El hijo prodigo

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El hijo prodigo

En la parábola del hijo pródigo el hijo pide la parte de la herencia que le toca; el: Padre queda reducido a un simple transmisor de un patrimonio. Lo único que al hijo le interesa del padre son los bienes, no sus consejos, sus valores, su cariño. Pide su parte de la herencia como si su padre estuviera ya muerto. Lo que más debió herir el corazón del padre fue la ingratitud. La arrogancia inherente de todo pecado queda aquí especialmente manifiesta.

“Se fue lejos”. Hay dos maneras de irse lejos: de golpe, por una ruptura clamorosa con Dios-por el pecado mortal-, o a pequeños pasos, a base de componendas, de omisiones: es decir, con pecados veniales y con una tibieza habitual. El resultado en el fondo no es muy distinto: nos encontramos lejos de Dios.

Con unos toques magistrales queda descrita toda la parábola del pecado. El pecado te promete el oro y el moro, te da ilusión de eternidad, y al día siguiente hace que te encuentres disputando las bellotas de los cerdos.

San Pablo dice: “El salario del pecado es la muerte” (Rm 6,23). La muerte, ante todo, de la libertad. El pecado deslumbra con la promesa de libertad. Y lo que, al final da el pecado es la esclavitud. “Quien peca es esclavo del pecado” (Jn 8,34).

El hijo pródigo reconoció su error, volvió a entrar en su corazón. El pecador, al alejarse de Dios, se aleja de sí mismo. Para volver a Dios hay que empeñarse por volver a entrar en uno mismo. Éste es el momento decisivo. Por las palabras que dice el joven se ve que su arrepentimiento es sincero, y no es un cálculo humano. Y en eso está la diferencia. El cálculo y los falsos sentimientos de culpa tienen como objeto no lo que está mal “a los ojos de Dios”, sino lo que está mal a los propios ojos o a los ojos de la sociedad y de sus convencionalismos[1].

El sufrimiento y la enfermedad constituyen muchas veces para el hombre una ocasión para meditar a fondo en su propia vida. La Escritura hace de ello un principio general: “Quien ha sufrido en su carne ha roto con el pecado” (1 P 4,1).

La parábola continúa con el regreso del hijo pródigo: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y echando a correr, se le echó al cuello”. Ningún reproche por haber derrocado la herencia. Es propio de una madre el acoger así al hijo extraviado que vuelve a casa, arrepentido. Aquel padre no cabe en sí de alegría. “Lo mismo que una madre se siente feliz cuando ve la primera sonrisa de su hijo, así se alegra Dios cada vez que un pecador cae de rodillas y le dirige una oración hecha de todo corazón” (Dostoiewsky).

Y precisamente en esto reside el aspecto más revolucionario de la parábola. ¿Por qué tiene que pesar más en la balanza una oveja que todas las demás? ¿Por qué hay más alegría en el cielo por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse?. La explicación la da el poeta: Aquella ovejita, al perderse, hizo temblar el corazón de Dios. Dios temió perderla para siempre, temió verse obligado a condenarla. Este miedo hizo nacer en Dios la esperanza, y la esperanza, al verse hecha realidad, produjo alegría (Charles Péguy). Dios tiene mucha confianza en el ser humano.

El error del hijo mayor fue pensar que el haber estado siempre en casa de su padre y haberlo servido en todo, no era un privilegio, sino un mérito suyo, no era una alegría sino un trabajo. Más que como hijo se comporta como un mercenario. Cree que su padre está en deuda con él. Cerremos aquí nuestro comentario. En este punto, la realidad es más bella que la parábola. En realidad, el hijo mayor no se quedó en casa, sino que se fue él mismo en busca de su hermano. Jesús es el hermano mayor que comparte la ansiedad del Padre y sale en busca de los hijos de Dios “que andaban dispersos” (Jn 11,53). Y dice: “Quítate el traje sucio. Aparta de ti la culpa y que te vistan de fiesta” (Cf. Zc 3,1-5).

¡Cómo ganarían en eficacia nuestras confesiones si tuviésemos el valor de bajar de una vez por todas hasta la raíz, que es donde se decide la orientación de una persona, por Dios o contra Dios! Las grandes vueltas a Dios, al menos en la Iglesia Católica, se han sellado siempre con una confesión liberadora, de la que el hombre se ha levantado con la sensación de haber vuelto a renacer.