Filiación divina, segunda parte

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Dios nos conoce hasta el fondo. Ninguno de nuestros esfuerzos se le escapa. El nos sostiene. Es siempre como un padre que enseña a sus hijos a dar sus primeros pasos. Dios es el único que da realmente la alegría. Nos imaginamos que a veces Dios nos aplasta con una mole de sacrificios, cuando son precisamente ellos los que nos alivian. Dios es sensible a nuestras delicadezas, dice Gabriela Bossis. Nada se pierde de los cuidados que damos a nuestra alma y a las almas de los demás. Nosotros no lo vemos pero en el Cielo sí nos ven.

Nuestra primera intención es la que envolverá todo el día y toda la vida con un color nuevo; hemos de acudir a Dios con confianza, con la certidumbre de que somos amados por Él. Ojalá que esa intención sea ser agradables a Dios, y para eso necesitamos estar en estado de gracia. Si no estamos en estado de gracia estamos en desgracia.
Hemos de ser felices y estar optimistas porque somos hijos de Dios. La verdadera humildad es saberse hijos de Dios. Es la verdad más profunda de la redención. No hay milagro comparable a éste, decía Santo Tomás de Aquino.

Uno de los apóstoles le dijo a Jesús: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). Jesús respondió enseñando el Padrenuestro. Los discípulos, buenos conocedores de la oración judía de su tiempo, se sorprendieron grandemente por la singularidad de la oración de su Maestro. La oración de Jesús se dirige al Padre en un diálogo de obediencia, que vivifica su misión. Aunque vino a morar entre nosotros, nunca se alejó de la casa del Padre y de la comunión con él en la oración. La oración de Jesús continúa aun hoy (cf. Hebreos 7, 25). Cuando la Iglesia ora es el Hijo que levanta los brazos implorantes al Padre. La oración de los hijos sube al Padre gracias a la voz del Primogénito. Los brazos que se alzan en la invocación, en la alabanza y en la súplica son millones; pero la voz es única, la voz del hijo (cf. Comprendio CEC, p. 158).

El Compendio del CEC dice: ¿Cómo es posible invocar a Dios como “Padre”? Responde: Podemos invocar a Dios como “Padre”, porque el Hijo de Dios hecho hombre nos lo ha revelado. El Padre nuestro es “el resumen de todo el Evangelio” (Tertuliano). Se nos da en el Bautismo, para manifestar el nacimiento nuevo a la vida divina de los hijos de Dios (cf. 579-583).
Si hay deseos de agradar a Dios, habrá oración. Mientras no digamos “hágase tu Voluntad”, no hacemos oración. La vocación tiene como característica no confiar en nuestras posibilidades y en nuestras seguridades, sino confiar en Dios, abandonarnos en Él. La Virgen María es el modelo a esa confianza en la providencia divina.

Jesús dice que no debemos de orar como los hipócritas. Un profesor de la Universidad de Navarra explicaba que en esa época hipócrita quería decir hacer las cosas con ostentación. El Cura de Ars rezaba: “Te amo Señor y la única gracia que te pido es amarte eternamente”.
La filiación divina es lo que nos convertirá, lo que nos levantará, lo que nos dará a conocer nuestra dignidad. La pobreza y la obediencia las vivimos cuando nos sabemos hijos de Dios, sino es formalismo. La conciencia de nuestra filiación divina es la fuerza, la energía capaz de transformarnos, y así, nos lanzaremos a esas metas que no calibramos. Un apóstol es un hijo que hace lo que su padre le dice. Desde el punto de vista sobrenatural la lógica de Dios tiene una gran lógica. Actuar con nuestra lógica es no hacer la Voluntad de Dios sino la nuestra. Los “razonamientos” divinos son designios eternos.

Los Padres de la Iglesia no se cansaron de contemplar, y de inculcar en los fieles cristianos, esta verdad a la vez sencilla y extraordinaria: el Hijo de Dios «se hizo precisamente Hijo del hombre, para que nosotros pudiésemos llegar a ser hijos de Dios». Desde entonces, los discípulos del Señor han vivido de esta realidad, tratando de asimilarla, de descubrir su riqueza infinita, que se expresa en múltiples manifestaciones, como el mismo Cristo explicó a lo largo de su predicación: en la oración, con la que el cristiano empieza llamando Padre al Creador, le expone sencillamente la propia necesidad y acoge sinceramente como propias las intenciones divinas; en la penitencia para cumplir a fondo los designios del cielo, que lleva a cabo reciamente pero sin ostentación (...)

Con el don de la filiación divina, Cristo ha destruido radicalmente las barreras que puedan separar a los hombres (...). Al asumir nuestra naturaleza, el Verbo ha unido en sí lo humano y lo divino; desde entonces, como repite san Pablo, «ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28). Dios ya no está lejos: es nuestro Padre. No lo están tampoco los demás: son nuestros hermanos en el Señor.

Dice san Pablo: «Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo imperfecto (...). Ahora vemos como en un espejo, oscuramente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido» (1 Cor 13, 10.12).

San Juan escribe: «Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamemos hijos de Dios, ¡y lo somos! (...). Queridísimos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es» (1 Jn 3, 1-2). ¡Qué misteriosa es esa frase!: “y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser”.
Esa identificación se inicia en el sacramento del Bautismo, puerta del camino cristiano. Los primeros cristianos eran conscientes de que con en el Bautismo empezaba una nueva vida. Si fallaban, estaba la confesión, pero en aquel entonces no era frecuente.