Himno Akathistos

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Himno Akathistos  

Veamos el misterio de María en su relación con la Santísima Trinidad. Quiero presentarles en unas pocas líneas una de las devociones más queridas y más valiosas hacia nuestra santísima madre.

Esta devoción nace y se desarrolla en la Iglesia Oriental y es conocida como el Akathistos. Tiene su origen muy posiblemente entre la mitad del siglo V a principios del siglo VI, sin embargo, al separarse la Iglesia de Roma (Latina) del imperio de Oriente a mediados del siglo XI, este himno quedó únicamente dentro de la tradición de la Iglesia que llamamos "ortodoxa" (entre la cual hay católicos y no católicos), mientras que en la Iglesia de rito Latina, fueron floreciendo otras devociones a la Santísima Virgen como el Ave María, la Salve, el Oficio Parvo, el ángelus y el Rosario.

El Akathistos es una obra maestra de literatura y de teología, y presenta una altísima expresión contemplativa y laudativa del culto a la Madre de Dios. Es en sí, una composición poética estudiada orgánicamente para celebrar el misterio de María y toma su nombre de la manera como se reza, es decir de pie, (en griego = "a-kathistein"). Esta manera en que es rezado este himno, es sin lugar a dudas un signo de la gran veneración que siempre ha tenido la Iglesia por María Santísima, pues le da el mismo lugar de reverencia y atención que se le da a la proclamación del Evangelio (el estar de pie es un signo de atención, de presteza y de reverencia a lo que se está diciendo y a la persona de quien se está hablando).

Este himno, en la Iglesia bizantina tiene su propia fiesta el 5° sábado de la Cuaresma, donde se canta con su oficio propio, entrelazando cantos y plegarias. Actualmente y poco a poco, este himno se ha ido introducido en la Iglesia latina, sobre todo últimamente, gracias a que su santidad Juan Pablo II, para la celebración del 1550 aniversario del Concilio de Efeso en donde fue decretado el dogma de la Maternidad divina, pidió que fuera cantado de manera solemne en la Basílica de Santa María la Mayor el 7 de junio de 1981, celebración en la que estuvieron presentes muchos obispos católicos de todo el mundo y representantes de las iglesias ortodoxas, así como de otras confesiones cristianas.

La liturgia en si consta de una serie de "ecos" (voz griega que significa imagen o el misterio contemplado), en los cuales se contemplan los misterios de María Santísima, iniciando siempre por la antífona con la que saludo el ángel a María: ¡Alégrate!, la cual es precedida por un verdadero estallido de alabanzas a la Madre de Dios. El himno está compuesto por 24 estrofas o estancias: 12 antífonas y 12 ecos. Las primeras doce, de carácter histórico y que se fijan en el evangelio de la infancia, mientras que las otras doce; de índole estrictamente teológica, comentan los temas marianos más importantes (la divina maternidad, la perpetua virginidad, la presencia eclesial de María, su mediación actual) con lo que este himno resulta un verdadero compendio de doctrina mariana.

Dentro de la celebración litúrgica la cual debe ser siempre precedida de un Icono de la Santísima Virgen, se inicia con el canto, el cual es respondido por el coro y por el pueblo y entre una estancia y otra se inciensa a la imagen de María (Icono) y en las fiestas se intercalan lecturas y homilías.

He querido hacer conocer este himno por dos razones:

La primera es que dentro de las disposiciones que ha dado la Iglesia para la celebración del año jubilar del 2000, está el que mediante el rezo del Akathistos se pueda ganar la indulgencia jubilar al visitar las basílicas romanas o el santuario Mariano definido por el obispo de cada lugar. Por otro lado, y con el fin de hacerlo conocer a nuestro pueblo, el Sr. Cardenal, Don Adolfo Suárez Rivera, a visto con gran agrado el trabajo que se ha venido realizando por parte del Apostolado Mundial de Fátima por hacer conocer este himno, y lo ha promovido con gran amor.

Espero que el conocer más sobre María nos ayude a todos a amarla más y atenerla como el apóstol San Juan, "como una de nuestras cosas más queridas" (cf. Jn 19,27).