Evangelio de la vida

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Tuve la oportunidad de entregar en adopción a una niña preciosa, al dársela a la madre y ver correr lágrimas por sus mejillas no pude ocultar una profunda emoción: había valido la pena pelear la batalla de la vida. Llegar a ese momento culminante no fue tarea fácil; en realidad no era sino el inicio de el nuevo camino de una familia, que acoge con gratitud a una nueva integrante que la biología le negó, pero que la Providencia, sirviéndose de la cooperación de muchas personas comprometidas con el evangelio de la vida, le proporcionó.

Agradezco a Dios el haber podido platicar calmadamente con la madre biológica. Al contarme su experiencia me fue abriendo en panorama novedoso las infinitas posibilidades y disyuntivas por las que puede pasar un corazón femenino, un corazón materno. La historia no fue sencilla: ella fue violada; una joven estudiante de carrera que de pronto y violentamente ve truncada –aparentemente- su vida. Pensó en abortar, muchas personas le ofrecieron “ayuda” para hacerlo: costear los gastos, apoyo moral, etc. La conciencia no la dejó, “no puedo ser una asesina”, pensaba, “con que cara me voy a embarazar más tarde, cuando decida formar una familia”. Se hizo fuerte, continuó los estudios, salió adelante.

Cuando fue a denunciar los hechos una persona, trabajadora del ministerio público, se sintió en la obligación de decirle que aquello era un “castigo de Dios”. “¡Imposible!”, respondió ella, “Dios ha estado siempre conmigo –mientras agarraba el sencillo crucifijo de plata que colgaba al cuello- Dios no quiere las cosas malas, no quiere las peleas, las divisiones, y usted ya está empezando a caerme mal. Si estoy aquí es porque sufrí una agresión, no para escucharla a usted hablarme de su Dios, así que cumpla su trabajo, déjeme en paz, respete mis creencias y mi dolor”. Efectivamente ella nunca se sintió abandonada por Dios, ni siquiera en los trágicos instantes en que fue violada.

Entre madre e hija por nacer comenzó a entablarse una relación a la par tierna y cómica. Hablaba frecuentemente con la niña en su vientre, le cantaba, a veces la regañaba. Paralelamente crecía su trato con Dios, “echándole en cara” en ocasiones las dificultades, pidiéndole descaradamente ayuda en otras, agradeciéndole muchas veces.  De esta forma “amenazó” a su hija con ponerle “Filomena” si tardaba más en nacer. Le pidió a Dios que no pasara de un determinado día, y así fue. Después de los dolores del parto natural,  nadie podía arrancarle la alegría de haber traído una hermosa niña al mundo, a pesar de los pesares. El doctor la amenazó con no darla de alta si persistía en su deseo de ponerle “Filomena”, pero como “Dios había hecho su parte ya no era preciso ponerle así”.

Lo que siguió después no dejó de ser extraño y conmovedor a un tiempo. Ella quería muchísimo a la niña: le tomó foto y video con su celular, la alimentó las primeras dos semanas…, pero tenía la convicción de que debía darla en adopción. Le dolía pensar que la podría tratar con menos afecto que a los hijos venidos más tarde en su matrimonio, pensaba que debía concluir la carrera. Estaba decidida a darla en adopción, no tenía duda al respecto aunque sufría por ello. Envuelta en un mar de lágrimas, pero con la firme seguridad de que eso era lo que tenía que hacer, firmó para entregarla en adopción, no sin antes pedirle a Dios que volviera a encontrarse con ella al pasar los años, “quien sabe –decía- y quizá más adelante será mi hija la doctora que me atienda en el momento de mi muerte”. Le consolaba saber que la pareja adoptante –no se conocen entre ellos- estaba dispuesta a recibir a cualquier niño, incluso si venía con alguna deficiencia mental. Le daba seguridad saber que se trataba de un matrimonio consolidado, con más de diez años intentando tener hijos y que se habían preparado concienzudamente para la adopción, para la tarea de ser padres.

Al repensar estos hechos tan humanos, esa mezcla de dolor y alegría, ese entrelazarse de egoísmo, pasión, desprecio de la mujer, con la talla humana de las dos madres, la natural y la adoptiva, pensaba que el evangelio de la vida está más allá de cualquier discusión ideológica o parlamentaria; habla por sí mismo, con la elocuencia de los hechos, con la categoría humana que alcanzan todos los que de alguna manera u otra sufren y se comprometen a favor de la vida. No cabe duda que todas las dificultades y esfuerzos han valido la pena: al entregar la niña a unos padres anhelantes y al ver madurar el corazón y la vida de la madre biológica, comprobé una vez más que Dios de los grandes males –la violación- si lo dejamos, sabe sacar grandes bienes, y que si lo dejamos no nos arrepentiremos, descubriremos que ha valido la pena colaborar para difundir la cultura de la vida.