Háblanos del amor

ImprimirImprimirEnviarEnviarPDFPDF

Me disponía a dar una clase a unas chicas de 14 y 15 años y les pregunté qué tema les interesaba:
-¡Háblanos del amor!-, exclamó una.
-Y del noviazgo-, dijo otra.
-Y ¿por qué no debo ver escenas de desnudo?-, preguntó la más pequeña.
A lo que contesté brevemente:
-Porque te deforman el sentido del amor y eso te haría infeliz.

Lo más importante de la vida es el amor. Es un tema candente, espinoso, misterioso. Deseamos amar y ser amados, pero a veces nos podemos dejar engañar. Es fácil confundir el amor con la pasión y, un error en este campo, te puede hacer desgraciada para toda la vida. Pero nada está perdido; el ser humano tiene una gran capacidad de rehacerse y de recomponerse.

En el enamoramiento hay un proceso. La chica ve al muchacho atractivo y esa visión le provoca asombro. Si más adelante hablan, esa conversación ocupa todos sus pensamientos; va a la escuela y no atiende a la maestra por pensar en él; tiene el rostro del chico en su mente. Llega a casa y se siente rara, se acuesta vestida, con la luz apagada. Cena poco; escribe:”estoy enamorada”. Conversa con sus compañeras. Reflexiona muchas horas sobre el muchacho: piensa que él no tiene defectos, que comprende a la mujer. ¿Eso es amor? No. Es el comienzo del amor.

La trama que se forma en esta etapa ilumina a las demás etapas. Aquí no entra la razón sino la imaginación. Lo que ella desea es estar con él. El afán de querer todo ya y ahora provoca ansiedad. Quien se da es una persona, no es cosa, y la persona tiene un valor infinito.

La apropiación posesiva sucede cuando uno de los novios trata al otro como una “cosa” que le pertenece. Cierto que hay un compromiso de exclusividad en el amor, pero la persona amada no es una “cosa”. El compromiso es libre y los dos deben respetar el ámbito de autonomía y libertad personal natural de cada uno.

La mujer quiere complacer al hombre que admira, pero esa complacencia tiene un límite. Si ella le entrega su cuerpo, él aprovecha y luego termina diciendo: “Esto es basura; esta mujer no me eleva, me rebaja”. Hay varones que engañan a las mujeres, que no saben dar sólo recibir. Y buscan solamente el placer momentáneo para luego “desechar” a la mujer.

El hombre exige pudor en la mujer, porque le agrada la virtud, quiere que su novia vista decentemente para que no atraiga la mirada de otros; y a la vez, le exige impudor y pasión para satisfacer sus deseos, y la invita a las peores complicidades. Le impone rígidamente unas normas que a renglón seguido le invita a quebrantar.

El hombre desea ser admirado por la mujer, pero predomina en él la tendencia a dejarse atraer por la mujer; predomina lo sexual sobre lo sentimental. Si el muchacho no llega a dominarse, creerá que el amor consiste sólo en unos momentos de satisfacción. Se sentirá un gran enamorado porque se prenda de la última belleza que ve, cuando en realidad está siendo esclavo de una sensualidad superficial.

Para sacar adelante un noviazgo o un matrimonio, se requiere amor, abnegación, sacrificio, doblegar la vanidad. Cuando el orgullo se impone nace la tristeza, y es entonces cuando pesa la fidelidad. Hay excusas típicas de la infidelidad como "fue una ilusión", "no sabía lo que hacía", "en aquel entonces no era libre"... Por eso no hay que precipitarse ni en el noviazgo ni en el matrimonio. Hay que pensar las cosas, y antes, alcanzar la madurez humana que dan las virtudes.

Un muchacho comentaba: “Tengo serios problemas para encontrar a la que va a ser mi esposa, pues la mujer actual está desquiciada, no tiene norte, y los varones buscamos la fortaleza y el equilibrio en la mujer”. Hoy más que nunca podemos decir a la mujer lo que decía un sabio: “Si te tomas la vida a juego, la vida jugará contigo”.