Hay que saber dar. La historia del Collar de Turquesas.

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1) Para saber

Me enviaron un conmovedor relato sobre generosidad del que podremos aprender algo.

Sucedió en una joyería. Detrás del mostrador el hombre miraba a una pequeña niña que se aproximaba al local. Al llegar, aplastó su naricita contra el vidrio del espectacular aparador y de pronto sus ojos brillaron cuando vio determinado objeto. Ella entró decididamente y pidió ver el hermoso collar con piedras azules que había visto. Al traérselo le dijo al vendedor: “Es para mi hermana. ¿Podría hacerme un lindo paquete?”

El dueño del local, quien estaba a un lado, miró a la niña con cierta desconfianza y con toda tranquilidad le preguntó:“¿Y cuánto dinero tienes, pequeña?”

Sin alterarse, la niña sacó de su bolsillo un atadito lleno de nudos, los cuales fue deshaciendo uno por uno. Cuando terminó, colocó orgullosamente el pañuelo sobre el mostrador y con inusitado aplomo, dijo: “… Esto alcanza, ¿no? Es todo lo que tengo.”

Mirando al dueño con una tierna mirada que expresaba una mezcla de ilusión y tristeza le dijo: “¿Sabe? desde que nuestra madre murió, mi hermana me ha cuidado con mucho cariño y la pobre nunca tiene tiempo para ella…”

En el pañuelo solamente había unas cuantas monedas…

“Hoy es su cumpleaños y estoy segura que ella estará feliz con este collar, porque es del color de sus ojos…”

El empleado miraba al dueño sin saber qué hacer o decir, pero éste sólo le sonrió a la niña, y se fue a la trastienda, y personalmente lo envolvió en un espectacular papel plateado e hizo un hermoso moño con una cinta azul.

Ante el estupor del empleado, el dueño colocó el hermoso paquete en una de las exclusivas bolsas de la joyería y se lo entregó a la pequeña diciéndole: “Toma, llévalo con cuidado.” Ella se fue feliz saltando calle abajo.

Todavía no había terminado el día cuando una encantadora joven de cabellos rubios y maravillosos ojos azules entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el paquete desenvuelto y preguntó: “¿Este collar fue comprado aquí?”

El empleado cortésmente le pidió que esperara y fue a llamar al dueño, quien de inmediato llegó, y con la más respetuosa sonrisa le dijo: “Sí, señorita, este collar es una de las piezas especiales de nuestra colección exclusiva y en efecto, fue comprado aquí esta mañana”

“¿Cuánto costó?”

“Lamento no poder brindarle esa información, señorita. Es nuestra política que el precio de cualquier artículo siempre es un asunto confidencial entre la empresa y el cliente”.

“…Pero mi hermana sólo tenía algunas monedas que ha juntado haciendo muñecas de trapo con ropa vieja, pues mi sueldo es demasiado modesto y apenas nos alcanza para sobrevivir. Este collar ciertamente no es de fantasía, y ella simplemente no tendría dinero suficiente para pagarlo…!

El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio casi ceremoniosamente, y con mucho cariño colocó de nuevo la cinta diciendo mientras se lo devolvía a la joven: “Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar: Ella dio todo lo que tenía”.

El silencio llenó el local y las lágrimas rodaron por el rostro de la joven, mientras sus manos tomaban el paquete y salía de allí lentamente, abrazándolo fuerte contra su pecho.

Una lección de vida. Dar puede ser mucho, pero no se comparar a darlo todo.