Haití, ¿qué hago yo?

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No dejan de ser inquietantes las imágenes que los medios de comunicación nos transmiten sobre la tragedia de Haití. Esas imágenes nos interpelan: ¿qué puedo hacer yo? Es preciso sensibilizar la conciencia, porque desgraciadamente podemos acostumbrarnos al sufrimiento ajeno y presenciarlo como espectadores pasivos, como aquel que ve una película, y que al terminar la proyección pasa a otra cosa: unas palomitas, una cena…

La solidaridad tiene una fuerte dimensión internacional: no debe agotarse en el estrecho horizonte del propio país. Quiere decir que todos nos sintamos responsables de todos, y que tengamos esa constante voluntad de empeñarnos por el bien común, no solo nacional, sino internacional. ¿Cuál es el fundamento? La unidad del género humano, el sabernos todos hermanos de todos, dotados de la misma dignidad, es decir, valemos por nosotros mismos: cada persona enterrada, cada niño rescatado, cada muerte nos debe pesar y no dejarnos indiferentes.

La perspectiva cristiana proporciona una motivación ulterior, un fundamento teológico que explica ese sentimiento de unidad con nuestros iguales: todo hombre es una criatura creada a imagen y semejanza de Dios, cada uno de nosotros es único, “cada uno es necesario” como explicó el Papa al inicio de su pontificado. No somos fruto del azar ni un ejemplar más dentro de la naturaleza, cada hombre es imagen de Dios y está llamado a ser hijo de Dios. La unidad del género humano, es la unidad de todos los que de Adán descienden y han sido redimidos, es decir, comprados, por Cristo: cada hombre vale la Sangre de Dios. Por eso no podemos permanecer indiferentes o como simples espectadores de las tragedias ajenas: todos somos responsables de todos.

La cultura de la imagen en la que estamos inmersos puede generar en nosotros el complejo de espectador: hacernos insensibles o superficiales. Insensibles porque nos avoquemos al morbo, a las imágenes fuertes, despersonalizándolas, olvidando el inmenso dolor que esconden, incluso aficionándonos a ellas. Superficiales porque la imagen pasa rápido y el mercado genera otra imagen nueva, despertando en nosotros la avidez por la novedad: a una tragedia sigue un escándalo y luego un evento deportivo, más tarde un certamen de belleza, luego otra tragedia… La información nos entretiene, nos aletarga, suscita nuestro interés por breves momentos, para dar paso a lo siguiente, olvidando que las personas que sufren permanecen ahí, aunque los medios no nos transmitan sus semblantes: las madres deben superar el duelo por sus hijos y los hijos por sus padres; después de la ayuda inicial queda el retornar a la normalidad: rehacer casas, hacienda, fuentes de trabajo, mecanismos sanitarios y de abastecimiento, y un largo etc.  Ello supone tiempo, mucho más que el transmitido por televisión: hay otros eventos en la agenda, que venderán más, como el mundial, las elecciones, o las bodas de famosos… 

Sin embargo, siendo realistas, ¿qué podemos hacer? Ninguno de nosotros es el Mesías, tal vez algún súper empresario pueda hacer algo consistente, pero los de a pié, ¿debemos resignarnos a ser espectadores? Aquí caben dos precisiones: la primera es que a contar se empieza por uno. Tal vez no podamos mucho, pero muchos pocos si podrán algo. No solo es tranquilizar mi conciencia, es crear la conciencia y la sinergia social de participar; es un asunto cultural, que nos lleve a involucrarnos en la medida de nuestras posibilidades con la sociedad -en sentido amplio, universal- en la que vivimos. Es ahorrarme lo que me iba a gastar en el antro este fin de semana, comprar una botella más barata, un modelo de carro no tan caro, y abonar la diferencia a las cuentas creadas para ayudar.

En segundo lugar la perspectiva cristiana nos muestra que no somos versos sueltos: las cosas buenas que hagamos redundan en bien de los demás y las malas les perjudican. No solo por el ejemplo y la cultura que se crea, sino porque desde una perspectiva sobrenatural gozamos de un fuerte entrelazamiento, participamos de una común fraternidad. Así, al empeñarme por el bien común ahí donde estoy, consigo beneficiar al todo: es la imagen del cuerpo, tan querida para san Pablo y san Agustín. Pero no basta obrar bien, es preciso hacerlo con esa mirada universal, con esa amplitud de horizontes, con ese deseo de beneficiar, en este caso, a las personas que en Haití sufren. Con esta motivación y con la realidad de la fe, somos conscientes de que mi trabajo, mi empeño por cuidar a la familia, mi lucha por contribuir a una sociedad mejor, de una manera misteriosa ayudan a los que sufren lejos, aquellos con los que no tengo un contacto físico inmediato, pero si un contacto espiritual profundo. Tragedias como la que presenciamos deberían agudizar en nosotros el sentido de parentesco espiritual y el empeño por no dejarlos solos reconstruir sus vidas y sus ciudades: acompañarlos con nuestro esfuerzo cotidiano por crear una sociedad a la medida de la dignidad humana.