¡Hazme caso... papá!

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Jaime es un muchacho de 15 años. Su apellido aparece en muchos manifiestos publicitarios de la ciudad, todo el mundo lo conoce.

Sus padres tienen un lugar privilegiado en la sección de sociales de los periódicos.

La familia es todo un ejemplo del éxito social y económico. Tienen
un negocio propio, una casa, un departamento en el extranjero, varios
carros y más.

Los hijos estudian en un renombrado colegio del lugar y además, tienen asegurado un elevado capital para el futuro.

Jaime lo tiene todo, si necesita más lo pide y lo obtiene. Eso lo
saben muy bien sus compañeros de clase, por eso lo respetan y lo rodean
con admiración. Él se siente un súper líder, casi un súperman. También
se dan cuenta de ello sus maestros. Sus aptitudes de autosuficiencia y
desafío de las normas son conocidas por todos.

Laura es su novia y vive en un barrio más bien modesto. Sus padres
trabajan para que ella estudie en un buen colegio. Ellos son
profesionistas y sus empleos no les permiten permanecer mucho tiempo
con Laura, pero a cambio, su trabajo les ha proporcionado los medios
para hacerse de un departamento y de un automóvil para cada uno.

A diferencia de los padres de Jaime, ellos sí se alegran de que su
hija salga con ese muchacho. Ven en ello unas perspectivas halagadoras
para Laura. Como anda con Jaime, se viste atractiva, a la moda, y exige
a sus padres todo lo que le permita estar al nivel del muchacho. A sus
14 años le falta sólo el automóvil, pero eso no es ningún problema,
Jaime lo tiene y es un modelo del año.

Jaime y sus amigos

Todas las tardes Jaime sale en su automóvil y recorre las calles en
busca de sus amigos, compañeros de clases deseosos de lucir su amistad
en el último modelo.

Los padres no tienen inconveniente en que Jaime tenga un coche.
Ellos le han conseguido la licencia, aunque no tenga 16 años. Sus
amigos avisan a los propios padres de que se van por ahí, con Jaime.

Si alguno de los compañeros elegidos por éste, no acepta unirse a
la pandilla, entonces aquellos se encargan de fastidiar al ’rebelde’
con amenazas, ironías groseras, calificativos vacunos, chirridos de
frenos y gritos al pasar frente a la casa del ’inculpado’.

Los fines de semana son días de emoción para Jaime y sus amigos.
Señores y dioses en su coche, buscan la aventura y la diversión con las
chicas, sus novias, con un brandy o una cerveza a escondidas, con el
cigarro en los labios, con una película atrevida en el cine.

La euforia del alcohol les da seguridad y les permite aislarse de los problemas diarios. Pero ¿cuáles problemas?

Las apariencias engañan

Es cierto, parece que Jaime y sus amigos no tienen problemas. Sin embargo, hay algo que los inquieta.

A través de su alegría, de sus actitudes de omnipotencia, de su
seguridad en la pandilla, cada uno manifiesta el sufrimiento de un
vacío interior: la ausencia de sus padres.

Estos existen, pero los hijos perciben su presencia como
superficial. Jaime, por ejemplo, siente el desinterés de sus papás a
través de su condescendencia a sus caprichos. Siente que ellos se
interesan por sus negocios, sus fiesta, sus viajes... y a él no lo
toman en cuenta.

En efecto, nunca le exigen, le prohiben pocas cosas, le dan todo lo
que pide. Muchas recomendaciones que le han hecho, las ha sentido
vacías e hipócritas.

¿Para qué le piden ser honesto, si ellos le permiten manejar en
contra de una ley y con una licencia mal adquirida? ¿Para qué le exigen
ser responsable, si ellos no le dedican el tiempo que le deben como
padres? ¿Para qué le aconsejan ser fuerte y maduro, si todo se lo dan
en charola de plata y lo único que hacen es satisfacer sus caprichos?

Jaime sabe también que Laura es un capricho más en su vida. Si sus
padres no están de acuerdo con su relación es porque a Laura la
consideran como un automóvil barato, y esto no es propio de un hijo
como el suyo.

Detrás de la seguridad de Jaime se esconde una angustia que lo hace
llorar por las noches y buscar evasiones durante el día. Todos lo
envidian y quisieran tener lo que él tiene. A ninguno se le ocurre que,
si supieran la verdad, nadie quisiera ser como él.

Los padres

Alguna vez, el director del colegio, los maestros y algún amigo muy
’aventado’ han intentado hacerles comprender a los padres de Jaime que
éste necesita de su ayuda y atención, que deberían cambiar de actitud
hacia él.

Sin embargo ellos no quisieron más problemas, porque bastante tenían ya con su negocio y con su relación matrimonial.

No tenían tiempo ni ganas de tomarse una molestia más. Además,
¿quiénes son los otros para aconsejarles a ellos, personas de éxito y
reconocidos por toda la sociedad?

Por otra parte, ellos tienen la seguridad de que su hijo es bueno y
noble, de que tendrá éxito como ellos (por eso le están preparando el
camino en los negocios), de que con el tiempo Jaime madurará, de que
aquellos que afirman lo contrario son alarmistas y pesimistas.

¿Qué hay de malo en todo lo que hace su hijo? Al fin y al cabo es joven y necesita disfrutar de estos años...

Los padres de Laura, por su parte, creen que están haciendo todo lo que deben por su hija, para darle una mejor posición.

En este momento están convencidos de que éste es el camino más
indicado: encontrar a un muchacho de la posición de Jaime y todo el
futuro estará resuelto para ella. Por eso la dejan libre en su
relación, por eso no se atreven a ponerle reglas, no sea que echen a
perder esta oportunidad.

El último día

Viernes por la tarde, las clases han terminado y se presenta
nuevamente la ilusión de un fin de semana a todo dar. Como de
costumbre, Jaime recoge a sus amigos y a las novias de éstos. Durante
unas horas van de un lugar a otro, sin rumbo. Ya entrada la noche se
paran a comprar una botella para unos tragos.

Jaime paga, como todo un hombre. En una calle desierta se toman
unos alcoholes, juguetean un rato con sus novias y deciden irse a la
disco.

Son las 11 de la noche. Hay pocos coches en la colonia, Jaime
enfila a gran velocidad la avenida. Todos se ríen y se agitan. De
pronto se atraviesa un semáforo en alto. Jaime se siente seguro,
poderoso en su coche. El puede... y pasa, mientras otro coche aparece
enfrente.

Horas después en la capilla, sus padres, llenos de lágrimas parecen
comprender que algo estuvo mal en su vida. Quien sufrió las
consecuencias fue su hijo Jaime y esa chica con la que andaba. Ahora ya
no hay remedio.

Advertencia

Esta historia, así como se narra, no ha sucedido aún, pero puede
suceder en cualquier momento. De hecho sucede todos los días, en muchas
partes del mundo, aunque con nombres y circunstancias diferentes.

Sigue habiendo padres que no saben leer la historia y aprender la
lección. Padres que rehuyen el compromiso con sus hijos, que se niegan
a imponer una disciplina, que no reconocen la supremacía de los valores
humanos y espirituales por encima de los materiales, que se ocupan y
preocupan más por ellos y por sus ’éxitos’ que por sus hijos, que no
les dedican tiempo e interés efectivo, que no saben escuchar la
sabiduría de quienes han podido descubrir el engaño de la sociedad
materializada y consumista de nuestro tiempo.

Lo peor de todo esto es que algunos padres han perdido, incluso... la capacidad de llorar.