Hércules y Dios

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Leer los clásicos está pasado de moda, al menos en las mentes de aquellos que poseen una visión negativa de lo clásico. Para ellos suena a primitivo, a viejo, a aburrido, a café con amarillo por lo guardado. 

De vez en cuando esas obras se abren en las manos de los jóvenes, pero sólo por obligación. Es que los maestros de literatura no han leído el libro “El vendedor más grande del mundo” de Og Mandino. Si supieran “vender” estas obras con una sonrisa, exponiendo una pequeña introducción, y resalto: “pequeña”, respaldado por Gracián que dijo: “lo bue… si bre… dos veces bue…” parafraseando al autor latino. De esta manera la enseñanza que dejan  estas obras de la antigüedad.

Sófocles es un dramaturgo del periodo clásico de Atenas, cuando Pericles el constructor. De él solo siete tragedias nos han llegado. Una de ellas es la de las Traquinias. Cuenta la historia familiar de Hércules. Un héroe tan fuerte que su nombre adjetivado es sinónimo de vigor, robustez y fortaleza.

Hércules, aunque semidiós, es un mujeriego. Lleva casi un año fuera de su casa porque está enamorado de Yala, la hija de un rey vecino, aunque todos creen que está luchando en una guerra. Su esposa Deyanira está sumamente impaciente. Espera el retorno de su amado. Tanta es su nostalgia que envía a su hijo Hil-lo a buscarlo.

Hércules viene de regreso y envía por delante a un mensajero, que guía a las esclavas, frutos del motín de guerra. Deyanira duda de que sean realmente esclavas y bajo juramentos le saca la verdadera historia al enviado de Hércules. Éste le refiere que su señor está seducido por Yala, una de las esclavas.

Deyanira no lo puede tolerar y recuerda que un enamorado suyo, Neso, antes de morir a manos de Hércules, le dio una poco de su sangre en un frasquito, prometiéndole que le serviría para ganarse el amor de Hércules. Entonces Deyanira decide encadenar la voluntad de Hércules con aquella sustancia, desconociendo que la sangre de Neso sería letal.

Ingenuamente vierte el contenido de la botellita sobre una túnica nueva para su esposo y se la envía como regalo. Hércules al recibirlo se la pone inmediatamente. Mas la túnica expuesta al sol se adhiere al cuerpo del héroe y cual camisa de fuerza le ata y además la sangre como un ácido poderoso le carcome la carne. Deyanira al verse engañada por Neso, se suicida desesperada.

Hércules entre gritos, gemidos y retorcijones llama a su hijo. Hil-lo descorazonado al ver a su madre muerta y a su padre que va en camino, se acerca a su padre que le hace prometer obediencia total a sus últimos deseos. Hil-lo duda un poco pero jura cumplir su voluntad. Hércules manda que le queme vivo. Hil-lo se niega. Su padre le recuerda el juramento. Hil-lo entre lágrimas procede a cumplir su promesa.

Nos encontramos en una situación de eutanasia en la antigüedad. Errores, errores, errores. Hércules cometió uno al enamorarse de Yala cuando ya tenía esposa. Deyanira se equivocó al creerle a Neso. Y entre los dos lograron que el fruto de su amor también errase.

Este tipo de errores también son actuales, pero no se pueden seguir cometiendo. No es justo que forcemos a nuestros retoños a obrar mal a causa de nuestros errores. Dicen que el ejemplo arrastra, mas esta frase en negativo es mucho peor.

Los clásicos enseñan cómo  necesitamos obrar y también nos muestran cómo nos urge no obrar. He ahí su grandeza.

Las propias obras, como el sonido, tienen resonancia, así las buenas como las malas. Podemos ser Hércules como el de Sófocles ó como el Hércules de Disney, esa película de caricatura que salió hace unos diez años. Vale la pena ser un superhéroe, mejor que un superhéroe un superpadre que sabe reconocer sus errores, arrepentirse y volver a comenzar. Salvando así a sus hijos de sus propios errores.