La eutanasia, un debate parlamentario

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La eutanasia, un debate parlamentario

Se está planteando una vez más en muchos sitios la propuesta parlamentaria de eutanasia. ¿Será algo así como el último acto de una función teatral? No, el problema no está resuelto. De una parte se plantea la solución de casos de enfermedad muy dolorosa o de muerte segura, y en el fondo está la emoción que hemos tenido todos con motivo de la muerte de algunos tetrapléjicos (el caso Ramón Sampedro en España por ejemplo). Se va diciendo que la mayoría de la gente según las encuestas apoya la eutanasia (en ciertos casos), y estos argumentos que se van llevando al cine y a las noticias de manera que participamos de estos sufrimientos, y acabamos por decir: “efectivamente, hay que hacer algo”.

De otra parte tenemos la novela “Amsterdam” que nos muestra en toda su crudeza adónde lleva una ley hecha para “ayudar” al débil pero que deja la puerta abierta a que se use la eutanasia como medio legal de eliminar a quien le tienes manía (en este caso, dos amigos egoístas que a causa de una confusión, un malentendido, se quieren la muerte uno al otro, en un momento determinado, y la cosa ya no tiene vuelta de hoja en el caso de matar al otro, el entuerto no se puede resolver por la muerte de los protagonistas, como en los mejores dramas del Shakespeare). El obispo J. Martí recordaba en estos días la confusión de Lieja (confundirse de paciente en la aplicación de la eutanasia), o el “honorable” doctor Shipman, que mató a 15 pacientes ingleses con diamorfina: se fue sospechando de él al quedarse con las herencias. Es lógico que los médicos teman la eutanasia para no ser considerados potenciales verdugos y puedan caer sospechas sobre su honorabilidad profesional; pero en una profesión con tal índice de paro, los hay para todos los gustos y efectivamente algunos no temen la amenaza bíblica “exigiré satisfacción por la vida del hombre... quien derrame la sangre verá la suya derramada”.

Efectivamente, la dignidad humana descansa sobre la creencia en Dios. El gran Ingmar Bergman ha creado films preciosos en su planteamiento sobre la esencia de la persona y su sentido de la vida, pero al no poder dar respuesta queda frustrada esta búsqueda y deja una puerta abierta a la eutanasia en sus últimas declaraciones televisivas.

Hoy día, una vez perdida la confianza en la “diosa razón” y destrozada la voluntad por Nietzche, nos queda la herencia sentimental froidiana, y como decía Bergman en una de sus películas, somos muchas veces educados para el éxito y las cosas de trabajo pero “emocionalmente analfabetos”, dependemos de unas modas y una de ellas es que la eutanasia es progresista. Libertad, gritamos, pero ¿dónde está la responsabilidad? una vez atropellada la dignidad de la persona, caemos en el mundo de la tiranía (como en la película “Matrix”), y esto es algo muy pero muy peligroso: aquí no se juzgan las intenciones de una persona que opta por morir, sino que se está hablando de una legislación sobre la vida, que es algo de lo más serio, y no frívolamente.

Una persona puede concebir su muerte como la única opción para poner fin a su sufrimiento, y de ve que requiere la ayuda de un tercero, dicen a favor de la eutanasia. Pero si bien algunos no encuentran solución a la situación incurable, intolerable, insoportable, sensación de inútil, la solución siempre pasa por los cuidados paliativos (alguien que le haga sentir la alegría de vivir, cambiar la sensación de inútil por sentir que importa a otros). Una sociedad para la que –fuera de términos de producción o de sujetos de consumo- no somos nadie, está dispuesta a eliminar los incapacitados tanto por enfermedad mental como por incompetencia laboral o enfermedad, los “parásitos”, pero matar a alguien es una cosa muy seria y un camino sin retorno, que hay que pensarse dos veces.

Una cosa es no castigar (tolerar) una asistencia al suicidio como el caso de Sampedro, y otra legislar sobre su aprobación dando así carta blanca a los que quieran ofrecernos una “condena a muerte”. Toda nuestra sociedad se fundamenta en el derecho a la vida, y si se vulnera este principio –como ya se hace con el aborto- la lógica de la vida deja paso a una incerticumbre, una sociedad salvaje y tenebrosa; que –sin que esté presente en las intenciones de los legisladores- nos puede conducir luego a diversos tipos de selección de las personas, una legislación que favorece formas de nazismo.

La experiencia es que, en algunos sitios donde hay aprobación de la eutanasia, se ha pasado del suicidio asistido a la eutanasia de enfermos terminales, para seguir después con los enfermos crónicos, y de los que pasan por enfermedades físicas a otros que tienen problemas psicológicos (como el caso de aquella persona que pidió morir en un estado de depresión, y efectivamente la ayudaron a morir con atención médica, en lugar de ayudarle a sobrellevar el peso de la desgracia familiar que le estaba afectando). Así se va yendo de la eutanasia voluntaria a la involuntaria, la que llaman "terminación del paciente sin petición explícita.

¿Dónde está la frontera, que cuando se cruza se va contra el hombre? ¿Cuándo es el hombre un lobo para el hombre? Cuando nos saltamos la dignidad humana. Y esto nos lleva a la pregunta: ¿hay una verdad sobre el hombre, sobre los derechos humanos, o todo son opiniones del momento?