Etica y Mercado.

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El bien común como finalidad tiene un significado que se remonta con   anterioridad al gran desconcierto de la manipulación actual dirigido por la ideología  y los medios de “confusión”  social, ya que no se puede situar “a pari” con el bien de la mayoría, ni con la razón de Estado, ni con el interés nacional, ni mucho menos, con la satisfacción de la masa. El concepto de bien común admite muchas matizaciones, como venimos observando en la mayoría de los conceptos en  los que se intenta encerrar contenidos, no sólo extensos, sino demasiados complejos, sin embargo, podemos intentar ver en algunos de estos conceptos una realidad que ha sido puesta en marcha con algunos triunfos: “El conjunto de aquellas condiciones sociales que favorecen en los seres humanos el desarrollo integral de su propia persona” incluyendo en este concepto, tanto las necesidades corporales como las espirituales, o “El bien común viene dado por aquellas condiciones externas que son necesarias al conjunto de los ciudadanos para el desarrollo de las cualidades y funciones de su vida material, intelectual y religiosa”. La manera de desarrollo y las relaciones internacionales centradas en el individuo, tomada de forma aislada y en abstracto, en el mercado y el dinero como absolutos y como fines, no han sido capaces de responder satisfactoriamente a las necesidades de la mayoría de los seres humanos, correspondiendo a este modo de desarrollo la Ética del Mercado Total, según la cual, todo lo que impide la libertad de crecer, de acumularse, de concentrarse al capital debe ser suprimido y eliminado. Sin embargo, y a pesar de todo, inclusive dentro de los oprimidos, que son la mayoría de la población del mundo, existe consenso a este respecto, por lo menos, por dos razones: Los defensores del sistema global del mercado se esfuerzan por dorar la cara positiva y en ocultar o disimular la cara negativa del sistema, refiriéndose la otra razón a la hegemonía de la cultura del capital, que combina objetivos y valores, modos de relación social y mecanismos institucionales, influyendo profundamente en las actitudes, comportamientos y expectativas de los mismos oprimidos. El sistema  del mercado capitalista y el desarrollo centrado en el capital son muy complejos y dinámicos a la vez. Su principio no es el estancamiento, sino el crecimiento, la complejidad y el cambio; siendo estos, principios de vida. Sus frutos  son las desigualdades económicas y sociales, la destrucción ambiental y el agotamiento acelerado de los recursos naturales no renovables asociados al exceso de producción y consumo, el materialismo exacerbado que marca las relaciones entre seres humanos y entre países, las guerras y las violaciones de todo tipo, la soledad, el asilamiento y la pérdida de identidad de las personas, llevándolas a diversas formas de evasión: drogas, prostitución, alcohol, suicidio. No existen relaciones humanas que no estén penetradas por algún tipo de ética, entendida como un conjunto de valores y criterios que sirvan para darle a toda acción una connotación “buena” o “mala”; y, por más pragmática que sean las opciones de los estadistas, de los empresarios transnacionales o de cualquier otro factor del escenario, estas opciones están siempre fundadas en valores y criterios éticos.  Por lo tanto, el problema que vemos aquí no es la “falta de ética”  en las relaciones internacionales que configuran un orden global del mercado, por la desigualdad y por la injusticia, sino una ética centrada en falsos valores, unida a los intereses ligados a la riqueza y al poder, o restringida a las ocurrencias superficiales de la historia contemporánea. Una ética que estaría ciega a la realidad más profunda de un ser humano que es al mismo tiempo individuo y sociedad, punto culminante de la onda evolutiva de la Naturaleza y un ser siempre en construcción, cuya estructura y dinámica física, cultural y psíquica continúa evolucionando en un tiempo unitario e irreversible.