La eternidad

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La eternidad

       

La eternidad es un concepto que cuesta entender. Un profesor nos lo 

trataba de explicar preguntando:

-¿Cuál es la montaña más alta del mundo?

-El Everest.

-¿Cuál es la materia más dura?

-¡El diamante!

Imagina una montaña como el Everest hecha de diamante. Cada mil años va a 

pasar un pajarito a darle un picotazo. El pajarito va a acabar de deshacer y 

trasladar la montaña y la eternidad no terminará.

Tenemos que tener la capacidad de mirar al infinito con los pies bien puestos en tierra. El infinito es nuestra potencialidad; los pies en la tierra es lo que cada uno somos. La vida del hombre sobre la tierra es un instante cara a la eternidad. Es como la flor del heno, que se abre cuando amanece y declina cuando el día termina.

Hoy, la eternidad se reduce a temporalidad: en Suecia se dice: Fulano se muere, pero que no se dé cuenta. La eternidad, actualmente, no requiere ni siquiera ser negada, ya que no entra en el campo conceptual del lenguaje contemporáneo, no es sino a lo sumo un arcaísmo figurativo para hablar de indeterminación, o en términos emotivos, un sinónimo de aburrimiento perfecto (Paul Poupard).

Una vez que el concepto de eternidad ha sido extirpado del horizonte lingüístico, es posible caminar con paso libre a la nulificación de la historia. Lo fugaz, lo efímero, no dejan lugar a la continuidad, la fragmentación cronológica de la vida humana, carente de cualquier sentido objetivo viene superada por la absurdidad del instante.

Dice el Señor en la Sagrada Escritura: “Con amor eterno te amé por eso, compadecido de ti, te atraje hacia Mí”. Dios nos ama con amor eterno, desde 

siempre y para siempre..., a menos de que seamos rechazados por Dios, porque 

no nos queremos acoger a su misericordia, pero si nos acogemos a ella, podemos saborear, como Santa Teresa: después de esta vida viene el Cielo para siempre, para siempre, para siempre.

Un teólogo apellidado Drobner escribe: El Hijo de Dios se hizo Hombre para tender un puente sobre el abismo que separaba a los hombres de Dios. 

Este anonadamiento del Hijo de Dios era necesario para dar ejemplo a los hombres y a las mujeres, y da el ejemplo decisivo contra el pecado por 

antonomasia del ser humano, a saber, el orgullo.

Dice San Agustín: “La misma fe nos enseña lo miserable que es la vida en el imperio de Satanás, vida eterna, que mejor pudiera llamarse muerte sin fin” 

El Santo Cura de Ars dice: “Muchos cristianos no trabajan mas que para satisfacer este cuerpo que pronto se pudrirá en la tierra; y, sin embargo, no piensan en su pobre alma, que debe ser eternamente feliz o infeliz. 

Carecen de espíritu y de buen sentido: ¡Esto hace temblar!... El mundo, las riquezas, los placeres, los honores pasarán; el cielo y el infierno no pasarán nunca. ¡Tengamos cuidado!”.

Deseamos ser felices. Deseamos una eternidad de amor, pero “por una blasfemia, por un mal pensamiento, por una botella de vino, por dos minutos 

de placer. ¡Por dos minutos de placer perder a Dios, tu alma, el cielo... para siempre!”, decía San Juan Bautista María Vianney. También el cura de 

Ars decía:

“El que vive en el pecado toma las costumbres y formas de las bestias. 

La bestia, que no tiene capacidad de razonar, sólo conoce sus apetitos; del mismo modo el hombre que se vuelve semejante a las bestias pierde la razón y 

se deja conducir por los movimientos de su cuerpo. Un cristiano, creado a 

imagen de Dios, redimido por la sangre de Dios... ¡Un cristiano, objeto de las complacencias de las tres Personas Divinas! Un cristiano cuyo cuerpo es templo del Espíritu Santo: ¡he aquí lo que el pecado deshonra! El pecado es el verdugo de Dios y el asesino del alma...” .

“Si los pobres condenados tuviesen el tiempo que nosotros perdemos, ¡qué 

buen uso harían de él! Si tuviesen sólo media hora, esta media hora despoblaría el infierno. Si dijéramos a los condenados que están en el infierno desde hace tiempo: Vamos a poner a un sacerdote a la puerta del infierno. Los que se quieran confesar, sólo tienen que salir, ¿quedaría alguien? Quedaría desierto, y el cielo se llenaría. ¡Tenemos el tiempo y los medios que ellos no tienen! (...) ¿Por qué los hombres se exponen a ser malditos de Dios?”. Y continúa: “Cuando vamos a confesarnos, debemos entender lo que estamos haciendo. Se podría decir que desclavamos a Nuestro Señor de la cruz. Algunos se suenan las narices mientras el sacerdote les da la absolución, otros repasan a ver si se han olvidado de decir algún pecado... Cuando el sacerdote da la absolución, no hay que pensar más 

que en una cosa: que la sangre de Dios corre por nuestra alma lavándola y 

volviéndola bella como era después del bautismo” .

Tanto Cristo como la Sagrada Escritura son dados, dijo el Concilio Vaticano 

II, “para nuestra salvación” (Dei verbum, n. 1).