La generación password

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Se tiene password para todo. Últimamente, hasta para entrar a la empresa en la que se trabaja (sin olvidar el código de inicio de la computadora, de las redes sociales, de la escuela, del edificio de departamentos, del pago por tarjeta, de las transferencias bancarias…). Hemos pasado de un mundo de explicaciones a un mundo de contraseñas. Y eso tiene varias caras.

La primera es la reducción de la personalidad a un número. Por ejemplo en las operaciones bancarias. Hace tiempo, cuando conocíamos al cajero, podíamos hacer que nos cambiara un cheque que tenía una mordedura del gato en uno de sus costados. Hoy tenemos que lidiar con los códigos que nos da el banco, contra la máquina y cuando ésta falla, contra el “call center” institucional (puede estar en Birmania), que de nuestra persona no conoce más que nuestra media filiación correspondiente a la fecha de nacimiento y el color favorito que definimos la vez pasada que olvidamos nuestro password. Y volver a empezar…

El cerebro humano no tiene para qué gastar tanta energía en memorizar combinaciones de números y letras. Por lo demás, lo tiene que hacer porque la primera recomendación que nos hacen las máquinas es no apuntar en ninguna agenda o papelito que se esconde debajo del florero las contraseñas. Si nos la roban corremos el peligro de ver saqueada en segundos nuestra —de por sí exigua— cuenta de banco. Entonces, la solución de esta modernidad es la más antigua de todas: la repetición. Así, resulta que 107F34 es bueno para todo. Y facilísimo de atrapar en la red, pues, como se sabe, cada paso que damos en Internet va dejando huella.

Lo que quiero mostrar es que si bien la nueva tecnología de información ha generado grandes avances en el uso del tiempo de las personas, también nos ha expuesto a riesgos innecesarios y a otras pérdidas de tiempo que en el antiguo modelo de interacción cara a cara (un modelo cálido y más esperanzador) ni siquiera llegaba a imaginarse que pudiera existir.

El señor Gómez era el señor Gómez en el banco, no un código de barras. En el supermercado, su señora, la señora Gómez, también era conocida por la cajera, con quien alguna vez se hizo su comadre. Pero en la compra por teléfono del súper, la señora Gómez dejó de existir. Ahora es la del 13 que pide siempre comida de perro extra. Son, pues, las desventuras de la generación-contraseña.