La experiencia de amar

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

La experiencia de amar

El amor es la mejor música en la partitura de la vida. Sin él serías un desafinado eterno en la inmensa coral del mundo

 Roque Schneider

Para los jóvenes, menos jóvenes y más mayores se hace necesario velar, cultivar, proteger y alimentar el amor. Muchos de los abuelos que continuamos casados después de muchos años y podemos hablar desde la experiencia nos hemos dado cuenta de lo que significa amar y hemos procurado hacerlo así. Tenemos unos cuantos cabellos blancos, muchas arrugas y muchas vivencias para recordar lo que hemos vivido y ser felices hoy. Algunas rupturas se ahorrarían si se consiguiera más comunicación y también si se buscasen espacios de diálogo fuera del ámbito del hogar para encontrarse sin ruidos y sin dejar nunca de sorprender al cónyuge con un poco de iniciativa y de ilusión para no caer en la rutina. 

        Es muy normal encontrar abuelos entristecidos que resumen el disgusto que tienen por la separación de un hijo diciendo: "Los matrimonios de hoy no aguantan nada". 

        Me parece que estaréis de acuerdo en que vivir juntos sólo para aguantarse sería en cierta medida un poco decepcionante y que aún nos quedan matrimonios, (de los que no se habla tanto) que quieren y van hacia delante en buena compañía y con la complementariedad de uno y de otra. Ellos no solo se aguantan, sino que procuran darse apoyo para desarrollar y dar sentido a un proyecto de vida en común, originado por un compromiso de amor y por la ilusión de tener hijos. 

        Muchos, gracias a Dios, seguimos juntos, unidos, con buen humor y sin los dramas de cualquier asunto matrimonial inquietante: nos gustan más las comedias que las tragedias griegas, si bien intentamos encontrar soluciones a algunas dificultades que van surgiendo, normales en la vida de cualquier persona, sin perder la calma. 

        Cuando éramos jóvenes tal vez también dramatizábamos más: ahora ya nos nutrimos de las experiencias pasadas que dan perspectiva y serenidad, que han dejado una impronta en nuestra mente y en nuestro corazón. Hemos compartido alegrías y penas pero al vivirlo con el otro han sido muy llevaderas. Se puede garantizar una magnífica relación cuando se trabaja para consolidarla y se sigue cada día con afán por conseguirla, con sonrisa, guardando el amor propio en el bolsillo, olvidando agravios, aceptando las limitaciones propias y del cónyuge y perdonando. Compartiendo todo, sin reservas, forjaremos mejor nuestra felicidad.

La experiencia también nos ha demostrado que es fundamental ser independientes, tanto para las particulares aficiones –que no necesariamente han de ser las mismas para ambos cónyuges, ya que cada uno tiene una personalidad bien diferenciada y singular–, como para conservar las amistades y para dedicar tiempo a los familiares. 

        Esta independencia no nos ha privado de haber llegado a una comunicación tan plena y profunda con el cónyuge que, incluso, cuando uno dice algo, el otro ya lo quería decir y pensaba lo mismo, aunque sea muy diferente su temperamento. 

        El amor se reafirma cuando se ha alcanzado esta auténtica y sincera compenetración y respeto por la persona del otro y por su autonomía. Para conquistarla, muchos abuelos hemos tenido que hacer esfuerzos, eso sí, poniéndole un corazón que ama y sentimientos llenos de estima que han resultado beneficiosos. La convivencia diaria hace que se choque más con los de casa que con los vecinos o los que viven en el extranjero, y actualmente hemos de aprender a ceder y a no tener siempre la razón, escuchando las opiniones del otro. 

Todos tenemos defectos o debilidades y nos hemos equivocado de vez en cuando. Hemos procurado que las equivocaciones sean pasajeras para levantarnos ligeros y con optimismo. Las hemos superado algunos teniendo presente Oliver Goldsmith, autor de El vicario de Wakefield, cuando escribía: "Nuestra gloria más grande no consiste en no haber caído nunca, sino en levantarse cada vez que caemos". 

        La calidez del amor la hemos mantenido queriendo la realidad que vivimos, amando las cualidades y los defectos propios y los del otro, con las cualidades que surgen de los mismos defectos; sin acumular reproches y estando muy cerca del otro en momentos de cansancio, problemas o contratiempos y, por descontado, con placer en los momentos más hermosos que –si no nos encontramos en baja forma y somos realistas– sabemos que han sido muchos.

        Entre los momentos más preciados recordamos y celebramos las fechas más valoradas: el inicio de nuestro matrimonio, la llegada de los hijos, la ternura de los pequeños, las prisas para atender todo, alguna salida solos, dejando a los hijos al cuidado de los insustituibles abuelos, las reconciliaciones, la llegada de los nietos y tantos hechos y recuerdos que quedan con agradecimiento a Dios que nos da capacidad no solo para aguantar sino para amar y seguir amando con cariño e ilusión renovada cada día.