¿Hay que poner reglas en la familia?

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Los padres sienten una responsabilidad especial respecto de sus hijos, no sólo cuando son pequeños o adolescentes, sino también cuando, ya como jóvenes mayores de edad, siguen en casa.

No siempre es fácil establecer reglas adecuadas para los hijos, por ejemplo sobre la hora de llegada, sobre los momentos para comer o cenar juntos, sobre el modo de vestir, sobre el volumen de la música que se escucha en la propia habitación, etc.

A la hora de adoptar esas reglas, existe el peligro de caer en extremos dañinos. Uno consistiría en un autoritarismo rígido, que asfixia a los hijos y los somete a una disciplina inhumana. En la parte opuesta se sitúan aquellos padres que lo permiten todo y que un día lloran al ver a sus hijos ahogados en el mundo de los vicios y del fracaso.

Entre los dos extremos se dan muchas variantes. Quizá en el esfuerzo familiar para establecer una normativa justa y equilibrada, vale la pena preguntarnos: ¿desde dónde y para qué existe reglas en familia?

Una primera respuesta es algo pragmática e insuficiente, pero tiene elementos interesantes: hay reglas porque para vivir juntos hace falta aceptar criterios comunes. Las reglas en familia ayudan, por ejemplo, a evitar conflictos cuando hay que escoger un menú, o permiten que los demás puedan pasar una noche tranquila. Las reglas, sin embargo, apuntan a algo más profundo y educativo.

Por eso hemos de completar la respuesta anterior: las reglas ayudan a todos (también a los mismos padres) a fomentar vidas sanas y actitudes buenas ante la vida, no sólo en el mismo hogar, sino fuera del mismo.

Esta segunda respuesta encuentra ante sí un mundo complejo, en el que a veces los mismos padres no saben lo que sea bueno para sus hijos. Los problemas aumentan si el padre dice una cosa y la madre otra. Las divisiones entre los esposos se convierten muchas veces en motivo para la deformación de los hijos, pues con un poco de habilidad sabrán apoyarse en uno o en otro según les convenga.

Otras veces el ambiente en el que vive la familia crea roces con los amigos y conocidos: padres que establecen reglas educativas claras descubren que otros padres tienen reglas muy diferentes, y los hijos muchas veces se quejan: “¿por qué mi primo puede llegar a las 4 de la madrugada y a mí me pides que regrese de las fiestas mucho antes?”

Lo difícil de la situación no borra la verdad sobre las reglas: si son buenas, tendrán normalmente un efecto educativo.

Por eso, los católicos piden luz al Espíritu Santo para identificar esas buenas reglas, fuerza para vivirlas, prudencia para mejorarlas (sin rigideces pero sin laxismo), cariño profundo para que las reglas no se conviertan en un fin, sino en un medio que sirva para unir a la familia y para fomentar las virtudes cristianas. Además, piden ayuda al párroco y a otros católicos, para que la experiencia de quienes han logrado armonía familiar y educación verdadera con reglas bien escogidas pueda servir como pauta para el propio hogar.

Necesitamos ir todavía un poco más a fondo para descubrir una tercera respuesta: planear y exigir buenas reglas de conducta para los hijos (y para los mismos padres) nace desde una actitud de amor sincero que busca para los miembros de la familia lo mejor.

No es verdaderamente buen padre quien, por una mal entendida “paz” y por un equivocado respeto a la libertad de los hijos, permite todo, a costa de ver cómo un hijo o una hija poco a poco deja de estudiar, no cumple sus buenos compromisos con los demás, se sumerge en actitudes peligrosas o claramente malas (es decir, en vicios y pecados).

Los buenos padres, porque aman a los hijos, piensan y deciden a qué hora hay que regresar a casa, qué vestidos son más adecuados (no sólo para conservar la salud, que es algo importante, sino sobre todo para evitar ocasiones de pecado), a qué fiestas se puede ir, cómo usar bien el dinero (especialmente para “invertirlo” en algo tan cristiano como la caridad). Y si aman a los hijos, sabrán comunicar ese amor y mostrar que las reglas no son un simple capricho o una imposición desde visiones anticuadas. No hay mejor método para introducir la disciplina en la familia que el cariño.

Valen aquí unas famosas palabras de san Agustín sobre el amor que está a la base de los silencios y de las correcciones. Al toca este punto, el santo usaba aquella fórmula tan famosa del “ama y haz lo que quieras”, que explicaba de esta manera: “si guardas silencio, hazlo por amor; si gritas, hazlo por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; si la raíz es el amor profundo, de tal raíz no se pueden conseguir sino cosas buenas”.

A la enumeración de san Agustín podríamos añadir esta sencilla frase: “si pones reglas, ponlas por amor”.

Intentemos bajar a un punto muy concreto. ¿A qué hora los hijos deben regresar a casa después de una fiesta? Establecer una hora supone, por una parte, reconocer los motivos por los que llegar muy tarde es peligroso (accidentes, comportamientos equivocados, amenazas por parte de otras personas). Por otra, evidenciar que tener un horario ayuda a la disciplina de los hijos para que la fiesta no sea una especie de excusa para vivir sin reglas (lo cual es una situación sumamente peligrosa para uno mismo y para otros), y para que el día siguiente pueda iniciar a una hora sana (porque ha habido antes el tiempo suficiente para dormir).

Indicar horas concretas no es fácil porque depende de país a país, y también de la edad de los chicos. Para algunos decir a los hijos que regresen antes de las 12 de la noche puede parecer demasiado riguroso, mientras que para otros decirles que tienen permiso hasta las 3 de la madrugada sería un permisivismo perjudicial.

Toca a cada familia, y donde sea necesario a otros grupos sociales, pensar el “horario” que pueda ser mejor para las características propias de una familia según el ambiente cultural en el que vive: con mayores o menores peligros de alcohol, de drogas, de violencia callejera, etc.

Podemos responder, entonces, a la pregunta: ¿hay que poner reglas en familia? Sí, porque el amor lleva a exigencias que son buenas cuando fomentan el bien y las virtudes de quienes viven unidos como parte de una misma familia.