Este Dos de Octubre

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Este Dos de Octubre fue la fecha de un acontecimiento que incide directamente en las relaciones del hombre con Dios. Ocurrió en 1928, por cierto el año de las Olimpiadas de Amsterdam. Se dice que ya entonces los jóvenes seguían el ejemplo de los grandes ganadores de medallas, como Johnny Weissmuller. Gran noticia: Después de 16 años, Alemania se reintegraba a la competición olímpica.
Así estaban las cosas cuando un joven de 26 años, Josemaría Escrivá de Balaguer, le venía pidiendo a Señor en su oración personal: “¡Señor, que vea!”, usando las palabras de Bartimeo, el ciego del Evangelio, que pedía limosna a las afueras de Jericó y le pidió nada menos que la vista a Jesús que pasaba junto a él. Josemaría -veinte siglos después-, con la misma fe de Bartimeo, le pedía otra clase de “vista” al Señor: “que vea lo que tú quieres de mí”, le decía. ¿No es maravillosa la audacia de la fe? Y aquel dos de octubre de 1928 -siendo sacerdote, apenas hacía tres años- Josemaría vio con claridad que era el Opus Dei, la “Obra de Dios”, lo que Dios le pedía que promoviera: la llamada a la santidad entre personas de toda condición santificándose en el trabajo ordinario... Pero ¿cómo explicar esto al lector?
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Nos vamos 74 años después. El día siguiente a la canonización en Roma, 6 de octubre de 2002, Juan Pablo II decía del nuevo santo: “San Josemaría fue escogido para indicar que la vida de todos los días, las actividades comunes, son camino de santificación. Fue el santo de lo ordinario. Estaba convencido de que para quien vive desde una visión de fe todo es una oportunidad de encuentro con Dios. La vida cotidiana revela así una grandeza insospechada. La santidad está, se presenta, al alcance de todos”.
L'Osservatore Romano de ese 6 de octubre de 2002, con ocasión de la canonización de aquel joven sacerdote que vivió las Olimpiadas de Amsterdam -que imprimió un nuevo estilo olímpico al empeño cristiano por alcanzar la santidad en la vida diaria-, recogía del Cardenal Ratzinger: “Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado”.
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“Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha ‘retirado’ y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo - “Mi Padre obra siempre” (Juan 5,17)- nos indican más bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.
“Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba ‘fundador’ de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra -en efecto- de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada”.
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Siendo ya Benedicto XVI, él mismo escribe (30 septiembre 2010): “no es una casualidad que las grandes espiritualidades que han marcado la historia de la Iglesia hayan surgido de una explícita referencia a la Escritura. Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios. Así, pensemos en san Ignacio de Loyola y su búsqueda de la verdad y en el discernimiento espiritual; en san Juan Bosco y su pasión por la educación de los jóvenes; en san Juan María Vianney y su conciencia de la grandeza del sacerdocio como don y tarea; en san Pío de Pietralcina y su ser instrumento de la misericordia divina; en san Josemaría Escrivá y su predicación sobre la llamada universal a la santidad (…)”.
Cierto que cada santo es como un rayo de luz. Pero lo tremendo es que todos, cada uno de nosotros, por defectos que tengamos, estamos llamados a eso, a ser santos, rayos de luz. ¿O estaremos algunos aquí para propagar la oscuridad?