La Eucaristía, exigencia de compartir

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52 "El auténtico sentido de la Eucaristía se convierte, de por sí, en escuela de amor activo al prójimo" (Dominicae Cenae, 6). Comprendemos así, la relación entre la Eucaristía y la luz, según la afirmación del Apóstol san Juan: "Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está aún en las tinieblas" (1Jn 2,9).
53 Ofrecer de verdad el sacrificio de Cristo implica continuar este mismo sacrificio en una vida de entrega a los demás. Así como Él se ha ofrecido en sacrificio bajo la forma de pan y vino, así debemos darnos nosotros, con fraterno y humilde servicio, a nuestros semejantes, teniendo en cuenta sus necesidades más que sus méritos, y ofreciéndoles el pan, o sea, lo más necesario para una vida digna.
54 El cristiano no ha inventado la comida, ni el banquete. Son elementos constitutivos del existir humano, necesidades vitales. Su riqueza de contenido se manifiesta no tanto en el hecho material de comer y beber, sino en el hecho de comunicar, compartir y fraternizar. Para el cristiano, con la conciencia de que es miembro del Cuerpo Místico de Cristo, el poder celebrar el "Banquete Eucarístico" es un privilegio, pero también una interpelación. El pan y el vino que presentamos en el altar, nos están remitiendo a esa comida o bebida que debiera estar en la mesa de todo ser humano, porque hay muchos hombres que no pueden disfrutar de tal derecho, bien porque no tienen qué comer o porque les falta con quién compartir, lo que representa una clamorosa injusticia.
55 Esta situación se opone radicalmente a aquello que Jesús predicó y realizó durante su vida, y a lo que la primitiva comunidad atendió y vivió, siguiendo las enseñanzas de Cristo. Por tanto, la Eucaristía, celebrada y participada como banquete, nos invita a unir la fracción del pan con la comunicación de bienes (cfr. Hech 2,42.44; 4,34), con las colectas a favor de los necesitados (cfr. Hech 11,29; 12,25), con el servicio de las mesas (cfr. Hech 6,2), con la superación de toda división y discriminación (cfr. 1Cor 10,16; 11,18-22; St 2,1-13). De todo esto se desprenden evidentes consecuencias para la evangelización en el mundo y, concretamente, en los países en vías de desarrollo.
56 La Eucaristía actualiza la diakonía o servicio de Cristo, y es lugar de renovación de la misión de la Iglesia, sobre todo a favor de los más necesitados. Así, la Eucaristía es escuela, fuente de amor y diakonía que necesariamente tiende a realizarse en la vida. Esto supone que en la Eucaristía, y por la Eucaristía, sean promovidos los valores de acogida fraterna, de solidaridad y de comunicación de bienes. Este testimonio de amor es un elemento indispensable de la verdadera evangelización.