¡Hasta el Cielo!

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¡Hasta el Cielo!

Nos impresiona la muerte de Pedro. El Papa, cada Papa, en cuanto hombre, está marcado por ese destino tremendo, dramático, misterioso, con el que concluye la existencia humana en esta tierra. El Papa, grande o pequeño, aplaudido o criticado, muere.

El momento de la partida, la hora del “hasta el cielo”, llega un día, tal vez de modo repentino, o tras una larga enfermedad. Los fieles, con una tristeza profunda, sienten el hueco que deja el pastor supremo, el obispo de Roma, cuando vuela al encuentro del Maestro.

No comprenderemos el significado profundo de la muerte de un Papa si nos quedamos en los datos que se ven, en lo llamativo, en la noticia del momento. Los periodistas y los históricos harán un balance del pontificado: las encíclicas, los documentos, el nombramiento de nuevos obispos, los cargos de la curia, las audiencias, los viajes nacionales e internacionales. Datos que se pueden contabilizar, hechos fotografiables, documentables, que “quedan”...

Quedan, sí, por un tiempo, porque lo realmente importante de la muerte de un Papa, no es lo que “queda”, sino lo que inicia. La muerte, para el cristiano, no es un final, sino un comienzo. Comienza la vida eterna. Comienza el tiempo de la misericordia y del triunfo de quien supo dejarse amar por Dios y llevar ese amor a los hombres. La muerte del Papa, como la muerte de cada hombre y mujer, es un momento estupendo, magnífico, que no comprenderemos plenamente hasta que crucemos la frontera, hasta que abracemos al Padre bueno.

El Sucesor de Pedro llega a su último viaje. Muchos se asomarán, curiosos, con una pena profunda en el corazón, a un féretro. Atisbarán alguna señal, algún recuerdo de lo que ha sido un pontificado. Otros mirarán al cielo y descubrirán, entre las estrellas, ese rincón invisible que ocupan quienes han sido de Cristo, quienes han hecho del amor a Dios y al hombre su bandera.

El Pastor que nos acompañó durante días, meses, años, desde el timón del Pescador, realiza su última travesía. Con su mirada, con su sonrisa, con sus dolores y trabajos, nos acompañó, nos señaló la meta, nos indicó, continuamente, al único Salvador, a Jesús el Cristo.

Ahora se presenta a su Señor, ahora rinde cuentas a quien lo llamó a nuevos mares, a quien lo llevó a tierras lejanas. El abrazo entre Cristo y su Vicario conmueven a los ángeles y a los santos que cantan “aleluya” junto al Cordero degollado.

María, la que sostiene a cada Papa, la que lo protege en el servicio a todas las iglesias, recibe a uno de sus hijos.

El cielo será, desde ese momento, un poco más nuestro. Entra en él, Juan Pablo, y no dejes de pedir por quienes seguimos en camino, hacia el Padre, en el Espíritu, con la gratitud por lo mucho que hiciste para confirmar la fe de tus hermanos...