Felicidad y pecado

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Felicidad y pecado

La naturaleza humana es preciosa, Dios se admiró de ella y dijo “que era buena”

(Génesis), pero perdimos la bondad libremente con el pecado original, así que el pecado es solamente esto: infidelidad al modelo original. Podemos recuperar en parte esa bondad a través de la lucha por parecernos a Cristo. Él es el modelo. Para eso se encarnó, para hacer visible lo invisible. En la mente del Creador está el perfil ideal del ser humano, pero con el pecado el hombre degradó esa imagen. Allí está la fuente de las infidelidades. Jesús se encarnó para ser uno de nosotros y enseñarnos a decirle a Dios “Padre nuestro”, que es la clave de la recuperación.

Todos deseamos la felicidad. “En esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios puede saciarlo con creces, hasta el infinito”[1]. Dios nos podría decir: “Yo he criado hijos y los he engrandecido, y ellos se han rebelado contra mí”[2].

No es fácil ver la maldad del pecado, misterio de iniquidad. San Juan Bosco decía que preferiría que se quemara mil veces el Oratorio –la sede de su labor-, antes de que allí se cometiera un pecado mortal. Santa Teresa vio claramente que por un pecado mortal merecemos el infierno.

Es una pura ilusión pretender mantenernos inmunes al espíritu mundano, si lo que entra a oleadas en nuestro interior, por los ojos y por los oídos, no es otra cosa que el centellear de sus colores, la sensualidad de sus imágenes, la falsa inocencia de sus “desnudos”, la violencia de sus escenas. El mundo más peligroso no es el que nos combate, sino el que nos atrae; no es el que nos odia, sino el que nos acaricia, afirma Raniero Cantalamessa.

La reconciliación. La forma que Dios eligió para perdonar los pecados, que pasa por la confesión de los mismos, responde a una necesidad profunda de la psique humana: la de liberarse de lo que oprime, manifestándolo. El abandono de la confesión desemboca en una pérdida progresiva de sensibilidad ante el pecado y de fervor espiritual. Para que la confesión sea decisiva en la lucha contra el pecado, ha de vivirse como un encuentro personal con Jesús resucitado que, por mediación de la Iglesia, nos comunica la fuerza sanadora de su Sangre y nos devuelve la alegría de estar salvados.

Juan Pablo II escribe: “Junto con la Eucaristía, el sacramento de la Reconciliación debe tener también un papel fundamental en la recuperación de la esperanza: La experiencia personal del perdón de Dios para cada uno de nosotros es fundamento esencial de toda esperanza respecto a nuestro futuro. Una de las causas del abatimiento que acecha a muchos jóvenes de hoy debe buscarse en la incapacidad de reconocerse pecadores y dejarse perdonar, una incapacidad debida frecuentemente a la soledad de quien, viviendo como si Dios no existiera, no tiene a nadie a quien pedir perdón. El que, por el contrario, se reconoce pecador y se encomienda a la misericordia del Padre celestial, experimenta la alegría de una verdadera liberación y puede vivir sin encerrarse en su propia miseria. Recibe así la gracia de un nuevo comienzo y encuentra motivos para esperar”[].