Filiación divina, primera parte

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Hay que saborear lo que decía San León Magno: “el don que supera todo don es que Dios llame al hombre su hijo y que el hombre llame a Dios su Padre” (Homilia VI in Nativitate, 4). Toda nuestra vida cristiana es una gran peregrinación hacia la casa del Padre.

La misión del Espíritu Santo es la esperanza, es convencernos de que somos hijos de Dios. Juan Pablo II dijo algo muy profundo: El hombre va descubriendo en sí mismo su pertenencia a Cristo, y en él, su dignidad, la elevación a hijo de Dios, comprende su dignidad de hombre.

Somos sujetos de la condescendencia divina. Dios llama a las personas a través de sucesos y de otras personas. Que nos vean seguros en Dios.

Dice la Sagrada Escritura: Bienaventurados si os insultan por el nombre de Cristo. La Cruz es señal de predilección divina; amarla, porque Dios nos consuela. La Cruz de cada día es fuente de bendiciones. Así como abundan los sufrimientos, abunda la consolación. Ésta está en la filiación divina. Cristo mismo experimentó pavor, miedo. Si somos atribulados es para la salvación de otros y para bien nuestro, si lo tomamos con fe. Es firme nuestra esperanza porque somos hijos de Dios.

Cuando le hicieron una entrevista al Cardenal Ratzinger, en 1992, había una pregunta sobre la necesidad de hacerse como niños delante de Dios, respondió: “La teología de lo pequeño es fundamental en el cristianismo. Nuestra fe nos lleva a descubrir que la extraordinaria grandeza de Dios se manifiesta en la debilidad, y nos lleva a afirmar que la fuerza de la historia se encuentra siempre en el hombre que ama, es decir, en una fuerza que no se puede medir como se miden las categorías del poder. Dios quiso darse así a conocer, en la impotencia de Nazaret y del Gólgota. Por lo tanto, no es mayor el que posea mayor capacidad de destrucción, sino por el contrario, una pequeña partícula de amor, pareciendo tan débil, es muy superior a la máxima capacidad de destrucción”. (La sal de la tierra).

La experiencia creyente se refiere a la experiencia de Dios hecha por innumerables hombres y mujeres a lo largo de la historia de la salvación; es como la fuente subjetiva de la Teología. Es un “sentir” las cosas divinas, que se diferencia del “saber” sobre Dios. Es una vivencia que depende de Dios y de la persona. El Espíritu Santo concede una suavidad o una dulzura interior que es iluminadora e inspiradora de afectos.

Dios es mayor que cualquier experiencia que se pueda hacer de Él. No se puede encerrar o circunscribir a Dios en nuestra experiencia, que es siempre limitada. Es Dios quien toma la iniciativa y la concede. Es paradójica, a veces es luz y consuelo, pero otras es Cruz y abandono. La experiencia de Dios es una percepción particular del misterio. Es inefable, no del todo comunicable. La persona que la tiene ha de tener una conducta moral adecuada al Evangelio; “todo árbol se conoce por sus frutos”.

La genuina experiencia religiosa cambia la percepción que el creyente tiene de sí mismo: de instrumento, de impureza ante la bondad y grandeza de Dios, de humildad. La experiencia creyente tiene mucha relación con la contemplación y la vida espiritual cultivada y profunda. Es una teología rezada, que se comprende en la fe y desde la fe, que no pierde el sentido de misterio y de oración (cf. José Morales, Introducción a la Teología).

Gracias al Bautismo, corre por nosotros la vida misma de Dios. La adopción divina crea un vínculo más fuerte que la misma generación física. El hijo natural tiene la misma sangre que el padre. Sin embargo, una vez que ha nacido, necesita vivir separado de sus padres. No ocurre lo mismo en el plano espiritual. En éste, una misma vida, un mismo Espíritu, corre simultáneamente por nosotros y por Cristo. Y no sólo no tenemos que separarnos de él para vivir, sino que, si nos separamos de él por el pecado, dejamos inmediatamente de vivir, morimos (Cf. N. Cabasilas, Vita in Christo, IV, 4: PL 150,601).

Tenemos los mismos afanes que las demás personas, pero procuramos vivir metidos en Dios. Jesucristo era Hijo de Dios por naturaleza y pisó nuestra tierra. Lo que él es por naturaleza, nosotros tenemos que conseguirlo por la gracia. La filiación divina es un don infinito y eterno. “Todo lo que pasa –ha escrito Goethe- no es más que un símbolo”.