Es muy idealista, pero realista a la vez

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Es muy idealista, pero realista a la vez

“Acérquense también a Cristo para descubrir en Él el modelo perfecto de su vida...; porque Él no se ilusionaba por las apariencias o triunfos fáciles; porque Él no cejaba en la misión de extender su Reino, salvando a los pecadores.”

Jamás ha existido un hombre que haya tenido una misión tan sublime y trascendental como Cristo. Su misión en la vida no abarca un grupito de personas en un sólo país; ni siquiera alcanzaba sólo los habitantes del Imperio Romano. La obra de Cristo no tiene fronteras ni de tiempo ni de lugar, pues alcanza a todos los hombres de todos los tiempos y lugares. Él predicó, murió y resucitó para salvar a todos los hombres.

Es claro que nunca ha existido un ser humano con tantos ideales como Cristo. Sin embargo, fue un hombre sumamente realista. Él habló claramente de las persecuciones que iban a sufrir sus seguidores. Lo mencionó en la octava bienaventuranza: “Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mí.” La historia nos dice: donde ha habido un esfuerzo de evangelización ha habido igualmente una fuerza de contra-evangelización.

Cristo sabía que la semilla de su Palabra no iba a producir cien por ciento de fruto. Por eso en la parábola de la semilla habla de terreno que no produce nada de fruto, pues el demonio y el mundo se encargan de hacer estéril la siembra.

Él no esperaba triunfos fáciles. Una de las tentaciones que le puso Satanás fue precisamente el buscar un triunfo fácil, tirándose del pináculo del Templo para impresionar a todos y ganarlos para su Reino.

Cuando alguien se hace famoso fácilmente pierde su equilibrio mental: puede creerse más importante de lo que es. Diríamos que la fama “se le sube a la cabeza.” No fue así con Jesús de Nazaret. Nunca se nota en Él ni un rastro de paranoia. Esto se nota especialmente en su manera de hacer los milagros: los hace con naturalidad y trata de esconderse después; muchas veces dijo: “Vete, pero no lo cuentes a nadie.”

Esta combinación de realismo e idealismo es una de las facetas que más marcan la personalidad de Cristo.

“Cristo apóstol que sale de sí mismo, que no se tiene en cuenta a sí mismo cuando tiene que realizar su misión, que la vive sin chapuzas, sin rebajas, limpiamente. Cristo que busca la gloria de Otro, no su propia gloria; el Cristo sereno, objetivo y humilde, no el Cristo agitado, paranoico y soberbio.”

Muchas veces nosotros tratamos de ser “realistas” y en el fondo significa el no hacer nada, el no lanzarnos, el no arriesgarnos, el pactar con nuestra propia comodidad... Pero el realismo de Cristo no fue así. Nunca ha existido ni existirá un hombre más lanzado que Cristo: Él se lanzó a la conquista del mundo. Lo que es impresionante es que sí ha conseguido conquistar gran parte de él. ¡Pensemos en los miles de mártires que dieron su vida por Él antes que negarle aunque fuese una sola vez! En este momento hay como un millón de personas consagradas a tiempo completo a la causa de Cristo en el mundo.

¿Cuál es el secreto de este equilibrio de Cristo entre su idealismo y su realismo? Él no se complica la vida: sólo hace la voluntad de su Padre. Parece ser el factor principal que mueve su propia voluntad. Él mismo dijo una vez: “Mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me ha enviado.”

Han habido muchas personas que pudieron haber hecho cosas grandes en orden al establecimiento del Reino de Cristo en el mundo, pero no lo hicieron porque querían ser “realistas”. Al topar con las dificultades se echaron para atrás. Se repite a cada rato el episodio del joven rico que rehusó seguir a Cristo por su apego a sus riquezas, que en el fondo es el apego a sí mismo.

“Aquí fue donde el joven retrocedió amedrentado, temió dejar la dulce tibieza de su comodidad, volvió la espalda a Cristo. Después no supimos más de él, entró a formar parte de una anónima turba humana de todos los siglos y de todos los hemisferios; pudo ser un apóstol al lado de Pedro, de Juan y Santiago, y llevar la luz de Cristo a pueblos que no le conocían y morir confesándole y ser hoy modelo de entrega... Por el contrario, hoy sólo es para nosotros paradigma de cobardía y de inconsecuencia o falta de sinceridad en su deseo de seguir a Cristo.”