendo, de este modo, un acto formalmente cismático e incurriendo en excomunión 'latae sententiae'. El 1 de julio de 1988, el Cardenal Bernardin Gantin, Prefecto de la Congregación para los Obispos, publicó el decreto 'declarando' la excomunión 'latae sententiae' reservada a la Sede Apostólica de los seis implicados: Mons. Lefebvre, Mons. Castro Mayer, y los neo ordenados Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta. Se advertía también a los sacerdotes y fieles que de adherir al cisma de Mons. Lefebvre, incurrirían 'ipso facto' en la pena de excomunión.

2. Estado actual canónico

Como ya hemos dicho, a raíz de la consulta de Mons. Brunner, obispo de Sion, sobre el estado canónico actual de la Fraternidad y de quienes asisten a sus Misas, la Sagrada Congregación para los Obispos respondió el 31 de octubre de 1996 adjuntando una puesta a punto del Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos. Según esto hay que establecer lo siguiente:

1) Mons. Lefebvre (ya fallecido), Mons. De Castro Mayer (obispo co-consagrante) y los cuatro sacerdotes ordenados obispos el 30 de junio de 1988, incurrieron en pena de excomunión 'latae sententiae' (c. 1382); estas censuras pasaron a ser luego 'declaradas' por el decreto de la Congregación para los obispos (1 de julio de 1988). Los cuatro sacerdotes ordenados obispos, fueron ordenados válidamente, pero con un acto cismático.

2) Los presbíteros ilícitamente ordenados por Mons. Lefebvre no están excomulgados por este hecho sino suspendidos 'a divinis'. Se les aplica el canon 265, y al ser presbíteros acéfalos, tienen prohibido cualquier oficio eclesiástico o el ejercicio del sacro ministerio, mientras no queden incardinados en alguna institución eclesiástica. Los sacramentos de Bautismo, Eucaristía y Unción de los enfermos administrados por estos presbíteros son válidos, pero ilícitos. Sin embargo, si adhieren formalmente al cisma de Mons. Lefebvre pasan a ser cismáticos y por tanto quedan excomulgados por este otro motivo (no por el hecho de haber sido ordenados). Para que se considere que hay 'adhesión formal' a un cisma deben darse dos condiciones:

-Una de naturaleza interior: aceptar libre y conscientemente lo esencial del cisma, es decir, optar por los discípulos de Mons. Lefebvre de tal modo que esta elección esté por encima de la obediencia al Papa (habitualmente, tal actitud está en la raíz de las tomas de posición contrarias al Magisterio de la Iglesia).

-Otra de naturaleza exterior: es la exteriorización de esta opción. El signo más evidente de esto es la participación exclusiva a las funciones eclesiásticas lefebvristas, sin tomar parte en las  funciones de la Iglesia Católica.

Teniendo en cuenta estas condiciones, parece ser indudable que los presbíteros y diáconos lefebvristas cuya actividad se desarrolla dentro del movimiento cismático, dan prueba exterior de cumplir las dos condiciones y, por tanto, de estar excomulgados por adherirse formalmente al cisma.

3) La participación a las ceremonias oficiadas por estos presbíteros es objetivamente ilícita, porque no se realizan en comunión total con la Iglesia y son fuente de gran escándalo y división de la comunidad eclesial. Por tanto, la asistencia de los fieles no está autorizada más que en caso de verdadera necesidad. Por esta razón, los que participan ocasionalmente, sin intención de adherirse formalmente a las posiciones de la comunidad lefebvrista respecto del Santo Padre, no incurren en pena de excomunión. Para juzgar si un fiel incurre en excomunión por delito de cisma, habrá que ver si cumple las dos antedichas condiciones. Evidentemente, en contraposición con los presbíteros y diáconos que ofician los ritos cismáticos, no basta para juzgar como cismático a un fiel su sola asistencia ocasional a estas funciones; sobre todo teniendo en cuenta que puede estar legitimado por encontrarse en caso de 'verdadera necesidad' (si no tiene otra Misa, por ejemplo).

3. La raíz del problema

Difícilmente se encuentre un cisma que no tenga errores doctrinales de base. En el caso lefebvrista la raíz de acto cismático 'es individuable en una incompleta y contradictoria noción de tradición'[9]:

-Incompleta: porque no tiene suficientemente en cuenta el carácter vivo de la tradición que toma su origen en los apóstoles y progresa en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo.

-Contradictoria: porque es una noción de tradición que opone ésta al magisterio universal de la Iglesia, cuyo detentor es el Obispo de Roma y el cuerpo de los obispos. No se puede permanecer fiel a la tradición rompiendo el ligamen eclesial con aquél a quien Cristo mismo, en la persona del apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia. Esta contradicción lleva a una actitud semejante a la que caracterizó algunas sectas de la antiguedad: 'se remiten a los papas del pasado para sustraerse a la obediencia de los papas de hoy'[10].

El movimiento lefebvrista surgió como reacción a tendencias y actitudes 'progresistas' que abusivamente se quisieron amparar en la autoridad del Concilio Vaticano II. La concepción del progreso por parte de estos movimientos teológicos y autores singulares, lo concebía como una aspiración hacia el futuro 'rompiendo' con el pasado teológico, dogmático y moral, de la Iglesia. Incurrió en afirmaciones no sólo erróneas sino claramente heréticas en muchos casos. 'La tendencia opuesta, sin embargo, definida como 'conservadorismo' o 'integrismo', se detiene en el pasado mismo, sin tener en cuenta la justa aspiración hacia el futuro como se manifiesta propiamente en la obra del Vaticano II... Ve lo justo solamente en aquello que es 'antiguo' reteniéndolo sinónimo de la tradición. Sin embargo, no es lo 'antiguo' en cuanto tal, ni lo 'nuevo' por sí mismo que corresponden al concepto justo de la tradición en la vida de la Iglesia. Tal concepto, en efecto, significa la fiel permanencia de la Iglesia en la verdad recibida de Dios, a través de las mutables vicisitudes de la historia. La Iglesia, como aquel patrón del Evangelio, extrae con sabiduría 'de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas', permaneciendo absolutamente obediente al Espíritu de verdad que Cristo ha dado a la Iglesia como guía divina. Y la Iglesia cumple esta delicada obra de discernimiento a través del magisterio auténtico'[11].

El movimiento lefebvrista no es, pues, tradicionalista sino 'fixista'; y el 'fixismo' es, por definición, un antitradicionalismo. En definitiva, como -según suele decirse- todos los extremos se tocan, el cisma lefebvrista cae en el mismo 'complejo antirromano' con que Von Balthasar calificaba la actitud del progresismo.

 

 

[1] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (Omissa 1962-1987), nnº 562 ss.

[2] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (Omissa 1962-1987), nnº 585 ss.

[3] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume 11, Documenti della Santa Sede (1988-1989), nnº 535 ss.

[4] Cf. Insegnamenti di Giovanni Paolo II, Libreria Editrice Vaticana, Unitelm, Padova 1996.

[5] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (1988-1989), nnº 765 ss.

[6] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (19881989), nº 1196.

[7] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (1988-1989), nnº 1197 ss.

[8] El texto de ambos ha sido publicado en: 'La documentation catholique', nº 2163, 6 juillet 1997, pp. 621-623.

[9] Juan Pablo II, Carta Apostólica 'Ecclesia Dei', 4.

[10] Cf. Comisión Cardenalicia, 'El caso lefebvre', op. cit.

[11] Juan Pablo II, 'Tradición: ni progresismo ni consevadorismo', 8 de abril de 1988.