El fallo

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                                                          “Esta decisión podrá hacer legal lo criminal, pero nunca podrá hacer moral lo que, de suyo, es abominable”.

Card. Norberto Rivera

 Todos aquellos que no tenemos anestesiado el sentido moral experimentamos un profundo pesar al conocer la sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que el pasado jueves, como balde de  agua helada,  dictaminó que no es inconstitucional la ley que despenaliza el aborto en el Distrito Federal.

Fue un golpe duro, más por el consenso alcanzado: ocho ministros en contra de la vida, tres a favor de ella, justo a la inversa de lo que se necesitaba para echar por tierra tan injusta ley. La sentencia además sienta un peligroso precedente que puede diseminar la plaga del aborto al resto del país.

Sin embargo es evidente que de nada sirve lamentarse, tampoco retraerse de participar de la vida civil; el juego democrático sigue su camino y todos debemos participar en la configuración de nuestra sociedad aportando los valores que nos son propios y luchando para que sea cada vez más justa y humana. Es necesario hacer examen y pensar con calma cuál es el significado de esta larga lucha y qué cosas podemos aprender de ella. Cuando defendemos la vida ajena defendemos nuestra propia humanidad y enaltecemos la dignidad de la persona, el efecto más pernicioso de la derrota sería el desaliento, la apatía y el desánimo.

Una de las notas interesantes de todo este proceso ha sido la notable participación ciudadana tanto a favor como en contra de la vida. Los mexicanos no nos conformamos con ser espectadores de las decisiones que toma la clase política sino que sentimos la responsabilidad de intervenir activamente y participar a través de los cauces legales, los medios de comunicación y los foros públicos en la toma de decisiones. Ello de por sí constituye un síntoma de madurez ciudadana. A este respecto resulta notablemente oportuno el llamado del cardenal de la Ciudad de México a seguir trabajando en la defensa de la vida y la dignidad de la mujer: “El futuro de esta nación -queridos hermanos- depende de ustedes, pues ante el temor generalizado por la violencia en las calles y la destrucción que deja tras de sí el narcotráfico, se suma ahora la violencia institucional, avalada por la justicia, que no detendrá la pérdida de la vida de millones de niños inocentes, y que será causa del consecuente daño físico, moral y espiritual de las mujeres que vivan este trágico suceso”.

En la guerra tantas veces la victoria no la alcanza el grupo más numeroso, sino el que tiene mejor estrategia, el que reacciona más rápido, el que cuenta con mejores cauces de comunicación. En esta pacífica batalla por la vida se ha perdido una escaramuza, pero se ha ganado en experiencia, se ha aprendido mucho. Al leer los comentarios de los distintos jueces que tomaron la decisión, era interesante ver como caían en la oposición dialéctica entre los derechos de la mujer y los del “producto” (niño indefenso en lenguaje cristiano) y, “como no se puede dar gusto a todos”, terminó perdiendo el más débil. Detrás de esta simplificación late un equívoco inquietante: la oposición entre mujer y niño evidencia una enfermedad de fondo en una sociedad que no es capaz de integrar los bienes de las personas, una sociedad egoísta, que excluye los principios morales por considerarlos religiosos. Lo que la naturaleza une de modo evidente –la relación entre una madre y su hijo- queda así desnaturalizado.

Profundizando un poco en el significado de lo que la ley tutela y el modelo de hombre que implícitamente propone es notorio que contempla al individuo como un sujeto autónomo,  libre, pero desvinculado del contexto social. Lo que sus decisiones libres vayan construyendo y expresando de alguna forma no importa, siempre que no dañen a alguien que pueda hacer defender sus derechos. Tal individuo construye su vida de espalda a los demás, va a sus propios intereses y no le importa dañar a otros en ventaja propia si estos no pueden defenderse. En una sociedad así es difícil pensar que los individuos puedan alcanzar fácilmente su felicidad, que descubran su carácter relacional, su apertura a los demás, el don de sí que milagrosamente los enriquece.  No es extraño que dicha sociedad engendre violencia. Los demás son obstáculo, competencia; el egoísmo es por definición insaciable, siempre desearé más. Bajo esta perspectiva podemos sentar que el fallo de la Suprema Corte –así como la ley de la Asamblea legislativa- falló: no consigue el bien común, que justifica la existencia del poder dentro del estado.